La Diada de 2026 no se recordará por su raquítico poder de convocatoria. Se recordará por el cordón policial del Fossar de les Moreres.
Allí, este jueves, víspera del 11 de septiembre, unos quinientos simpatizantes de Aliança Catalana (con Silvia Orriols al frente) reclamaron una "Cataluña catalana" mientras dos mil quinientas personas de la izquierda independentista intentaban impedirles el paso con violencia.
Hubo cargas, detenidos y mossos heridos.
Este viernes, Aliança Catalana le robó el protagonismo a la marcha de la ANC y Òmnium con una pancarta que ya no habla de urnas ni de Europa, sino de "un Estat català lliure, pròsper, segur i occidental" ("un Estado catalán libre, próspero, seguro y occidental").
La fiesta regional catalana de la Diada, por tanto, ha dejado de medir cuántos quieren un Estado propio en Cataluña, para empezar a medir quién encaja o se queda fuera de la nación imaginaria del independentismo catalán.
Esa es la noticia relevante de la Diada de 2026, y no el folclore de las ofrendas florales.
La Guardia Urbana ha cifrado en unas 45.000 las personas de la manifestación de Barcelona. Son más que las 28.000 del año lluvioso de 2025, pero muchas menos que las 60.000 de 2024, las 115.000 de 2023 o las 150.000 de 2022.
Del millón y medio que la misma policía local contaba entre 2012 y 2018 queda una procesión de hiperventilados menguante, descentralizada y disputada. El secesionismo ya no llena la calle.
En cambio, sí crece en las encuestas el partido que reduce Cataluña a un club privado con puerta dura y exigencia de pureza de sangre.
Según el último sondeo publicado de intención de voto en Cataluña, Aliança pasaría de dos escaños y el 3,8% de 2024 a una horquilla de entre 25 y 28 diputados y el 16,7% de los votos.
El CEO de la Generalitat y GESOP apuntan en la misma dirección: tercera o incluso segunda fuerza, por delante de un Junts en caída libre. Una de cada cuatro papeletas que Aliança recogería vendría de quienes votaron a Puigdemont hace dos años.
También muerde a Vox, al PP y a ERC.
Así que no es sólo el caladero del 1-O. Es el voto del rechazo a la inmigración, disfrazado de senyera.
Durante una década, el procés vendió autodeterminación, sonrisas y derecho a decidir. Decía ser un proyecto cívico, europeo y de ciudadanos libres.
Aliança dice en voz alta lo que aquella pantomima propagandística prefería callar: que la nación no es un contrato entre iguales, sino un linaje con frontera cultural. "Occidental" no es para ellos un adjetivo geográfico. Es un criterio de exclusión.
Quien dude de que esto va en serio debería mirar hacia Ripoll. El Ayuntamiento que preside Orriols contrató para la Diada una glosa de Ramon Cotarelo que planteó una alternativa entre convertirse al islam o "hacer la guerra". El mensaje no desentonaría entre la derecha a la derecha de la AfD.
Las entidades soberanistas no saben qué hacer con ese socio incómodo. Lluís Llach llegó a sugerir que los independentistas de Aliança serían bienvenidos a la marcha; el manifiesto de la misma marcha denuncia el discurso del odio.
Esa contradicción es el retrato exacto del secesionismo en 2026. Necesita quórum, pero le da asco el aliado que se lo puede proporcionar. ERC se presenta dividida (Junqueras y Rovira ni siquiera acudieron a la manifestación) y Junts descubre que el electorado identitario al que alimentó durante años tiene ahora una mercancía más auténtica, fresca y apetecible.
No hace falta fingir que todo el catalanismo fue siempre esto. Hubo una rama institucional, incluso liberal a ratos, aunque nunca fue la mayoritaria. Y hubo otra, más vieja, que pensó la nación como organismo, receló de la inmigración peninsular del siglo XX y hoy recela de la magrebí.
El procés tapó el segundo con urnas y lazos amarillos. Aliança lo destapa.
El auge de Orriols no es por tanto un cuerpo extraño que infecta un movimiento inocente. Es el retorno de ese movimiento a sus raíces xenófobas.
Esto debería inquietar también a quien no milita en ninguna estelada. Cataluña (y Barcelona en particular) sería impensable sin la aportación de los compatriotas que llegaban de Andalucía, de Extremadura, de las Castillas o de Galicia. Salvador Illa dijo que "en esta casa el odio no tiene cabida". Se queda corto si el nacionalismo "presentable" sigue tratándose como higiene democrática y el otro, el de Ripoll, como una rareza comarcal.
Porque son lo mismo, con diferente marketing.
Uno agita el árbol; el otro recoge las nueces.
El dato de esta Diada es doble y cruel. La movilización de masas se deshincha y, al mismo tiempo, el separatismo que queda se parece cada vez más a lo que siempre negó ser.
La jornada de 2026 no anuncia la República. Anuncia qué tipo de nación quiere construir el independentismo cuando se acaba el paripé de la moderación y el separatismo enseña su verdadera cara.
