La noticia de la imputación por la Audiencia Nacional del expresidente Zapatero por pertenencia a organización criminal, blanqueo de capitales, tráfico de influencias y falsedad documental ha desatado entre las filas socialistas una reacción que no por previsible resulta menos patética.
Que los socialistas saldrían en tromba a atacar a los jueces y a defender a Zapatero como antes hicieron con Ábalos o Santos Cerdán hasta que su realidad prostibularia les pasó por encima estaba cantado.
Pero, con la defensa de Zapatero, los socialistas dan una nueva vuelta de tuerca a su proverbial desvergüenza.
La innovación (relativa) consiste en que, a la vista de la solidez del auto de la Audiencia Nacional, socialistas como los ministros Bolaños, Puente u Óscar López se desgañitan ahora presentando a Zapatero como una especie de ser beatífico consagrado a la defensa de la paz en el mundo y de los derechos humanos al que la justicia persigue precisamente por eso, por su inmensa bondad.
Lo dicen sin sonrojarse.
Y no sólo socialistas, sino también algunos de sus socios. Verbigracia: el discurso de Rufián esta semana en el Congreso.
El portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián, en el pleno del Congreso.
Por cierto, es probable que, con la que está cayendo, el hecho de que un portavoz parlamentario emplee en sede parlamentaria expresiones como "estoy jodido" o "esto es una mierda" sea lo de menos, pero no deja de resultar sintomático de la degradación galopante que asuela nuestro debate político y nuestra vida pública.
Pero volviendo a Zapatero, aceptemos por un momento que todo lo que dicen sus turiferarios es cierto. Que es un bendito, un santo, la mejor persona del mundo, un ser de luz adorable al que la justicia (no sólo la española, por cierto, sino también la francesa y la suiza) empezó a investigar de resultas de su inquebrantable compromiso con la paz, los derechos humanos y todas las causas nobles del planeta.
Admitamos, a beneficio de inventario, semejante delirio.
La pregunta es: una vez iniciada y avanzada la investigación y ante los consistentes indicios que sitúan a Zapatero en la cúspide de una organización criminal, ¿qué proponen exactamente los aduladores de Zapatero que haga la justicia con él?
¿Que mire hacia otro lado y lo desimpute porque es muy, muy bueno?
Curiosa manera de defender la igualdad ante la ley la de esta izquierda idólatra que no sólo venera a un presunto delincuente sólo porque es de los suyos, sino que además defiende sin ambages su impunidad.
Todo ello desprende un halo de superioridad moral insoportable, empezando por esa idea que desliza Rufián en su discurso de que la gente de izquierdas es buena por naturaleza, o al menos mejor que la de derechas.
Así como Rousseau acuñó el mito del buen salvaje para explicar que el hombre es bondadoso por naturaleza y que es la sociedad la que lo pervierte y maligniza, los propagandistas de la izquierda pergeñan el mito del buen socialista corrupto, que se corrompe por amor al Estado, de ahí que reciban en olor de multitudes a los expresidentes andaluces de los ERE, Chaves y Griñán, por dondequiera que van.
Por lo demás, para refutar la delirante doctrina socialista del "corrupto bueno", baste recordar el siniestro papel de Zapatero en el blanqueamiento de EH Bildu y su líder Arnaldo Otegi, a quien definió como un "hombre de paz"; su colaboración con la dictadura chavista y su deplorable actitud para con los presos políticos españoles; o su contumaz determinación de alimentar el guerracivilismo entre españoles como ominosa estrategia electoral.
Ninguno de sus turbios manejos como expresidente, recogidos en el auto judicial de marras, supera la mezquindad de su ejecutoria como presidente. No en vano, él sentó las bases del enfrentamiento cainita sobre el que se erige el muro del sanchismo.
Con todo, cada vez son menos los que comulgan con las ruedas de molino de Sánchez, y algunos incluso empiezan a marcar distancia con el lodazal de corrupción del sanchozapaterismo. Véase el editorial de El País del día después de la imputación de Zapatero, distanciándose de él y de Sánchez.
Sintomático.
Lo que ha quedado meridianamente claro esta semana en el Congreso es que los discursos en defensa de Zapatero son sólo manotazos de ahogado, esfuerzos desesperados para evitar lo inevitable: el fin del sanchismo tras ocho años de degradación política e institucional.
*** Nacho Martín Blanco es diputado del PP en el Congreso.
