En junio de 1978, apenas unos meses después de aprobarse la Constitución, unas siete mil personas recorrieron las calles de Madrid en la primera manifestación del Orgullo de nuestra historia. Muchos llevaban gafas de sol. Otros ocultaban el rostro tras una pancarta.

No era una cuestión de estética. Era miedo. Miedo a perder el trabajo, a que un vecino les reconociera o a que una fotografía publicada al día siguiente les cerrara para siempre las puertas de una vida normal.

Aquella manifestación no salió a celebrar nada. Salió a reclamar el derecho a vivir sin miedo.

Casi medio siglo después, más de un millón de personas vuelven a recorrer esas mismas calles. Madrid se ha convertido en una referencia internacional de libertad y diversidad.

Es una imagen que habla bien de nuestro país. Significa que hubo una generación que se negó a aceptar el silencio y otra que entendió que ampliar derechos nunca resta derechos a nadie.

Mientras caminaba este año por el Paseo del Prado junto a mi marido y a mi hijo, no podía dejar de pensar en quienes hicieron posible esa escena.

En quienes estuvieron cuando todavía era peligroso decir quién eras.

En quienes soportaron insultos, desprecio o soledad para que hoy una familia como la mía pueda pasear por el centro de Madrid con absoluta normalidad.

Nada de eso ocurrió por casualidad.

Fue el resultado de miles de historias anónimas. De pequeñas rebeldías cotidianas. De personas que decidieron pagar un precio para que otros no tuviéramos que hacerlo.

Ese sigue siendo, para mí, el mayor éxito del movimiento LGTBI.

No haber organizado la manifestación más multitudinaria de Europa. Sino haber cambiado la mirada de toda una sociedad.

El Frente de Liberación Homosexual de Castilla liderando la primera manifestación por los derechos del colectivo LGTBI en 1978 Archivo COGAM

Porque una democracia no se mide solo por las leyes que aprueba. También por la naturalidad con la que sus ciudadanos aceptan la diferencia. Y España, con todas sus imperfecciones, ha recorrido en apenas unas décadas un camino extraordinario.

Precisamente por eso creo que ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda. No sobre el pasado. Sobre el futuro.

¿Qué Orgullo queremos dentro de diez años?

No me refiero al número de asistentes, ni a los escenarios, ni a las carrozas, ni a la repercusión internacional de la manifestación. Todo eso tiene importancia. Pero no es lo esencial.

La verdadera cuestión es otra.

¿Será el Orgullo capaz de seguir representando a todas las personas que dice defender?

Los movimientos que cambian una sociedad tienen una obligación de la que se habla poco: detenerse de vez en cuando y mirarse al espejo.

No para renegar de lo conseguido. Tampoco para pedir perdón por sus errores. Simplemente, para comprobar si siguen siendo fieles a aquello que un día les dio sentido.

Durante décadas pedimos a la sociedad que ampliara su mirada. Que entendiera que existían muchas maneras de amar, muchas maneras de vivir y muchas maneras de formar una familia.

Aquella reivindicación no solo cambió la vida de miles de personas; hizo mejor a nuestro país. Nos enseñó que la igualdad nunca consiste en que todos seamos iguales, sino en que nadie vea cuestionada su dignidad por ser diferente.

Esa idea fue el corazón del movimiento.

Y quizá haya llegado el momento de preguntarnos si seguimos aplicándola con la misma convicción con la que un día exigimos que se aplicara hacia nosotros.

"Me inquieta comprobar que algunas personas empiezan a preguntarse si el movimiento sigue teniendo sitio para todas las realidades que ayudó a hacer visibles"

No escribo estas líneas desde el resentimiento. Ni desde la nostalgia. Mucho menos desde la confrontación.

Las escribo desde el agradecimiento.

Porque quienes más hemos recibido de esta lucha somos también quienes tenemos la responsabilidad de cuidarla.

Y cuidar una conquista no significa dejar de hacer preguntas. Significa hacerlas antes de que sea demasiado tarde.

Hay una frase que el movimiento LGTBI ha repetido durante años y que resume mejor que ninguna otra el sentido de esta lucha: nadie debe quedarse atrás.

No es un eslogan. Es una forma de entender la convivencia. Es la convicción de que una sociedad más libre es aquella que no obliga a nadie a justificar quién es para sentirse reconocido.

Durante muchos años pedimos exactamente eso. Que dejaran de decirnos cómo debía ser una familia. Que dejaran de explicarnos cuál era la forma correcta de amar. Que dejaran de decidir quién merecía ser considerado normal y quién no.

No pedíamos privilegios. Pedíamos respeto. Y el tiempo terminó dándonos la razón.

España dejó de discutir si dos hombres o dos mujeres podían formar una familia para empezar a ver esas familias diversas como parte de su paisaje cotidiano. Hoy miles de niños crecen con dos madres o con dos padres sin que la inmensa mayoría de la sociedad encuentre nada extraordinario en ello.

Esa normalidad, que hace apenas unos años parecía inalcanzable, es una de las mayores victorias culturales de nuestra democracia.

Precisamente por eso me inquieta comprobar que algunas personas empiezan a preguntarse si el propio movimiento sigue teniendo sitio para todas las realidades que ayudó a hacer visibles.

Porque la inclusión deja de ser un principio cuando empieza a depender de quién seas, de cómo hayas formado tu familia o de si tu realidad resulta más o menos cómoda para el relato dominante.

Y ahí, precisamente ahí, empieza la reflexión que creo que el Orgullo no debería seguir aplazando.

Porque cuando hablamos del futuro del Orgullo no hablamos únicamente de nuevas leyes o de nuevos derechos. Hablamos, sobre todo, de la capacidad de un movimiento para seguir reconociéndose en el espejo de los principios que lo hicieron grande.

Hay una diferencia importante entre ampliar la diversidad y seleccionar qué diversidades merecen ser visibles.

Durante décadas pedimos a la sociedad que no estableciera categorías entre unas personas y otras. Que dejara de decidir qué familias eran normales y cuáles debían justificarse. Que nadie volviera a sentirse ciudadano de segunda por amar de una manera distinta o por construir un hogar diferente.

Esa batalla la ganamos.

Precisamente por eso me cuesta entender que algunas familias vuelvan a sentir hoy la necesidad de explicar, una y otra vez, por qué también forman parte del mismo movimiento.

Lo digo como padre.

Cuando la conversación gira alrededor de la gestación subrogada, demasiadas veces se habla de conceptos jurídicos, de principios éticos o de posiciones ideológicas. Yo, inevitablemente, pienso en otra cosa.

Pienso en mi hijo.

Pienso en un niño que juega al fútbol, lee cuentos, que hace preguntas imposibles antes de dormir y que todavía desconoce que hay adultos capaces de convertir su propia existencia en un argumento político.

Él no eligió cómo vino al mundo. Ningún niño lo hace.

Y, sin embargo, demasiadas veces son precisamente ellos quienes terminan soportando el peso de un debate que nunca debería recaer sobre sus hombros.

Por eso creo que conviene separar dos conversaciones que con demasiada frecuencia se mezclan.

Una es el debate sobre la regulación de la gestación subrogada.

Otra, muy distinta, es el reconocimiento y el respeto hacia las familias que ya existen.

Sobre la primera es legítimo discrepar. Una democracia madura necesita debates complejos y opiniones diferentes. Nadie debería tener miedo a confrontar argumentos cuando se hace desde el respeto.

Pero sobre la segunda no debería existir ninguna duda.

Porque ningún niño puede convertirse en rehén de una discusión ideológica.

"El movimiento que durante décadas pidió ser escuchado no puede permitirse dejar de escuchar"

Durante este último Orgullo, la asociación Son Nuestros Hijos pidió que la regulación de la gestación subrogada formara parte de las reivindicaciones dirigidas al Gobierno.

No exigía unanimidad. No reclamaba una adhesión incondicional. Ni siquiera pedía compartir una posición concreta.

Pedía algo mucho más sencillo.

Que una realidad que ya forma parte de miles de familias españolas dejara de ser invisible. No ocurrió.

Y ese silencio, más allá del debate concreto, dice mucho más de lo que parece.

Porque los movimientos también hablan a través de aquello que deciden no mencionar. Hablan cuando incorporan nuevas reivindicaciones. Pero también cuando otras permanecen, año tras año, fuera del relato.

No escribo estas líneas para convencer a nadie de que piense como yo.

Las escribo porque creo que el movimiento que durante décadas pidió ser escuchado no puede permitirse dejar de escuchar.

Porque la diversidad deja de ser un principio cuando empezamos a decidir qué realidades merecen ser reconocidas y cuáles deben esperar indefinidamente a que llegue su turno.

Y esa reflexión va mucho más allá de la gestación subrogada.

Habla de coherencia. Habla de la capacidad de un movimiento para seguir siendo fiel a la idea que lo hizo imprescindible.

Las exclusiones nunca empiezan con un portazo. Empiezan con pequeños silencios. Con ausencias que parecen irrelevantes. Con personas que dejan de verse reflejadas en un discurso que durante años sintieron como propio.

Hasta que un día dejan de preguntarse qué pueden aportar al movimiento. Y empiezan a preguntarse si el movimiento sigue contando con ellas.

Esa, quizá, es la pregunta que nunca deberíamos obligar a hacerse a nadie.

Pero la reflexión no termina ahí. Hay otra cuestión que también merece ser abordada con serenidad.

La pluralidad.

Pedro Zerolo junto a activistas LGTBI celebrando la aprobación del matrimonio homosexual en el Congreso, en junio de 2005. EFE

Durante demasiado tiempo la sociedad redujo a las personas LGTBI a una única condición.

Costó muchos años explicar que detrás de esas siglas había médicos y albañiles, creyentes y ateos, empresarios y funcionarios, progresistas y conservadores.

Costó mucho demostrar que nuestra orientación sexual nunca determinó nuestra forma de pensar.

Esa fue una de las grandes victorias del movimiento y de Pedro Zerolo.

Dejar de ser vistos como un bloque. Empezar a ser reconocidos como ciudadanos.

Por eso me preocupa que, poco a poco, parezca instalarse la idea de que existe una forma más legítima que otra de ser una persona LGTBI.

No ocurre mediante normas escritas. Sucede de una manera mucho más sutil.

Empieza cuando determinadas opiniones dejan de expresarse por miedo a la reacción. Cuando algunas personas sienten que deben justificar su voto antes incluso de explicar quiénes son.

Cuando la discrepancia deja de entenderse como una posibilidad democrática y empieza a interpretarse como una deslealtad.

Ahí es donde una causa empieza a perder amplitud.

No porque existan opiniones distintas. Sino porque deja de sentirse cómoda con ellas. Lo escribo también desde mi propia experiencia.

Pertenezco al Partido Popular. Nunca lo he escondido. Como tampoco he escondido quién soy, a quién quiero o la familia que he formado.

El Partido Popular, como la propia sociedad española, ha evolucionado de forma evidente. Hoy esa evolución se refleja en ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas, parlamentos y en miles de cargos públicos que defienden con normalidad la diversidad, la igualdad y el respeto a todas las personas.

Esa es la realidad del PP de hoy. Y merece ser reconocida y sobre todo, respetada.

Pero también creo que ningún partido debe tener miedo a abrir debates complejos. Los silencios nunca pueden ser la respuesta cuando hablamos de derechos, familias o libertad.

La política debe afrontar esas cuestiones poniendo siempre en el centro a las personas, la seguridad jurídica y la dignidad, no los marcos ideológicos ni las imposiciones de quienes pretenden decidir qué debates pueden darse y cuáles deben quedar fuera.

Precisamente por eso tampoco acepto que una persona LGTBI tenga que justificar su pertenencia al Partido Popular, ni que sus convicciones políticas la conviertan en menos legítima dentro del propio movimiento. Ninguna persona deja de ser LGTBI por votar al PP. Como tampoco deja de serlo por votar a cualquier otra opción democrática.

"Por eso me preocupa que, poco a poco, parezca instalarse la idea de que existe una forma más legítima que otra de ser una persona LGTBI"

Los derechos fundamentales no cambian cuando uno introduce una papeleta en una urna.

Y precisamente por eso tampoco debería cambiar el lugar que una persona ocupa dentro del propio movimiento o de una manifestación.

Los derechos LGTBI no pertenecen a la izquierda. Tampoco pertenecen a la derecha. Pertenecen a una sociedad que decidió ampliar el espacio de la libertad.

Y convertirlos en patrimonio político de unos o en motivo permanente de confrontación para otros sería una derrota colectiva.

La izquierda debería evitar la tentación de sentirse propietaria de una causa que pertenece a millones de personas.

Y la derecha debería comprender, de una vez por todas, que defender la igualdad nunca puede ser una cuestión táctica. Debe ser una convicción.

Porque quizá el gran reto de la próxima década no sea únicamente aprobar nuevas leyes.

Quizá sea construir un consenso tan amplio que ninguna persona vuelva a sentir que sus derechos dependen del color político de un gobierno. Ese sería, probablemente, el mayor síntoma de madurez de nuestra democracia.

Y también del propio Orgullo.

Y hay una última cuestión que, después de este Orgullo, no he conseguido quitarme de la cabeza.

Tiene que ver con la imagen que proyectamos de nosotros mismos.

El Orgullo conquistó algo extraordinario: demostrar que la alegría también podía ser una forma de resistencia. Después de décadas de miedo, celebrar era una manera de decirle al mundo que ya no volveríamos a vivir escondidos.

La fiesta nunca fue una frivolidad. Fue una conquista. Y sigue siéndolo.

El problema aparece cuando la celebración empieza a eclipsar aquello que la hizo posible.

Cuando el continente pesa más que el contenido.

Cuando al día siguiente recordamos una actuación, un vídeo viral o una fotografía, pero apenas somos capaces de explicar cuál era el mensaje central de la manifestación.

Ese riesgo existe. Y creo que merece la pena hablar de él con serenidad.

No porque quiera un Orgullo más pequeño, más sobrio o menos libre. Todo lo contrario. Quiero un Orgullo todavía más grande. Pero también más consciente de la enorme responsabilidad que tiene.

Porque una movilización que reúne a más de un millón de personas deja de pertenecer únicamente a quienes la organizan. Se convierte en el espejo con el que millones de ciudadanos interpretan qué significa hoy ser una persona LGTBI en España.

Y ese espejo importa. Importa porque condiciona la percepción de quienes nunca han acudido a una manifestación.

Importa porque muchas familias deciden ese día si llevan por primera vez a sus hijos.

Importa porque para miles de adolescentes puede ser el primer contacto con un movimiento al que, quizá, algún día sentirán que pertenecen.

Por eso creo que debemos preguntarnos si todo aquello que incorporamos al Orgullo ayuda realmente a explicar nuestra causa o, por el contrario, acaba difuminándola.

Lo digo desde el máximo respeto.

No tengo absolutamente nada contra el nudismo. De hecho, comparto esa forma de entender la libertad del cuerpo en determinados espacios.

Pero sigo preguntándome qué relación guarda esa reivindicación con una manifestación cuyo objetivo es defender la igualdad jurídica y los derechos civiles de las personas LGTBI.

La cuestión no es el nudismo. Podría citar otros ejemplos. La cuestión es si cualquier reivindicación alternativa debe convertirse automáticamente en una reivindicación del movimiento LGTBI.

Cuando todo acaba representándonos, el riesgo es que deje de entenderse qué estamos defendiendo exactamente.

Algo parecido sucede cuando el espectáculo termina desplazando a la reivindicación.

Este año vimos cómo determinados momentos de enorme impacto mediático terminaron ocupando mucho más espacio que el propio contenido del manifiesto. No se trata de señalar a nadie. Quienes participan en el Orgullo son libres de expresarse como consideren y esa libertad forma parte de la esencia de la celebración.

"No acepto que una persona LGTBI tenga que justificar su pertenencia al PP, ni que sus convicciones políticas la conviertan en menos legítima dentro del movimiento"

La reflexión va dirigida a quienes construyen el relato.

Porque cuando las cámaras enfocan más una actuación que la pancarta de la manifestación, conviene preguntarse si no estamos ayudando, sin quererlo, a que la sociedad recuerde el espectáculo antes que la causa.

Y sería una pena. Porque el Orgullo nunca nació para sorprender. Nació para convencer.

Convenció a un país entero de que dos hombres podían casarse. Convenció a millones de personas de que dos mujeres o dos hombres podían formar una familia. Convenció a España de que ampliar derechos nunca significa restárselos a nadie. Ese es su mayor legado.

Y no deberíamos permitir que se diluyera entre algoritmos, titulares efímeros o imágenes diseñadas únicamente para captar atención.

Mientras caminaba este año por Madrid hubo un momento en el que dejé de mirar las pancartas. Miré a Gabriel.

Pensé que, dentro de veinte años, probablemente no recordará quién encabezaba la manifestación de 2026. No recordará qué partido ocupaba más espacio en las fotografías ni qué declaración abrió los informativos aquella noche.

Recordará algo mucho más importante.

Recordará si alguna vez tuvo que explicar por qué tiene dos padres. Recordará si alguien cuestionó la forma en la que llegó al mundo. Recordará si la sociedad le hizo sentir que su familia era exactamente igual de válida que cualquier otra.

Y recordará, sobre todo, si el movimiento que ayudó a conquistar tantos derechos fue también capaz de reconocer plenamente a familias como la suya.

Porque el verdadero éxito del Orgullo no será volver a reunir a un millón de personas en las calles de Madrid.

Será conseguir que llegue un día en el que ningún niño tenga que justificar a su familia. Que ninguna persona tenga que justificar a quién ama.

Que nadie tenga que justificar sus convicciones para sentirse parte de un movimiento que nació para que nadie volviera a pedir permiso para existir.

Aquellas siete mil personas que caminaron por Madrid en 1978 no salieron a la calle para construir una causa perfecta. Salieron para construir una causa libre.

Y esa libertad solo seguirá mereciendo ese nombre si es capaz de mirarse de vez en cuando al espejo y preguntarse, con honestidad, si sigue dejando espacio para todos.

Porque el Orgullo no será más fuerte cuanto más ruido haga.

Será más fuerte cuanto más fiel sea a la idea que lo hizo imprescindible. La idea de que ninguna persona debe quedarse atrás.

*** David Enguita es periodista, asesor político y miembro de la Junta Directiva del PP de Madrid.