Parece que volvemos a mirar al espacio, y ya nos vemos tomando café en la cara oculta de la Luna, o simplemente paseando a millón por la órbita terrestre.

Quizás nos invade cierta sensación de agobio y necesitamos más sitio, o bien estamos en la antesala de un futuro "Elysium" en donde los poderosos enseñarán su tarjeta platino para respirar aire puro, concebir criaturas eternas y compartir piscina en una estación espacial que mirará a una tierra desolada a través de enormes luminarias. Reservado el derecho de admisión.

Movistar tiene desde hace tiempo en su oferta la serie Érase una vez en el espacio, producida por la BBC, delicioso paseo por la conquista del cosmos que hace años tratamos de descubrir juntos.

En esa serie aparece por méritos propios la MIR, la estación espacial soviética que desde 1986 y hasta 2001 (quince años) orbitó la tierra alojando en distintos períodos a más de un centenar de astronautas de distintas nacionalidades.

Ingenio ruso de primer orden, vino en significar el colofón de un rosario de conquistas. Desde el lanzamiento del Sputnik (1957), pasando por la perra Laika, los primeros humanos en el espacio, el primer paseo espacial, la primera sonda lunar, la primera estación espacial, la Salyut-1 (a la que siguieron otras seis más), y por fin, la MIR, que significa "paz" en ruso.

En esa victoria por goleada (hasta que el Apolo XII llegó a la Luna), el régimen soviético celebró con estudiada propaganda todos estos éxitos tratando de convencer a los suyos de que la "planificación" conducía al Edén, al menos en el universo.

Las imágenes de la Luna tomadas durante el sobrevuelo de Artemis II de la NASA NASA Omicrono

"En la URSS había dos cosas de las que estábamos realmente orgullosos: la exploración espacial y el ballet", dice Vasili Tsibliyev, uno de los protagonistas de aquella odisea mientras suena de fondo el Lago de los Cisnes.

Hijos hercúleos de la madre Rusia pasearon con júbilo por la Plaza Roja, celebrando con razón la victoria sobre Occidente. Y un mozalbete ruso, el joven Alexander "Sasha" Lazutkin, soñó entonces con ser cosmonauta.

Con el tiempo fue seleccionado y en la Ciudad de las Estrellas entrenó a fondo para algún día llegar a la MIR. Mientras, al menos en el espacio, la lucha ideológica cedió paso a una suerte de entente en la que cooperación internacional brilló con luz propia como nunca.

Las agencias espaciales de todo el mundo colaboraron por hacer de la MIR una suerte de cápsula sin banderas en donde todo tipo de experimentos tuvieron lugar, mientras rusos y norteamericanos compartían té y observaban paisajes estelares de ensueño.

El transbordador norteamericano se acopló en varias ocasiones enviando y recogiendo astronautas de todo el orbe, sin más afán que avanzar juntos en la carrera espacial. Hasta que poco a poco la vida útil de la MIR fue dando señales de agotamiento, y el caos que sucedió a la desintegración de la URSS forzó su abandono, no sin antes albergar un sinfín de misiones conjuntas.

En una de aquellas, se ordenó acoplar la MIR a una cápsula de carga. Por fallas en los sistemas de guiado, propios de aquellos años de desmoronamiento postsoviético, Vasili y Sasha tuvieron que hacerlo de forma manual.

Aquello era imposible, y la MIR y la Progress colisionaron en el vacío estelar. La estación quedó al garete, sin luz y despresurizada.

"Desde los tiempos del euro, la UE está más quieta y opacada que nunca, pero sigue siendo ejemplo de logros insospechados en favor de la cooperación"

Su compañero norteamericano a bordo, Michael Foale, tuvo la genial idea de encender los motores de la Soyuz (la nave de retorno) y reposicionar la estación. La maniobra tuvo éxito y la MIR volvió a funcionar.

Eran otros tiempos, tal y como narra Ginger Kerrick, la primera mujer hispana directora de vuelos de la NASA: "Los líderes mundiales no están interesados en cosas que beneficien a la raza humana, están interesados en cosas que beneficien a sus propias naciones, pero durante un tiempo he vivido en un mundo que no funcionaba así, y era hermoso".

Emocionada con sus propias palabras, Kerrick recuerda aquella época con nostalgia. La vivió en primera persona, más intuye que no volverá.

Y no volverá, porque en estos nuevos tiempos de neonacionalismo, nadie mira más allá de sí mismo.

Hoy estamos obsesionados no ya por una lucha ideológica, que ha pasado a la historia, sino por la estrictamente económica, la de vencer en los mercados. La de asegurar "ventajas competitivas". La de garantizar materias primas y si son raras mejor, hasta el agotamiento del competidor en favor de lo propio. Y mediante la guerra si es necesario, incluida la del espacio.

Tan solo una parte del mundo, anestesiada por lo que significó la conquista del "Lebensraum" y las rutas del comercio, trata de sumar y cooperar entre distintos: la Unión Europea.

Una UE que desde los tiempos del euro está más quieta y opacada que nunca, pero que sigue siendo ejemplo de logros insospechados en favor de la cooperación. Y que debiera, en opinión de muchos, cobrar nuevo impulso, plantearse horizontes de mayor ambición y tratar de obtener nuevos avances más allá de la "defensa común", a la que el otro lado del Atlántico nos empuja.

Los testimonios de la serie van hilando un discurso repleto de esperanza que de vez en cuando se engrandece con las imágenes de esos astronautas, suspendidos en una danza espacial mientras observan la tierra, de noche, sobrevolando sus urbes iluminadas junto a océanos oscuros. Una Tierra demasiado pequeña para albergar esa voluntad supremacista que se advierte al este y al oeste.

Quizás Europa debiera despertar de nuevo y erigirse en catedrática del entendimiento. No en vano, sabe de sobra a dónde lleva la desaforada competencia.

Fue hermoso, dijo Kerrick.

*** Francisco Cancio es escritor y ensayista.