Durante el tiempo que conduje "Radio California Libre" en KTNQ, una estación de talk radio que entonces formaba parte de la cadena de Univisión en el sur de California (hoy propiedad de un grupo mediático financiado por George Soros), repetí una idea semana tras semana, casi como un mantra.

A saber, que los hispanoamericanos que venimos de sociedades disfuncionales y corruptas tenemos una responsabilidad particular de evitar que las mismas dinámicas que destruyeron nuestros países de origen se reproduzcan y consoliden en los Estados Unidos.

Lo decía en primera persona del plural porque lo sentía así. Y lo sigo sintiendo.

También tenía otro recurso retórico favorito que mis oyentes conocían bien: me refería al Partido Demócrata californiano, con toda la sorna del mundo, como "el PRI californiano."

No era un chiste. El Partido Revolucionario Institucional gobernó México durante la mayor parte del siglo veinte mediante un sistema formalmente democrático pero fundamentalmente amañado, en el que las elecciones se ganaban antes de celebrarse, los sindicatos eran correas de transmisión del partido en el poder y la alternancia real era prácticamente impensable.

Hoy, viendo lo que sucede en California, me cuesta encontrar la diferencia.

La alcaldesa demócrata de Los Angeles, Karen Bass, durante su campaña en 2022.

Repasemos lo que acaba de ocurrir en las primarias del pasado 3 de junio.

La carrera para alcalde de Los Ángeles enfrentaba al republicano Spencer Pratt contra varias candidatas demócratas. En la noche electoral, Pratt iba sólidamente segundo, por detrás de la alcaldesa en funciones Karen Bass, y su pase a la segunda vuelta se daba por descontado. Tanto es así que su rival Nithya Raman pronunció un discurso de derrota.

Luego empezaron a llegar los votos por correo. Y ocurrió algo estadísticamente inverosímil: Raman comenzó a recibir más votos que la propia alcaldesa Bass en prácticamente todos los lotes que se fueron contando, lo que le permitió rebasar a Pratt y colarse en la segunda vuelta de noviembre.

En al menos un tramo de 10.000 papeletas contadas de golpe, ni una sola fue para Pratt. Cero. El 100% se repartió entre las dos demócratas.

Como señaló Victor Davis Hanson, quien lleva décadas observando la política californiana desde el Valle Central, esto no es incompetencia: es diseño.

La lista es larga y cada punto es peor que el anterior.

California no exige identificación para votar. Envía automáticamente papeletas por correo a todos los votantes registrados, incluyendo a cientos de miles que llevan años sin vivir en sus domicilios registrados, que han muerto, o que jamás existieron.

Las firmas en los votos por correo no se verifican de manera efectiva. Existe un procedimiento llamado "ballot harvesting" (cosecha de papeletas) que permite a cualquier persona recoger un número ilimitado de votos completados y entregarlos, sin que nadie supervise lo que ocurre entre el votante y el recolector.

Y los votos por correo pueden seguir llegando días después del día de la elección, convirtiendo el recuento en un proceso opaco que se prolonga semanas.

"En California, una persona sin domicilio fijo puede registrarse para votar usando como dirección un albergue, un banco de una plaza o incluso una esquina"

El fiscal federal de California, Bill Essayli, lo resumió sin rodeos: "Nuestro sistema es una porquería. Voto universal por correo, sin identificación. Eso es una receta para el fraude."

El caso de los 72.308 habitantes sin hogar del condado de Los Ángeles (cifra oficial del último censo del condado) es una muestra de lo que este sistema permite.

En California, una persona sin domicilio fijo puede registrarse para votar usando como dirección un albergue, un banco de una plaza o incluso una esquina. Los registros electorales muestran 7.600 votantes registrados en albergues y centros de servicios para personas sin hogar en todo el condado.

El caso más escandaloso es el de la Misión Midnight en Skid Row. 1.160 votantes registrados en un albergue con capacidad para 120 personas.

Un centro de acogida en Venice, donde aparecen registrados 185 votantes a pesar de no tener ni una sola cama, recibió 600.000 dólares del erario público (de manos de la propia Nithya Raman).

Y por si faltaba algo, circulan ya videos grabados en Skid Row en los que varias personas sin hogar declaran haber cobrado entre 2 y 5 dólares por votar por Bass o Raman. Esas grabaciones han sido entregadas al Departamento de Justicia federal.

A esto se añade que, desde 2014, California emite licencias de conducir a inmigrantes ilegales. Y que el sistema de registro automático de votantes vinculado a esa licencia hace prácticamente imposible verificar la ciudadanía de quien se registra, ya que la ley prohíbe a los funcionarios electorales acceder a los datos del Departamento de Vehículos Motorizados o de las autoridades federales de inmigración.

"Es difícil, siendo honesto, no preguntarse si una cultura electoral corrupta no habrá cruzado la frontera junto con los millones de hispanos que lo hicieron"

Hanson lo llama directamente un Estado "disfuncional de Tercer Mundo", en el que los recuentos se eternizan, las anomalías estadísticas se repiten elección tras elección y señalar el problema equivale, según los demócratas, a ser racista.

Y aquí llego al punto que me resulta más incómodo, pero también más urgente.

La mitad de los residentes del condado de Los Ángeles son hispanos. La mitad de los afiliados a los sindicatos californianos también lo son. El liderazgo sindical del Estado está dominado por hispanos, y los mexicanos representan entre el 75 y el 80% de los hispanos de California.

Los sindicatos y el Partido Demócrata son, en la práctica, una sola cosa. Y California no es un Estado de trabajo libre (right-to-work) lo que significa que los sindicatos gozan de prebendas y poder político que en otros estados no tienen.

Es difícil, siendo honesto, no preguntarse si una cultura electoral corrupta no habrá cruzado la frontera junto con los millones de hispanos que lo hicieron.

En México, durante décadas el fraude electoral no era la excepción, sino el sistema. Cambiar eso requirió décadas de lucha y, finalmente, la decisión histórica del propio presidente Ernesto Zedillo de desmantelar unilateralmente el fraude institucional del PRI.

Nada indica que los demócratas californianos estén dispuestos a hacer algo parecido, a menos que la presión popular adquiera tal magnitud que no les deje otra opción.

Esa es precisamente la responsabilidad que sigo creyendo que tenemos los hispanos en California y en los Estados Unidos: no importar ni reproducir lo que dejamos atrás.

Muchos vinimos aquí buscando exactamente lo contrario de esto. Sería una tragedia histórica convertirnos en sus cómplices.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.