En este mayo de 2026, asistí a un coloquio con sus correspondientes cruasancitos en uno de esos tanques de pensamiento que tanto gustan en los círculos liberalconservadores.
Los invitados habían sido seleccionados de entre los mentideros del periodismo, la política y la academia, como público expresamente interesado en los temas que se iban a discutir.
El conferenciante, una personalidad con una dilatada trayectoria profesional, desveló a la audiencia su reciente hallazgo haciendo uso de una encomiable labor de síntesis: "Al final todo se reduce al tema de lo güoque". A continuación, pasó a esclarecer al lego asistente qué era aquel insólito anglicismo de "lo güoque".
En un alarde de altruista condescendencia y buscando aterrizar tan altas especulaciones concluyó: "Esto sería como si ahora usted", apuntando a un barbudo asistente "dice que se quiere llamar Paquita".
Se ha escrito mucho sobre los peligros de las redes sociales y todo verdad. Las redes son la proyección de un mundo falso, diseñado, una parodia de la amistad, una autoexplotación de la imagen, dice Byung Chul Han, que "elimina la resistencia de lo real".
Para Bauman, son uno de tantos elementos que licúan las relaciones.
Byung-Chul Han en la UIMP de Santander.
La inmensa mayoría de mis alumnos no conocen otra forma de ocio que scrollear, o pasar las horas viendo vídeos cortos que les demandan la mínima dosis de atención y que olvidan al pasar al siguiente vídeo.
Pero en esta tribuna quisiera presentar un enfoque distinto y tratar algún aspecto interesante y potencialmente positivo que tienen las redes sociales huyendo de triunfalismos zuckerberguianos.
Porque no hay que olvidar que en la década de los 2000 imperaba en los foros internacionales un discurso optimista e ingenuo sobre lo que iba a traer la revolución digital: interconectividad, acceso a la información, superación de los localismos, amistades y noviazgos internacionales... Hasta el punto de que muchos proyectos humanitarios operados por oenegés, financiados por gobiernos, auspiciados por altos organismos, han consistido en llevar el acceso a internet a distintas áreas del tercer mundo, antes que procurar la existencia de infraestructura vital y mínima para dichos países.
Quien ha reculado en ellos ha podido evidenciar el distópico cataclismo que estos proyectos humanitarios han supuesto.
Elon Musk durante su participación en el Foro de Davos.
Pero en los últimos años, esos mismos foros y gobiernos han dado la voz de alarma. Resulta que el mundo digital no venía a ventilar nuestras mentes, sino a contaminarlas con extremismos y fake news. Las redes se han convertido en un saloon del salvaje oeste, regentado por inquietantes cowboys futuristas. Una inhóspita estepa que clama por un sheriff investido con la estrella de algún observatorio gubernamental.
Volviendo a nuestro conferenciante del principio, a nuestro iniciador en los misterios de la posmodernidad, sus jeremiadas contra "lo güoque" no delataron a un personaje particularmente despistado que "en pleno 2026" hubiese descubierto lo que ya era por todos conocido en el 2010.
Cada vez es más corriente escuchar entre los escaños de los políticos, entre las cátedras de la academia, en los sillones de los consejos de administración, en definitiva, entre personas cuyo puesto parece reconocer una cierta competencia, opiniones tan manidas y vulgares que se han convertido en autoparodias.
Un exitoso empresario que se preciaba de ser un aficionado a la historia me explicó hace poco que existía una "leyenda negra" contra España. "¿Sabes quién era Blas de Lezo? Pues decía que él meaba siempre mirando a Inglaterra, jojó".
"El comunismo y el nazismo son lo mismo. Al final, los extremos se tocan", escuché a un venerable profesor de universidad.
"¿Quién hará los trabajos que los españoles no quieren hacer?" se preguntaba un político con cierto deje esclavista, evidenciando que su modelo consistía en continuar reventando el mercado laboral mediante la importación de mano de obra barata.
"Hasta hace muy poco, la socialización de opiniones estaba más o menos dirigida, se hacía a través la televisión y los periódicos. Las parroquias podían ser muy grandes, pero los púlpitos escasos"
Las redes sociales, y particularmente X (antes Twitter) constituyen una extraordinaria herramienta de sobresocialización. Las posturas se exponen, se discuten, se llevan hasta el extremo y hasta el ridículo, se las estira para verles las costuras, se les da la vuelta como un calcetín. El tiempo está más pegado al cuerpo. La actualidad te llega como el Águila (sin filtrar). La historia es más inmediata, la hemeroteca más accesible.
Hasta hace muy poco, la socialización de opiniones estaba más o menos dirigida, se hacía a través la televisión y los periódicos. Las parroquias podían ser muy grandes, pero los púlpitos escasos.
En las redes sociales me he topado con gente muchísimo más inteligente que yo que no habría conocido de otro modo, he desbordado mi burbuja, he visto mis certezas cuestionadas, me he medido con cosmovisiones muy distintas.
He visto a titanes de la intelectualidá cosiendo la cuerda que derribó su propia estatua con los hilos de la exposición de sus dislates y he visto gemas del pensamiento provenientes de ciudadanos sin cualificaciones reconocibles desenterradas de la mina del anonimato.
He visto ingenieros haciendo gráficos en sus ratos libres para explicar el modelo productivo español, he visto abogados investigando adjudicaciones de obras públicas, he visto predicciones políticas cumplirse diariamente.
Esta multiplicación de púlpitos podría dar lugar a un guirigay de voces que hiciera irrelevante la pluralidad y aislara de nuevo al usuario entre sus pocos conocidos y un par de voces autorizadas. Pero he podido comprobar que esto no es así.
En las redes pueden generarse comunidades amplias de nodos variables pero más o menos consistentes. X funciona como un ágora en la cual se ponen en juego ideas, algunas se integran, otras se desechan, se alcanzan síntesis entre distintas sensibilidades y da la sensación de que el pensamiento avanza. Si en un nuevo alarde de altruismo intelectual, nuestro conferenciante quisiese exponer gratuitamente en Twitter las ideas por las que cobra dando conferencias sería simplemente ignorado, cuando no caricaturizado.
Distintas escuelas convergen a través de cuentas de referencia formando el "ensamblaje interactivo" de las espumas de Sloterdijk, una liviana aglomeración de burbujas (individualidades) que no llegan a constituir una verdadera comunidad, pero sí una conductibilidad que genera "universos provisionales de significado compartido".
Este libre mercado de ideas hace nacer una nueva cultura de carácter global, tal y como celebraban y luego execraban las cumbres internacionales. Una cultura con un lenguaje propio, unos símbolos, una historia.
Hay tweets que se convierten en piezas de museo, que la gente descarga y revisita cada cierto tiempo. Hay debates entre un catedrático y un electricista que alcanzan mayor altura que los descafeinados coloquios de un congreso académico. Hay un idioma propio, hay referencias cruzadas que nacen de eventos históricos digitales.
Pero el corazón de las culturas palpita en sus imágenes. La forma más profunda de captación de una idea (εῖδος) es la visión. Los ideogramas propios de las redes sociales son los memes.
Donald Trump junto a un meme compartido por todas las redes oficiales de la Casa Blanca.
Los memes no son meras bromas, no son viñetas cómicas simplificadas.
Son una cosa ultramoderna, la última forma de destilación comunicativa, y al mismo tiempo arcaica, relacionándose con el mundo de los arquetipos que estudió Jung. Como estructuras universales del inconsciente colectivo son más eficaces que cualquier argumento. Reducen los argumentos al mínimo expresable, se comen la carne de la impostura y nos dan el meollo. Por su economía cognoscitiva impactan, reorientan la visión, crean corrientes de opinión.
Contrariamente a lo que piensan los ajenos a este mundo, los memes no son papilla visual para quien no sabe pensar. Su generación requiere una gran creatividad e inteligencia sintética. Su versatilidad permite mil variaciones: memes sobre memes, metamemes, memes deconstruidos hasta el absurdo.
Esto genera, como decíamos, una espuma de individuos sobresocializados e hiperpolitizados que a través de este universo contextual han deconstruido los tópicos imperantes en el mundo exterior. El precio a pagar es el cinismo. La descomposición, la sospecha, la sutileza inherente al meme, moldean un grupo humano que ya ha escuchado todos los argumentos y ha ironizado sobre ellos. La distancia con la sociedad despolitizada (lo que en la red se llama normie) se agranda.
Cuando un tuitero sale al espacio profano, se encuentra con una sociedad ajena al sistema de referencias en el que se mueve, una sociedad que parece fosilizada, que sigue cantando estribillos pasados de moda y apoyándose en muletillas cojas.
Está por estudiar el impacto de este espacio de sobresocialización. Transformaciones sociales y religiosas son suscitadas desde las relaciones subterráneas mediadas por algoritmos. Nuevas élites intelectuales se alimentan de círculos tuiteros tal y como antes se congregaban en torno a revistas. Nuevos dirigentes que marcarán el destino de los pueblos habrán moldeado su sensibilidad política a través de edits.
No me extraña que los foros internacionales clamen por un sheriff digital.
*** Javier Crevillén es profesor de Filosofía del Derecho y Humanidades.
