Cuentan de un catedrático de universidad que, tras muchos lustros de docencia, seguía enseñando a los alumnos la legislación y jurisprudencia de cuando aprobó su oposición. Hay principios que parecen inmutables y a los que con frecuencia recurrimos para explicar algunas cosas. Pero lo cierto es que la vida sigue y que, tanto en las ciencias como en las artes, los métodos y los conceptos están en constante evolución.

No hace falta ser un seguidor de Heráclito para saber que “todo cambia y nada permanece”, sobre todo en política. Por eso resulta extraño que alguien escriba que “Donald Trump nunca tuvo nada que ver con el republicanismo o con el conservadurismo” y que su conexión con el electorado estadounidense fue por mero “oportunismo”.

No se debe desdeñar la importancia que tuvieron en la formación del pensamiento derechista políticos y autores como Edmund Burke, Winston Churchill, Margaret Thatcher y Roger Scruton (fallecido apenas hace un año), en el ámbito anglosajón; o Donoso Cortés, Antonio Cánovas del Castillo, Antonio Maura y José María Gil Robles, en el patrio.

No es suficiente con la lectura de ensayos y discursos para saber lo que hoy en día es el derechismo

Sin embargo, no es suficiente con la lectura de sus ensayos y discursos para saber lo que hoy en día es el derechismo. El monocultivo científico, especialmente en las ciencias sociales, conduce al error. Los fenómenos vigentes ya no se pueden analizar sólo desde la perspectiva de una ciencia concreta, y menos si de lo que hablamos es de política.

Desde hace varias décadas, quienes más saben de esto no son los politólogos ni los filósofos o los sociólogos puros, sino los psicólogos (particularmente los especialistas en psicología social) e incluso algunos filólogos cognitivos.

De las obras publicadas últimamente sobre verdadero pensamiento político (sobre la manera de pensar ideológicamente, quiero decir) merecen destacarse las de George Lakoff (Política moral) y Jonathan Haidt (La mente de los justos).

A mi juicio, son publicaciones de otro rango las escritas por Corey Robin (La mente reaccionaria) y Gregorio Luri (La imaginación conservadora), que no hacen sino tratar de aprovechar el tirón del éxito editorial que supuso la salida al mercado del libro de Haidt. Sus contenidos no tienen nada que ver con el del ensayo de este psicólogo estadounidense, a pesar de que sus respectivos títulos sean muy parecidos.

Lo que Trump hizo en 2016 fue volver a sintonizar con los fundamentos morales de los conservadores estadounidenses

Si se analiza con detenimiento la cuestión, lo que Trump hizo en 2016 fue volver a sintonizar con los fundamentos morales de los conservadores estadounidenses, que reconocieron en él un igual. Aunque, hasta entonces, no había sido más que un hombre de negocios, de relativo éxito, procedente del sector inmobiliario.

Como sostienen Lakoff y Haidt, la mente conservadora, al igual que la izquierdista, funciona por medio de una serie de resortes o fundamentos morales. Esos resortes son los que sigue activando Trump en sus seguidores por medio de sus tuits y alocuciones.



Quizá lo que haya que preguntarse es ¿hasta qué punto el republicanismo estadounidense se estaba alejando de los fundamentos de la ideología conservadora? Lo mismo que cabría preguntarse respecto de los partidos supuestamente derechistas europeos, tales como los tories británicos o el PP español.

Porque una cosa es que la política cambie y otra que lo hagan los fundamentos morales del derechismo (y del izquierdismo): estos son una cuestión psicológica o moral, no simplemente política. Precisamente, a veces el cambio consiste en un eterno retorno, tal y como lo predijeron los estoicos, al que también hace referencia Nietzsche en su obra La gaya ciencia.

Por tanto, no es como Javier Redondo y Alana Moceri, entre otros, sostienen cuando dicen que Trump ha hecho saltar por los aires al Partido Republicano, sino que es la política general, de todo Occidente, la que hace algún tiempo saltó por los aires.

Muy lejos queda el ensayo de Norberto Bobbio Derecha e izquierda, prologado en España por Joaquín Estefanía. La vieja distinción entre izquierda y derecha es inservible porque los contenidos de una y otra son confusos para mucha gente. Esto es lo que ha saltado por los aires.

Más vale empezar a abandonar los antiguos clichés, porque estamos ante una refundación del conservadurismo

Más vale empezar a abandonar los antiguos clichés, porque estamos ante una refundación del conservadurismo. Lo mismo que, desde hace algún tiempo, está sucediendo con la ideología izquierdista, que ha basculado desde el marxismo económico al marxismo postmarcusiano y postlacaniano.

Esto es, desde la lucha de clases hasta el conflicto de las identidades, sin aparente solución de continuidad. Al haber abandonado el izquierdismo estadounidense e internacional la dialéctica de clase y dirigido su interés y su discurso hacia las minorías (los negros, los inmigrantes, las mujeres y, recientemente, el transgenerismo de malinterpretada inspiración psicoanalítica), una parte importante del electorado estadounidense procedente de la clase trabajadora y de la clase media empobrecida ha tenido que refugiarse no en el republicanismo tradicional (que ni en la época de Reagan ni de Bush sintonizó con ellos), sino en el trumpismo.

Esta nueva evolución del derechismo ha superado la obsoleta distinción entre izquierda y derecha porque los nuevos votantes conservadores se han dado cuenta de que los fundamentos morales de la derecha son los únicos aptos para salvarlos de lo que ellos consideran su peor amenaza: la globalización. Recuérdese el Trilema de Rodrick, según el cual en la triada formada por globalización, democracia y soberanía nacional no se pueden tener las tres cosas y hay que escoger forzosamente dos.

La crisis económica global de 2008 y la pandemia mundial de 2020 han terminado de poner en posición de alerta a muchos estadounidenses que antes jamás hubieran votado al Partido Republicano ni con aceite hirviendo. Algo semejante empezó a entreverse en las elecciones británicas de diciembre de 2019, cuando la victoria del partido de Boris Johnson se alimentó de varios cientos de miles de votos procedentes de distritos en los que tradicionalmente había vencido el laborismo.



Al viejo catedrático le atropelló la vida. Es una lástima que la realidad sea capaz de estropearnos un bonito titular. Digo, una buena teoría.

*** Juanma Badenas es catedrático de derecho civil de la UJI, ensayista y miembro de la Real Academia de Ciencias de Ultramar de Bélgica. Su último libro publicado es La derecha.