Afirmaba recientemente el sociólogo Ignacio Urquizu que en España se ha producido en las últimas décadas un giro hacia la derecha, lo cual se reflejaría en la predominancia de valores más individualistas y en una creciente desconfianza sobre la gestión pública.
Al tiempo, no son pocos los analistas que advierten una relación directa del declive de los partidos socialistas de media Europa, prácticamente desaparecidos en países como Francia, y en proceso de mutación en los países del norte de Europa, con la amenaza de pujantes formaciones de derecha radical que vendrían a condicionar el marco discursivo, especialmente en materia de inmigración o seguridad.
Surgen algunas dudas a la hora de calibrar la veracidad del fenómeno y sus derivadas.
Para empezar, no está nada claro que el auge de los partidos de derecha radical o identitaria, coloquialmente conocidos como partidos de extrema derecha, responda al auge de valores individualistas en contextos políticos donde la valoración del bien común era socialmente relevante.
En esa nueva "internacional" se perciben algunos elementos comunes, pero también la proliferación de múltiples elementos contradictorios o divergentes entre sí.
Estaríamos ante un híbrido desde luego efectivo electoralmente, que responde a claves muy diversas en cada contexto nacional.
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni.
Un híbrido que, aunque presenta algunos rasgos comunes, también muestra profundas diferencias de fondo, si acaso matizadas por su oposición común a la izquierda hegemónica (o, más bien, a esa suerte de progresismo de la diferencia que ha atravesado y capturado a buena parte de la izquierda occidental).
¿Acaso Trump y Milei, que suelen enunciarse dentro de un mismo grupo de homólogos políticos, tienen algo que ver ideológicamente?
¿Orbán y el grupo de Visegrado responden a las mismas lógicas políticas que la Agrupación Nacional francesa?
No hace falta ceñirse a sus alianzas internacionales, su proximidad o distancia con la Rusia de Putin o la siempre polarizadora relación con Israel: si para la extrema derecha histórica el antisemitismo era parte irrenunciable de su corpus ideológico, para buena parte de la (ultra)derecha identitaria hoy en auge lo es el sionismo más recalcitrante, virulento y anexionista.
"En España, la derecha ha estado ligada a posiciones conservadoras y reaccionarias, con mención especial para el tradicionalismo o el carlismo"
Basta con cotejar los fundamentos más esenciales de su propuesta política para encontrar, dentro de la derecha radical, tanto a formaciones ultranacionalistas como a partidarios de un libertarianismo radical, de vocación anarcocapitalista.
O, incluso, a híbridos electorales que tratan de incorporar ambas inclinaciones, con todas las dificultades que implica semejante cuadratura del círculo.
He aquí uno de los aspectos más importantes que ofrecía Urquizu en su análisis, cuando relacionaba la inclinación a la derecha con valores genuinamente individualistas.
Para situarnos, habría que ser capaces de definir y entender el marco izquierda-derecha, de indudable utilidad sociológica, pero cada vez más confuso a nivel político, por sus múltiples variables polisémicas y sus ramificaciones confusas y contradictorias.
Santiago Abascal y Gabriel Ariza con el dueño de Tesla y X, Elon Musk.
En términos históricos, se asimiló la derecha con la defensa de los vestigios del Antiguo Régimen y los privilegios de origen (estamentales).
En España, la derecha ha estado ligada a posiciones conservadoras y reaccionarias, con mención especial para el tradicionalismo o el carlismo, la participación preeminente de la monarquía y la Iglesia Católica, hasta desembocar en el nacionalcatolicismo que impregna buena parte del siglo XX.
Si algo era completamente ajeno a aquella tradición política es, precisamente, lo que hoy caracteriza a buena parte de nuestra derecha política y mediática.
El caldo de cultivo de las redes sociales y los "youtubers andorranos" (los que, desde hace años, prescriben la necesidad de fijar su residencia en el vecino paraíso fiscal para escapar del expolio tributario al que les vendría sometiendo el gobierno "socialcomunista" español) implican, en el fondo, una enmienda a la totalidad respecto a los valores canónicos del conservadurismo patrio o de la democracia cristiana tradicional.
Sobre la base de la entronización de un individuo soberano y autosuficiente, profundamente desarraigado, se produce una ruptura total con las bases antropológicas de aquella cosmovisión, que mantenía una interlocución activa con las nociones de bien común y de justicia social.
Resulta embarazoso adivinar chapuceros intentos de ofrecer un pastiche ideológico sincrético entre el conservadurismo español católico y un individualismo radical emparentado con aquella filosofía política anglosajona encarnada por el binomio Thatcher-Reagan, cuyos fundamentos más elementales capturó la premier británica cuando proclamó aquella sandez absolutista, en la que creía firmemente: "No existe la sociedad, sólo los individuos".
"Nacionalismo antiglobalista los días pares y sometimiento ante el corpus doctrinal ortodoxo del liberalismo económico, todos los demás"
La contradicción descarnada es, quizás, el verdadero corpus ideológico de nuestro tiempo. Aderezada, con frecuencia, por una total y completa inconsistencia.
Sólo así se entienden, por ejemplo, los ridículos intentos de Vox cuando trata de rehabilitar una suerte de trasnochado nacionalcatolicismo, y aderezo retórico falangista, con los Viva Vox en donde se pasea a todo un Javier Milei cuya aspiración última es culminar la disolución de las patrias en el altar del Dios Mercado.
Nacionalismo antiglobalista los días pares y sometimiento ante el corpus doctrinal ortodoxo del liberalismo económico, todos los demás. Será que "contra los zurdos", bien vale semejante aluvión de histrionismos y contradicciones de garrafón.
¿Acaso la derecha con mando en plaza, y la aspirante, no tienen un carajal ideológico equivalente al de la izquierda hegemónica?
En el fondo, España, que no es ajena a lo que pasa en el resto del mundo, aunque existe una añeja e insufrible tendencia paleta a creernos una isla extraordinariamente única y diferente a los demás, sufre las convulsiones de un lento pero sostenido cambio de orden mundial.
Aquellas proclamas de Fukuyama, las del fin de la Historia, más complejas y elaboradas que la caricatura que de las mismas se hizo a título difamatorio, yacen enterradas ante el declive del orden liberal.
Estados Unidos, durante décadas considerada potencia hegemónica de un mundo unipolar ya extinto, desafía parcialmente los propios cimientos de la escolástica neoliberal.
Donald Trump a bordo del Air Force One atendiendo a los periodistas.
Lo hace a través de una política de dominio imperial que combina proteccionismo arancelario, injerencias militares constantes que se alejan del pretendido aislacionismo nacionalista del primer gobierno Trump y desprecio abierto por todos y cada uno de los principios del liberalismo político, las instituciones democráticas y el orden internacional.
Principios que si bien siempre fueron violentados a discreción, quizás nunca lo estuvieron de una manera tan descarnada, sobre la base de una confesión explícita y brutal de los propios intereses.
Son demasiadas aristas las que sostienen el delicado castillo de naipes de nuestro tiempo, que proyecta una creciente imagen de fragilidad, como si todo estuviera a punto de derrumbarse definitivamente.
No sé si la sociedad española, en este contexto, se ha vuelto definitivamente de derechas, aunque sí sospecho que el interés por la nomenclatura ideológica está más alejado que nunca de claves y motivaciones racionales.
El cóctel reinante combina grandes dosis de fanatismo identitario, en el que las trincheras tienen más que ver con batallas culturales estériles y estridencias hiperbólicas que tratan de ocultar la disolución de las diferencias ideológicas reales.
Un iliberalismo político acentuado, acompañado por una larga sombra de la descomposición institucional promovida por autócratas de diferente signo, cuya única carta de presentación es el afán de poder a cualquier precio y sin límite alguno.
Y una atroz desigualdad económica, nota característica del modelo socioeconómico tecnofeudalista, como lo bautizara Varoufakis. Modelo donde algunos plutócratas acumulan riqueza de forma obscena sobre una gran nube global consistente en la extracción de rentas más que en la generación de beneficios.
Nube en donde, paradójicamente, convergemos millones de personas inermes y sumisas, para muchas de las cuales la vida ha quedado reducida a una precaria y asfixiante carrera por la supervivencia.
*** Guillermo del Valle Alcalá es abogado y secretario general de Izquierda Española.
