Si prescindimos de seudoconstituciones como la Carta de Bayona y el Estatuto Real, España ha tenido siete Constituciones: las de 1812, 1837, 1845, 1869, 1876, 1931 y la vigente de 1978. De estas siete, la más longeva ha sido la de 1876 que, descontando la etapa de su suspensión decretada en 1923 por Primo de Rivera, resistió cuarenta y siete años.
La Constitución de 1978 ya ha superado a todas.
Es verdad que la simple duración no dice en principio mucho sobre el carácter de cualquier ley. Pero la resiliencia de esta Constitución, que además es democrática y social, sí que es una auténtica hazaña: se elaboró, se debatió, se votó y se desarrolló acosados durante décadas por pistoleros de ETA y por algunos golpistas. Y nos ha permitido la etapa más duradera de progreso social en libertad.
Aquellos enemigos de la libertad no tienen nada que celebrar. Tal vez tampoco acudan a festejar este éxito quienes juran la Constitución sólo "por imperativo legal", se aprovechan de su generosidad y aspiran a reventarla desde dentro. Pero sí que podemos y debemos celebrar esta proeza tanto quienes creemos que el texto es suficiente para encarar los problemas de la nación como quienes aspiran a reformarla por los procedimientos establecidos en la misma.
No se han ahorrado críticas al tenor literal de esta Constitución ni faltan propuestas para mejorarla con reformas en la Constitución, como suele decir Alfonso Guerra, o con reformas de la Constitución como prefieren otros. Pero, aun con sus imperfecciones como corresponde a toda obra humana, ahí sigue, firme como la mejor ordenación racional de la libertad que hasta ahora hemos encontrado los españoles.
La pervivencia durante estas cuatro décadas largas del orden constitucional no proviene sólo del texto de nuestra Carta Magna. Una buena ingeniería constitucional es necesaria, claro está. Pero aquel texto por sí solo no puede proporcionar todo lo que la construcción de una democracia necesita. Esta, además de instituciones y leyes, presupone un determinado suelo sobre el que se construye.
Los padres de la Constitución, trabajando sobre ella.
Además de contar con leyes e instituciones, una democracia se asienta sobre una infraestructura social, con una homogeneidad social tal que haga posible la existencia de un nosotros; algo que no puede forjarse allí donde las desigualdades sociales y económicas son lacerantes o se carece de una historia compartida, de una lengua y de una conciencia nacional (Bökenförde, Estudios sobre el Estado de Derecho y la Democracia). En este punto es todavía largo el camino que nos queda.
Junto a esa infraestructura social la democracia precisa un ethos democrático, formado por ciertos hábitos, costumbres y valores interiorizados en la mayoría de los ciudadanos. La democracia sólo puede arraigar, decía John Stuart Mill (El Gobierno representativo) si dirigentes y ciudadanos están dispuestos a aceptar el sistema y tienen la voluntad y la capacidad de cumplir los deberes y las funciones que su mantenimiento requiere.
Sin aquella infraestructura social y sin este ethos democrático el más perfecto texto de una Constitución es una cáscara vacía que, como ocurriera con la República de Weimar y con nuestra República, es incapaz de hacer frente a los ataques de sus enemigos. Ambas Repúblicas, se ha dicho y no siempre con justicia, eran democracias sin ciudadanos.
"Al final, la inmensa mayoría de los ciudadanos entendimos que la alternancia es el ineludible corolario del pluralismo político"
Pues bien, han sido aquella infraestructura social y este ethos democrático quienes han facilitado el arraigo de la Constitución durante cuarenta y siete años.
Fue así como los partidos y los ciudadanos fuimos interiorizando el sentido del pluralismo político del que habla el artículo primero de la Constitución. Unos y otros asumimos que las decisiones de cualquier mayoría eran siempre provisionales y sujetas por tanto al cambio por otras mayorías.
Unos y otros durante cuatro décadas nos acostumbramos a ver cómo todos los presidentes derrotados felicitaban cortésmente al vencedor. Y al final la inmensa mayoría de los ciudadanos entendimos que la alternancia es el ineludible corolario del pluralismo político.
Pero desgraciadamente todo lo anterior parece más propio del mundo de ayer.
Porque desde hace unos pocos años, y especialmente en esta XV Legislatura, en lugar de seguir entendiendo la política como disposición y habilidad para el compromiso entre diferentes, los partidos políticos han vuelto a la política del enfrentamiento, a la política como guerra feroz entre bloques. Se construyen muros cada vez más elevados y se responde con trincheras cada vez más profundas.
En ocasiones los partidos con su lenguaje y sus actos parecen imitar a aquellas "tribus cabileñas" de las que hablaba Ortega y Gasset y hacen que cobren un sentido cada vez más amenazador las palabras de Larra: "No somos una sociedad, sino un campo de batalla".
Es así como, poco a poco, el encanallamiento de la vida política se está filtrando hacia la propia sociedad y debilitando la cultura política que creíamos ya plenamente asentados en estas últimas cuatro décadas.
Celebramos, pues, este cuarenta y siete aniversario de la Constitución con sentimientos encontrados.
Por una parte, el orgullo del camino que como nación hemos recorrido.
Por otra parte, el sentimiento de incertidumbre que genera esta XV Legislatura. Nuestros problemas no están en el texto de la Constitución, sino en su incumplimiento y en el deterioro de la cultura cívica propia de las democracias liberales.
Por eso, si no se rehace aquel ethos democrático que se comenzó a tejer desde la Transición, si se siguen construyendo muros y cavando trincheras, el paisaje que tendremos al final de esta Legislatura será desolador.
Una sociedad cada vez más dividida y enfrentada, una Constitución herida, un Gobierno que transita al margen del Parlamento, un Parlamento ninguneado, un Poder Judicial amenazado, unos gobiernos regionales y nacional en guerra…
En fin, un desorden del orden constitucional que será difícil de revertir en el futuro.
"Qué difícil es construir en política. Y qué fácil es destruir lo conseguido"
Qué difícil es construir en política. Implica capacidad creadora, paciencia, voluntad integradora, visión de futuro y una mentalidad democrática en la que es esencial el respeto al otro. Y qué fácil es destruir lo conseguido.
Son palabras de Francisco Tomás y Valiente, gran profesor, presidente del Tribunal Constitucional, hombre de Estado y socialista sin carnet asesinado por ETA hace precisamente ahora treinta años.
Su magisterio sigue vivo. Y de sus Obras Completas tomo estas palabras propias de un sabio que dicen así:
"El momento actual se parece más al 'todo vale' que a la civilizada pugna por el poder dentro de unas reglas de juego, dentro de unas leyes que no son sólo las del Derecho sino antes que nada las de la conservación de lo que tenemos. Nadie ha sabido cortar la tendencia hacia la destrucción. Nadie ha percibido que, encendido un fuego, este se propaga si no se anteponen eficaces cortafuegos a su marcha implacable… ¿Quién ganará con ello? ¿El vencedor en las urnas? ¿Quién gana unas elecciones si el Estado es desprestigiado, la política llena de basura, los partidos en luchas internas y externas y las instituciones desacreditadas? Si seguimos así, perdemos todos".
Son palabras que, aunque escritas en 1996, merecen ser repensadas hoy cuando celebramos la resistencia, excepcional en la historia de España, de esta Constitución de la que con razón nos sentimos orgullosos.
Y ante los nubarrones que sobre nuestro orden constitucional se vienen acumulando últimamente tal vez convenga aferrarse a aquella máxima de otro sabio más antiguo y que repetía el profesor Tomás y Valiente: "El pueblo debe defender la Ley con la misma pasión con la que defiende sus murallas".
*** Virgilio Zapatero es rector emérito de la Universidad de Alcalá.
