Estamos asistiendo a un cambio geopolítico sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que supone un cambio importante en el comportamiento de multitud de actividades económicas, entre otras del turismo.
El aumento de la inseguridad no implica que las personas dejen de viajar. Es evidente que varían considerablemente su destino. Optan por espacios más seguros, con menos riesgos.
Por tanto, lo que observamos que el turismo, lejos de desaparecer, lo que hace es cambiar de opción. Y España puede jugar un papel relevante en este proceso.
Hasta la fecha la geografía ha jugado un papel secundario en el turismo de España.
¿Debemos continuar únicamente con sol y playa?, ¿una nueva estrategia cultural? o ¿combinar ambos elementos?
La geografía española tiene importantes potenciales, así como dificultades que lo condicionan. Sería razonable darle un papel más relevante en el año que se celebra el 150 aniversario de la Real Sociedad Geográfica.
Muralla romana de Lugo.
España es diversa. Sus paisajes ofrecen desde costas suaves y templadas hasta cordilleras abruptas, llanuras cerealistas, riberas fértiles y extensas dehesas.
El clima, tan variado como los relieves, permite disfrutar de primaveras tempranas en el sur, otoños dorados en el norte y veranos frescos en altitudes donde el turista encuentra refugio frente al calor.
Esta pluralidad es una ventaja que pocos países europeos pueden igualar. No sólo tenemos agua en las costas. Infraestructuras como el Acueducto de Segovia o estructuras freáticas como las Tablas de Daimiel o las Lagunas de Ruidera lo ponen de manifiesto.
La gastronomía, ligada al territorio y la tradición, añade otro elemento que convierte al país en un destino poliédrico.
Pero esta geografía también impone obstáculos.
La orografía compleja encarece la movilidad y dificulta la articulación de un sistema de transporte que conecte con eficacia los pequeños núcleos del interior.
Sierra tras sierra, valle tras valle, España se ha construido en torno a múltiples compartimentos territoriales que exigen inversiones costosas y continuadas para mantenerse operativos.
"El turismo de sol y playa seguirá siendo uno de sus motores económicos, pero su evolución exige una estrategia más diversificada y sostenible"
A ello se añade un problema de fondo: la desigualdad hídrica. Las cuencas del norte concentran abundantes recursos, mientras que el sureste y algunas regiones del interior padecen estrés hídrico crónico.
Esta asimetría afecta a la agricultura, a la industria y también al turismo, especialmente en zonas donde el modelo de crecimiento ha dependido de un uso intensivo del agua.
En tiempos de cambio climático, esta realidad condiciona las inversiones y obliga a repensar el desarrollo de nuevas infraestructuras y servicios.
Durante décadas, España ha sido sinónimo de sol, playa y una oferta vacacional masiva que la ha convertido en uno de los destinos más visitados del planeta.
El modelo, exitoso en cifras y determinante en la construcción de la marca país, ha generado riqueza y empleo en zonas costeras que hoy no se entenderían sin la llegada estacional de millones de turistas.
Imagen de la muralla de Ávila.
Sin embargo, la España del siglo XXI —consciente de su diversidad, sus fragilidades territoriales y la riqueza de su patrimonio histórico— se enfrenta a una pregunta estratégica: ¿es suficiente seguir apostando exclusivamente por el turismo de litoral?
¿O ha llegado el momento de diseñar una estrategia complementaria que incorpore la España interior, menos poblada pero desbordante de cultura?
La respuesta, más que una disyuntiva, parece apuntar a un equilibrio.
España posee los elementos necesarios para diversificar su oferta, reforzar su atractivo internacional y distribuir mejor los beneficios del turismo, siempre que se entienda su geografía como lo que realmente es: un país complejo, lleno de ventajas, pero también con desafíos estructurales.
"Si algo distingue a España del resto de Europa es la enorme densidad y variedad de su patrimonio cultural. Y muchos de esos tesoros se encuentran lejos de las grandes ciudades"
La España interior: un tesoro cultural con potencial turístico
Si algo distingue a España del resto de Europa es la enorme densidad y variedad de su patrimonio cultural. Y muchos de esos tesoros se encuentran, precisamente, en territorios poco poblados, lejos de las grandes ciudades o de la costa.
Construir una estrategia turística complementaria implica mirar hacia esos espacios, incorporarlos a la narrativa del país y convertirlos en destinos accesibles y atractivos.
Desde la Prehistoria hasta el Barroco, España puede desplegar un viaje cultural extraordinario:
- Atapuerca (Burgos), uno de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del mundo, permite comprender los orígenes de la humanidad y atrae a un público creciente interesado en la ciencia y la arqueología.
- Las Médulas (León) constituyen el mayor vestigio de minería romana a cielo abierto en Europa. Su paisaje antropizado, de tonos rojizos y formas caprichosas, es un libro abierto sobre ingeniería antigua y explotación del territorio.
- El conjunto romano de Mérida, con su teatro, anfiteatro y puente, ofrece una inmersión única en la vida de Augusta Emerita, una de las principales ciudades del Imperio.
-El puente romano de Alcántara, majestuoso y aún en uso, simboliza la excelencia de la ingeniería romana en la península ibérica.
-La muralla romana de Lugo, Patrimonio de la Humanidad, conserva íntegra su trazado y convierte a la ciudad en un ejemplo extraordinario de continuidad histórica.
Vista de Toledo.
El románico constituye, en sí mismo, un país dentro del país.
Palencia, posiblemente la provincia con mayor densidad de templos románicos del mundo, y Zamora, con más de 20 iglesias, un puente medieval, un castillo y murallas del siglo XI y XII, conforman un territorio que podría atraer un turismo cultural especializado, amante de la arquitectura, la historia y el arte sacro.
Ha permitido la elaboración de la Enciclopedia del Románico, editada por la Fundación Santa María la Real y presente en importantes bibliotecas de todo el mundo.
El gótico español —con Sevilla a la cabeza, cuya catedral es la mayor del mundo en su estilo— suma otros hitos: Toledo, Cuenca, Palencia, Burgos, León.
Plasencia y Coria completan un mapa artístico que recorre centros históricos singulares y paisajes que se respetan mutuamente.
La catedral de Santiago de Compostela es un caso paradigmático: aunque nace como templo románico, incorpora con el paso de los siglos un valioso conjunto gótico, renacentista, barroco y neoclásico, convirtiéndola en símbolo del mestizaje artístico europeo.
Y más allá, los conjuntos monásticos: Cáceres y su casco histórico, el Monasterio de Guadalupe, o los cistercienses de Poblet y Santes Creus, donde la espiritualidad, el patrimonio y el paisaje crean experiencias inmersivas únicas.
El catálogo se amplía con los grandes museos: el Prado y el Thyssen en Madrid, el Museo Dalí en Figueres, y un conjunto de instituciones que permiten hilvanar un relato cultural nacional coherente y fascinante.
"La España interior puede asumir el papel de descongestionar la costa, generando actividad económica en zonas afectadas por la despoblación y favoreciendo el equilibrio territorial"
¿Es realmente una alternativa al sol y playa?
Más allá de algunos discursos retóricos que siembran la duda sobre la estructura de una parte de nuestra economía basada en el turismo, España no debe renunciar a lo que la ha convertido en potencia turística global. El turismo de sol y playa seguirá siendo uno de sus motores económicos.
Pero su evolución exige una estrategia más diversificada y sostenible. La saturación de ciertos destinos, la presión sobre los recursos hídricos y los efectos del cambio climático hacen necesario construir una oferta que distribuya los flujos turísticos y reduzca vulnerabilidades.
La España interior —su patrimonio, su silencio, su gastronomía y su paisaje— puede asumir ese papel. Y al hacerlo, no solo descongestionará la costa, sino que generará actividad económica en zonas afectadas por la despoblación, favoreciendo el equilibrio territorial.
Vista de la parte trasera del templo.
Una oportunidad histórica
España se encuentra ante un momento decisivo. Tiene los recursos, la identidad y el relato para crear un modelo turístico más amplio, resiliente y valioso. El sol y la playa seguirán siendo su bandera, pero la cultura puede convertirse en su gran argumento de futuro.
Un país que va de Atapuerca al Prado, de Mérida a Santiago, de Poblet a Zamora, puede ofrecer al mundo algo más que vacaciones: puede ofrecer experiencias que educan, emocionan y perduran.
El reto es convertir esa riqueza en un proyecto estratégico. La oportunidad está ahí, esperando que España, con serenidad y ambición, decida recorrerla.
*** José María De la Riva es profesor de Geografía y exconcejal del Ayuntamiento de Madrid con el PSOE.
