Las dos elecciones regionales celebradas este domingo en Alemania dibujan un escenario profundamente inquietante tanto para la estabilidad interna de la República Federal como para el conjunto de la Unión Europea.
Según los resultados preliminares, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) se ha impuesto con claridad en Mecklemburgo-Pomerania Occidental al obtener el 38% de los votos.
Por su parte, la capital, Berlín, ha otorgado la victoria al partido de extrema izquierda. Die Linke logra el 25% de los sufragios impulsado por el malestar social frente al precio de la vivienda.
El dato más relevante de la jornada es el monumental descalabro de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), que llega dos semanas después de que la AfD venciera a la CDU en los comicios en Sajonia-Anhalt tras cosechar su mejor resultado histórico con más del 43% de los sufragios.
En Mecklemburgo, la formación del canciller Friedrich Merz se hunde por debajo del umbral legal del 5% de los votos, por lo que los democristianos quedarán excluidos del parlamento regional. Se trata del peor resultado histórico del partido en cualquier elección estatal desde la posguerra.
Pero la crisis no afecta únicamente al centroderecha. Los comicios confirman también el continuado retroceso del Partido Socialdemócrata (SPD).
Incapaz de ofrecer respuestas a la inflación y al deterioro de los servicios públicos, el SPD sufre una sangría constante. En los distritos industriales y el este pierde votantes trabajadores hacia la AfD, mientras que en las grandes ciudades se ve rebasado por la izquierda radical.
Los dos grandes partidos de masas que articularon la Alemania moderna están perdiendo aceleradamente su capacidad de representación.
Las victorias simultáneas de la AfD en el noreste y de Die Linke en la capital demuestran que Europa no se enfrenta únicamente al auge de la extrema derecha. Lo que está ocurriendo en el corazón del continente es la descomposición del centro político.
Parafraseando la célebre cita del poeta William Butler Yeats, nos encontramos ante un sistema político donde el centro ya no se sostiene. La fuerza de atracción que ejercían las posiciones moderadas ha cedido ante el empuje de las dinámicas centrífugas.
El crecimiento de los extremismos de uno y otro signo es el triste resultado del debilitamiento de las opciones moderadas.
Cuando los partidos tradicionales se muestran inoperantes para resolver los problemas cotidianos de los ciudadanos, el electorado busca refugio en formulaciones populistas que proponen rupturas radicales con el orden establecido.
Y uno de dichos problemas que constituyen el principal vector de descontento social en Europa, y con el cual el centro político se ha mostrado incapaz de lidiar, es el desafío migratorio.
Los datos acreditan que la falta de control en las fronteras, la saturación de las capacidades de acogida, la ausencia de políticas efectivas de integración y la creciente percepción de inseguridad constituyen el combustible primario del que se nutren la AfD y sus homólogos europeos.
El centro político no recuperará el terreno perdido mimetizando el lenguaje populista, pero tampoco ignorando las insoslayables tensiones que provoca el gran problema de nuestro tiempo.
Si los partidos tradicionales no son capaces de diseñar un discurso propio y firme sobre la inmigración, endureciendo el control fronterizo y garantizando el cumplimiento de las leyes de extranjería, corren el riesgo cierto de terminar desapareciendo del mapa electoral.
Es un proceso gemelo al que está teniendo lugar en Francia.
Tras el agotamiento del espacio central representado por Emmanuel Macron, la política francesa se ha reducido a una competición polarizada entre la extrema derecha de Marine Le Pen y la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon.
Y si la CDU continúa desangrándose a lo largo de las cinco citas electorales restantes en los länder alemanes, y el liderazgo de Merz se debilita hasta el punto de obligarle a adelantar las elecciones federales, podríamos llegar al final del año próximo con las dos principales potencias del continente gobernadas o condicionadas por la derecha radical.
Un escenario de esta naturaleza representaría una amenaza de primer orden para la Unión Europea.
La parálisis del eje franco-alemán, el desmontaje gradual del Mercado Único mediante políticas proteccionistas, el cuestionamiento del espacio Schengen o la quiebra de la posición geopolítica frente a la agresión rusa dejarían a Europa desprotegida y dividida en un entorno global cada vez más hostil.
Recomponer el centro político ya no es sólo, por tanto, una necesidad para sus abanderados: es un imperativo para la supervivencia del proyecto europeo.
