Pedro Sánchez ha hecho todo lo posible, eso es cierto.
La Moncloa ha intentado, incluso, conseguir por anticipado el texto completo del discurso del Papa. Lo ha hecho con la intención evidente de que su ejército de bots, medios y tertulianos afines lanzara el relato prediseñado ("¡el Papa es sanchista!") antes incluso de que se apagaran los aplausos en el Congreso de los Diputados.
Pero la Santa Sede denegó hace días tan amable invitación y el presidente se ha encontrado hoy con un discurso del que es difícil extractar un fragmento que manipular sin comprar también el resto. Y el del Papa ha sido un mensaje difícilmente digerible por ningún partido de su coalición de gobierno.
Por ninguno.
En realidad, la Moncloa no necesitaba conseguir por anticipado el discurso del Papa. Porque este lleva siendo el mismo desde hace dos mil años. Tres mil quinientos, si sumamos el prólogo judaico.
Las palabras del Papa son atemporales, como lo eran las de Jesús, y sirven hoy como servían en la Jerusalén del 33 d.C. Esto es vox pópuli.
En este sentido, ¿qué esperaba la Moncloa que ocurriera? ¿Que el Papa se lanzara a exigir la expropiación de toda la riqueza nacional? Francisco, el Papa al que no le gustaban los niños, pero sí Jordi Évole, sólo ha habido uno.
León XIV ha hablado en el Congreso de inmigración, sí. Como ha hablado de la necesidad de ir "más allá de la mera gestión de flujos", del derecho "a permanecer en la propia tierra" y de los "traficantes y contrabandistas de seres humanos".
Estas citas son literales, no paráfrasis.
El Papa también ha dicho, no hoy sino en otras ocasiones, que los Estados tienen derecho a proteger sus fronteras.
Y que él no está pidiendo una inmigración descontrolada que cree "injusticias" en el país de acogida. Este punto es importante.
Pero esa parte del discurso papal es obviada por el Gobierno.
El Gobierno sólo verá esa parte del discurso en la que la "acogida" de inmigrantes se convierte en "voto subvencionado".
También el Papá habla claro de inmigración aquí y no en el sentido de admitir a todo el que quiera venir y como quiera venir para crear problemas donde llegan. 👇 pic.twitter.com/IPLoCG8VnD
— M Carmen Jiménez. Am Israel Jai 🇮🇱🇺🇦 (@Mamenjg12) June 8, 2026
Es ventajista, por tanto, quedarse sólo con una parte del discurso del Papa, la de la obligación de acoger, haciendo oídos sordos al resto. Porque, en estricta lógica, el esfuerzo destinado a que nadie tenga que huir de su tierra precede al esfuerzo de la acogida. Y la lucha contra las mafias que trafican con seres humanos exige no incentivar el delito (la trata) facilitando sus actividades (ejerciendo de taxi para ellas).
El fragmento más revolucionario del discurso del Papa, en cualquier caso, no ha sido ese, sino su referencia a "los límites morales del poder".
Esto es lo que ha dicho el Papa:
"Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo".
Ese ha sido el núcleo central del discurso del Papa: la primacía indiscutible del derecho natural sobre el derecho positivo, que es el que se gesta en el Congreso de los Diputados en base a mayorías coyunturales y de acuerdo a modas ideológicas pasajeras y muchas veces contradictorias con esa "dignidad inviolable" de la persona humana.
Y de ahí el resto del discurso del Papa, que no necesitaba mucha exegética para entenderse como un "a los diputados lo que es de los diputados" (es decir, la gestión cotidiana de la res pública) y "a Dios lo que es de Dios" (es decir, la guía moral y espiritual de los seres humanos).
De ahí también su referencia a la "cultura del descarte", que es lo mismo que decir el aborto y la eutanasia, a los que ni siquiera ha mencionado de forma explícita. León XIV ha dejado así que su fantasma sobrevolara las cabezas de esos señores diputados que se definen tantas veces como católicos cuando su actividad cotidiana lo contradice diariamente.
De ahí su defensa de la familia, "realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad" y la llamada a que los jóvenes no tengan miedo de casarse, de tener hijos y de proclamar públicamente su fe en Dios.
Su defensa del derecho "derecho primario e inalienable" de los padres a "elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas". Es decir, de la educación privada y concertada.
Su crítica al populismo y la popularización, que el presidente del Gobierno ha convertido en eje de su programa político, si es que tiene alguno más allá de sí mismo: "Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación".
Y su defensa de la limitación del poder del Estado para que este no se extienda más allá de sus límites naturales, una línea que cruzamos hace mucho, mucho tiempo en España:
"Toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida. Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública".
Y todo ello entre referencias a los Reyes Católicos, la Escuela de Salamanca, Francisco de Vitoria, el Quijote, Santa Teresa de Ávila, la huella apostólica de Santiago y "la presencia maternal de la Virgen del Pilar".
Me abstengo, por pura piedad cristiana, de comparar el discurso del Papa con el de la presidenta del Congreso, Francina Armengol, diseñado como es habitual en ella para dividir a los españoles en dos bloques enfrentados. De ahí, por ejemplo, la referencia de Armengol a la "soberanía popular", ese engendro populachero, asambleario y tribal que aspira a reemplazar la soberanía nacional, tan civilizatoria y constitucional ella.
Esa voluntad de división de Armengol es, precisamente, el reflejo especular del discurso de León XIV. Una caricatura invertida, la de Armengol, que ha intentado hoy apropiarse del concepto cristiano de caridad, pero obviando su sine qua non: la justicia.
La manzana de la discordia, tan apreciada por los políticos nacionalistas.
No me abstengo, sin embargo, de comentar el grotesco intento de Miriam Nogueras y Eduard Pujol (Junts) de aprovechar el saludo protocolario del Papa para trincarle por el brazo y llamarle "maleducado" preventivamente, por si se le ocurre viajar a Barcelona y hablarles en español a los catalanes.
Algo profundamente irónico si tenemos en cuenta que, para evitar hablarle al Papa en español, el idioma mayoritario de los catalanes, Nogueras y Pujol le han hablado en inglés y en italiano, no dejando pasar la oportunidad de perder una oportunidad, como buenos palestinos de provincias que son.
Que alguien en su grupo que sepa leer les explique lento y en español, para que lo entiendan bien, que la Torre de Babel de la Biblia no es una bendición, ni un regalo, ni un maravilloso ejemplo de diversidad y tolerancia, sino un castigo divino.
Pero si no han entendido el discurso del Papa, menos todavía van a entender la Biblia.
