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LA TRIBUNA

En defensa de algunos ricos

Al hilo de la reciente donación de Amancio Ortega a la Sanidad Pública para combatir el coronavirus, el autor reflexiona sobre los ricos y el valor que la sociedad da al dinero.

28 marzo, 2020 02:50

Ahora que quienes querían acabar con la casta la han multiplicado, ahora que Pablo Iglesias e Irene Montero se han convertido en nuevos ricos en su dacha de Galapagar (vicepresidente y ministra, más de 150.000 euros al año entre los dos), me gustaría reflexionar sobre por qué está mal visto el dinero.

Joan Manuel Serrat, de familia proletaria, con las primeras pesetas que ganó le compró a sus padres un piso soleado para poder sacarles de su casa, “oscura y lúgubre”. Sin embargo, lo que realmente sucedió fue que, según le contaba un Serrat treintañero a Soler Serrano, “al mismo tiempo que te estás desarraigando tú de lo que es tu verdad, la verdad, estás desarraigando a tu gente de lo que es la verdad y, con el paso del tiempo, sí, tienen su casa maravillosa, cómoda, plácida, pero han perdido cantidad de cosas atrás, que son su vida, sus raíces; si no, ¿qué sentido tiene que mi madre y mi padre agarren cada día el coche y se vayan a comprar al mercado de mi calle?”.

Con los primeros ahorros, Paco Rabal le regaló a su padre —campesino y minero— un chalé en el madrileño distrito de Ciudad Lineal. Al llegar, el padre desmontó los arriates, sembrando patatas.

A Stefan Zweig le parecía muy cómodo viajar en autos, “pero me resulta penoso eso de dejar tras de sí una gran polvareda maloliente y oír las maldiciones que nos lanza la gente. En cierto modo a mí no me acaba de gustar eso de que me califiquen de pertenecer a la clase más alta de la humanidad y prefiero seguir en la clase media”.

¿Por qué está mal visto el dinero si, en el fondo, a todos nos gusta tenerlo? Las dos personas que más han influido en el pensamiento universal, Jesucristo y Marx, despreciaban a los ricos, aunque Marx fuese un hombre acomodado. Para Antonio Escohotado (que también vive en Galapagar, mas no en una dacha), encontramos la semilla en el Sermón de la Montaña: “Eso de que cuanto peor te vaya aquí mejor te irá luego en el más allá —santificar la pobreza— ha hecho un daño incalculable a la humanidad”.

Más que la riqueza lícitamente obtenida, lo que debemos criticar es la ostentación y las extravagancias

Los países protestantes serían la excepción. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber nos explica el motivo: “En la palabra alemana profesión (Beruf), como quizá más claramente aún en la inglesa calling, hay cuando menos una reminiscencia religiosa: la idea de una misión impuesta por Dios”. Según Weber, dicho sentido de la palabra Beruf se debe a la traducción luterana de la Biblia. “Lo absolutamente nuevo era considerar que el más noble contenido de la propia conducta moral consistía en sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo. Tal era la consecuencia inevitable del sentido, por así decirlo, sagrado del trabajo”.

Dejando aparte las religiones (al fin y al cabo, ya decía Voltaire que, cuando se trata de dinero, todos somos de la misma religión), más que la riqueza lícitamente obtenida, lo que debemos criticar es la ostentación: la multimillonaria estadounidense Barbara Hutton combinaba el color de su Rolls-Royce con el de sus joyas; los nietos de Franco tenían una cabalgata particular (miembros de la Casa Militar se disfrazaban de Melchor, Gaspar y Baltasar y de sus pajes); Suha, la mujer de Arafat, recorría los campos de refugiados palestinos en su BMW azul…

También son criticables las extravagancias: Howard Hawks aterrizando de noche en el aeropuerto de Palm Springs, cuya pista iluminaban los faros de doce limusinas negras (Ava Gardner le estaba esperando); solo para que abriera los regalos navideños de sus hijos, los Beckham contrataron a un mayordomo por 1.600 euros al día; cuatro de cada diez ricos del mundo invierten en islas desiertas y refugios antinucleares…

La riqueza lícitamente obtenida debería ser digna de admiración: Alfonso Escámez, que empezó trabajando de botones en el Banco Central, acabaría siendo presidente. Ramón Tamames cuenta en sus memorias: “Que le pidiéramos dinero para financiar la campaña del PCE le pareció de lo más normal: no se lo pensó ni un minuto y lo que le solicitamos lo puso al día siguiente en la cuenta corriente que abrió el partido en su banco”.

La riqueza lícitamente obtenida que produce miles de puestos de trabajo debería ser doblemente admirada, como la de Juan Roig (en 2019, Mercadona donó 9.100 toneladas de alimentos a entidades sociales); como la de Amancio Ortega, a quien Pablo Iglesias tildó de “señorito”.

A los nuevos ricos de Podemos, las donaciones de Ortega a la Sanidad Pública les parecen "limosnas de ricos"

A los nuevos ricos de Podemos —Echenique, que vive en el barrio de Salamanca, es otro ejemplo—, las donaciones millonarias de Ortega a la Sanidad Pública española les parecen “limosnas de ricos”. (Uno se pregunta qué pasaría si Amancio fuera nacionalista gallego, pues con el empresario millonario Jaume Roures, “elemento capital” del independentismo catalán, según la Guardia Civil, Iglesias mantiene una buena relación; uno se pregunta, en fin, por qué tantos izquierdistas miran a las personas ricas con recelo, pero a las regiones ricas con simpatía).

En 2008, la periodista Covadonga O’Shea publicó Así es Amancio Ortega, el hombre que creó Zara. Amancio le cuenta a Covadonga que, siendo un niño, con las trescientas pesetas que ganaba su padre, nunca llegaban a fin de mes: “Una tarde, al salir de la escuela, fui con mi madre a una tienda a comprar comida […]. Era uno de aquellos ultramarinos de la época, con un mostrador alto, tan alto que yo no veía a quien hablaba con mi madre, pero le escuché algo que, pese al tiempo transcurrido, jamás he olvidado: ‘Señora Josefa, lo siento mucho, pero ya no le puedo fiar más dinero’. Aquello me dejó destrozado […]. Esto no le volverá a pasar a mi madre nunca más. Lo vi muy claro: a partir de ese día me iba a poner a trabajar para ganar dinero y ayudar en mi casa. Abandoné los estudios, dejé los libros y me coloqué de dependiente en una camisería […]. Trabajaba las veinticuatro horas del día. Veía cada vez más claro lo que quería hacer y no paré hasta conseguir ponerlo en marcha, con otra mucha gente”.

Amancio Ortega ha democratizado la moda al conseguir que cualquier persona, sea cual sea su poder adquisitivo, pueda vestir bien. El libro de Covadonga es una enardecida radiografía de Ortega: sencillo, observador, autodidacta, con gran capacidad para escuchar, intuitivo, la excelencia en el horizonte, lúcido, amante del anonimato, ambicioso, exigente, cercano, casi siempre sonriente, de memoria extraordinaria.

“Si he ganado tanto dinero es porque mi objetivo no ha sido nunca ganar dinero. El dinero ha existido siempre y en absoluto es malo en sí mismo. Lo que ocurre es que en la actualidad hay muchos excesos y demasiados alardes. Tener tanto dinero me sirve para ayudar a muchas personas y a sus familias a vivir con dignidad, aunque sigo pensando que no es justo vivir en un mundo en el que tantas personas no tienen ninguna posibilidad de acceder a un nivel de vida esperanzador”. Cuando Inditex salió a Bolsa, regaló acciones a todos los empleados. También ha donado muchos millones ayudando al Tercer Mundo.

Otros ricos admirables son Isidro Fainé, presidente de la Fundación Bancaria La Caixa, entidad responsable del mayor programa privado de lucha contra la pobreza infantil en España; y Melinda y Bill Gates, que han destinado 36.000 millones de dólares a la filantropía.

Esta última admiración no es óbice para criticar que las grandes multinacionales de internet paguen pocos impuestos, pero ningún usuario, por muy indignado que esté, parece dispuesto a renunciar a dichos servicios (esperemos que la tasa Google acabe por fin con esos privilegios). Ocurre lo mismo con el fútbol: a los políticos nada les perdonamos, pero cuando Messi y Ronaldo van a los juzgados como presuntos evasores fiscales los aficionados les piden autógrafos.

Nos podemos consolar con la lucha de algunos multimillonarios por lograr un mundo mejor, más justo

A Pier Paolo Pasolini le preguntaron una vez por qué algunos de los protagonistas de sus películas eran seres marginados: “Porque en ellos la vida se conserva sagrada en su miseria”.

Yo no creo que la sencillez implique bondad (en algunos oficios humildes, a pesar de ganar bastante dinero, suelen cobrar en negro), ni la riqueza perversidad. Son prejuicios. Tampoco es cierto que el dinero nos haga siempre más felices.

En uno de sus ensayos, cuenta Eduardo Galeano que hay un solo lugar en el mundo donde el norte y el sur se enfrentan en las mismas condiciones: un campo de fútbol de Brasil, en la desembocadura del Amazonas (“la línea del ecuador corta por la mitad el estadio Zerão, de modo que cada equipo juega un tiempo en el sur y otro en el norte”). ¿Habrá alguien más feliz que unos niños jugando en ese campo, en cualquier campo?

Por el contrario, la hija menor de Aristóteles Onassis, Christina, sufría tales carencias afectivas que pagaba 10.000 dólares a su marido para que pasase la noche con ella: “Soy tan pobre que solo tengo dinero”.

Si algo bueno trajo la última crisis económica es que puso límites al capitalismo salvaje. Ya que no es posible hallar en la Tierra el idealismo de don Quijote (decía Ganivet que, cuando salió en busca de aventuras la primera vez, se olvidó de llevar dinero y hasta ropa blanca para mudarse), nos podemos consolar con la lucha de algunos multimillonarios por lograr un mundo mejor, más justo.

*** José Blasco del Álamo es escritor y periodista.

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