La victoria de la Selección Española en el Mundial ha logrado algo insólito en un país tan dividido políticamente como España: hermanar a todo un pueblo en un sentimiento común que trasciende creencias e ideologías.

La mejor demostración de esta unidad insólita que concita el equipo nacional fue la celebración por las calles de Madrid este lunes. Casi dos millones de personas se congregaron para acompañar el recorrido del autobús descapotable que conducía a los ganadores hasta la plaza de Cibeles, en una jornada marcada por el júbilo y el civismo.

Lamentablemente, junto a estas imágenes de celebración, los últimos días han dejado también algunos episodios en el sentido opuesto, caracterizados por la intransigencia y el sectarismo.

El interés popular, multitudinario y sin precedentes, en el equipo de todos los españoles ha obligado incluso a los alcaldes más reacios, en zonas con mayor presencia del separatismo como Cataluña, el País Vasco y Navarra, a instalar pantallas gigantes para seguir los partidos.

Este seguimiento masivo de la Selección Española a lo largo del torneo en toda la geografía nacional es un síntoma claro del languidecimiento del identitarismo independentista entre las generaciones más jóvenes.

Y, precisamente por eso, los sectores más radicales han expresado su frustración arremetiendo contra los hinchas y tratando inútilmente de frustrar su respaldo a la Selección.

En Bilbao, un grupo de encapuchados boicoteó la pantalla gigante derribando vallas y arrancando el cableado eléctrico.

En Vitoria se registraron agresiones a jóvenes ataviados con la camiseta nacional y ataques a los agentes de la Ertzaintza.

En Eibar se produjeron quemas de banderas.

Y en la localidad navarra de Berriozar varios seguidores de La Roja fueron atacados por un grupo de indeseables tocados con pasamontañas y armados con bates mientras disfrutaban de la final.

A estos altercados callejeros se suma el intento de algunos líderes políticos de sacar tajada de un triunfo que se ha caracterizado, precisamente, por situarse por encima de la lucha partidista, intentando instrumentalizar el éxito deportivo para endosar su propio ideario.

El episodio más llamativo lo ha protagonizado el portavoz de Vivienda de Sumar en el Congreso, Alberto Ibáñez, que ha acusado al delantero Ferran Torres de comportarse como un "especulador" y de gestionar un "fondo buitre" para "acaparar veinte viviendas".

Pero, según ha podido conocer EL ESPAÑOL, Sumar ha incurrido en un patinazo estrepitoso al dar pábulo a un bulo.

Ferran Torres ni especula con la vivienda ni gestiona ningún fondo buitre. Las supuestas "20 viviendas" mencionadas no son inmuebles residenciales, sino que la sociedad del futbolista, Eleven Future Invest, posee un bloque de 50 oficinas junto al estadio de Mestalla.

En cualquiera de los casos, no procede criticar a un ciudadano por las actividades empresariales que desarrolla de forma libre y legal, lo que demuestra una actitud mucho más carroñera que el supuesto carácter de "buitre" atribuido al futbolista.

La maniobra resulta aún más absurda teniendo en cuenta que Ibáñez pertenece a Compromís. En lugar de felicitarse porque el héroe de la final sea un deportista de su tierra, su formación prefiere atacarle gratuitamente con falsedades.

La exhibición de un sentimiento de patriotismo desacomplejado es un fenómeno que parecía extinto, y que felizmente ha vuelto a aflorar de forma espontánea, especialmente entre los más jóvenes, en un país necesitado de alegrías colectivas.

Pero, junto a este hecho inusual, también han reaparecido episodios de violencia política e intransigencia de matriz independentista que creíamos afortunadamente enterrados.