La noticia de que servicios extranjeros han sido –y son– activos en Barcelona para debilitar el flanco sur de la OTAN es un hecho que por mucho que lo niegue el ministro Borrell no nos debería sorprender. Esa maniobra ha sido una constante en nuestra historia. Veamos algunos ejemplos.

En 1640 la dinastía española de los Austrias, en la llamada guerra de los Treinta Años, padeció la injerencia de Francia e Inglaterra en fuertes disturbios en Nápoles, Portugal y en Cataluña; la guerra en Portugal se saldó con la independencia; el Reino de Nápoles y la región de Cataluña padecieron una sublevación por los gastos y cargas de la guerra que finalmente pudo sofocar Felipe IV.

En 1700, el Imperio austriaco, partidario del Pretendiente Archiduque Carlos de Habsburgo, aliado con Inglaterra, encontró en Cataluña un lugar idóneo en la Guerra de Sucesión. Allí de nuevo se produjo una división entre dos parcialidades en una guerra que no fue en absoluto una sublevación por la independencia. En 1713, Cataluña recuperó la paz e Inglaterra se cobró su contribución militar con la isla de Menorca y Gibraltar en el Tratado de Utrech.

Entre 1914 y 1918 los servicios de espionaje alemán no se limitaron a tareas de información: contribuyeron cuanto pudieron a debilitar España (por el riesgo de una política favorable a los aliados franco-británicos) sobre la base de alimentar el nacionalismo catalán y sobre todo el pistolerismo anarquista. Lo más llamativo de su activismo desestabilizador fue que, una vez finalizada la Gran Guerra en 1918, cientos de “germanos” se dedicaron a tareas propias del hampa en coordinación con el terrorismo anarquista.

Rusia padece desde hace siglos 'amenacitis'. Su política exterior ha girado en torno a crearse un glacis defensivo

Quien mejor ha relatado las peripecias de los “germanos” en Cataluña fue el historiador Jesús Pabón que recoge el testimonio de un confidente de Barcelona, Bernardo Armengol: “El Barón de Koening ni era Barón ni tenía nada de Koening. Todo en él era falso. Era lo que en Psicología clásica se llama un ‘fabulador’. Con la Gran Guerra había sonado su hora. En Barcelona servía a los Imperios Centrales y, a la vez, explotaba un fácil negocio: a los extranjeros residentes en la Ciudad Condal, les informaba de una próxima expulsión y se ofrecía a evitar el daño. El pobre extranjero pagaba la suma exigida y aún le daba las gracias por el favor de haberle ad­vertido a tiempo, escapándosele una sonrisa harto significativa sobre los funcionarios públicos de este país. Pero este negocio se acabó. Era un asunto de temporada.

Para el Barón, con la Paz en 1918, había llegado el desempleo. E ideó otro negocio que permitiría la subsistencia propia, es decir, su­ya y de sus colaboradores en la Guerra: la protección de los patronos amenazados por los anarquistas. El Barón se dirigía privadamente a los (patronos) más pusilánimes o a los realmente amenazados y les ofrecía protección a cambio de dinero, que él decía necesitar para liberarles del peligro. Bien se comprende que en la mayoría de los casos la víctima de la estafa no estaba amenazada. La concepción del negocio era simple. No lo era la ejecución… Pero el Barón era un verdadero príncipe de canallas, era un as (como ahora se dice) del ban­dolerismo internacional”.

La reacción del gobierno de Alfonso XIII, después de 1918, no fue negar la mayor. De acuerdo con el nuevo gobierno alemán procedieron a la repatriación de centenares de germanos parasitarios de Cataluña. El capitán general de Cataluña informaba al ministro de la Guerra en Madrid, por medio de telegrama de fecha 10 de abril de 1919:
“He recibido su telegrama de esta tarde referente a los alemanes. Los detenidos son 25 pero esta tarde he llamado al Cónsul alemán en Barcelona que me ha vuelto a repetir que convendría sacar a unos 300. Este número está dispuesto a marchar a su país, unos pagándose el viaje; los más por cuenta del gobierno. Entre ellos me dice el Cónsul que marcharían todos los peligrosos”.

Rusia, un inmenso imperio, padece desde hace siglos una enfermedad: la amenacitis. Toda su política exterior gira y ha girado en torno a crearse un glacis defensivo y a evitar la fortaleza y alianzas de sus posibles agresores. La destacada intervención rusa en nuestra desdichada guerra civil en 1936 no fue por amor a la República democrática: pretendieron conseguir un aliado anti alemán ante una eventual agresión nazi en suelo ruso. Si la República ganaba la guerra, objetivo conseguido; de lo contrario al menos se cobraban a precio de oro (y nunca mejor dicho) el armamento y los asesores militares que permitieron al Frente Popular resistir tres años al ejército de Franco.

Si se pretende debilitar al adversario, Cataluña aparece de nuevo como la más eficaz puerta de entrada

No veo por tanto la extrañeza del ministro Borrell ante la noticia de la actividad de hombres de Putin en Barcelona. De hecho, el espía ruso identificado como Denis Vyacheslavocich (o como realmente se llame) será tan sólo la punta del iceberg de un despliegue mucho más amplio. Ignoro si se trata de tantos cientos como los “germanos”, pero seguro que no es un caso individual.

Lo que está por ver es si se dedican a tareas sólo de información o además animan y financian a los CDR. Y si finalmente se acaba el trabajo, como ocurrió en 1918, esperemos no queden en el paro y puedan terminar como los “germanos”, dedicados a labores del hampa como el Barón de Koening y sus amigos.

Si se pretende debilitar al adversario, Cataluña aparece de nuevo como la más eficaz puerta de entrada. La inestabilidad catalana es a la vez causa y reflejo de la debilidad del gobierno de Madrid desde 2004 con el desdichado periodo de Zapatero y la posterior pasividad de “diálogo” de Rajoy y Soraya. Que el golpismo separatista catalán sea aprovechado por potencias extranjeros es una expresión de la presente crisis de nuestro régimen político, de las incertidumbres de la UE y de las debilidades y contradicciones que exhibe la esencial y necesaria alianza de la OTAN.

Sánchez y Borrell harían mejor en frenar la presente deriva de inestabilidad catalana en lugar de negar la evidencia y aliarse con los enemigos declarados de la Constitución, de la monarquía y de España.

*** Guillermo Gortázar es historiador y columnista de EL ESPAÑOL; su último libro es 'El conde de Romanones 1863-1950. La Transición fallida a la democracia', en prensa.