La escalada del discurso antisistema adoptado por el Gobierno en las últimas semanas, en paralelo a la creciente dureza de las críticas de Emiliano García-Page, ha hecho más patente que nunca la profunda fractura existente entre las dos almas del PSOE.
Lentamente, está creciendo una corriente de disidencia silenciosa dentro de las filas socialistas, y en particular entre los alcaldes.
Los cargos municipales del PSOE contemplan con alarma la huida hacia adelante de Pedro Sánchez. Porque empiezan a ver seriamente amenazadas sus opciones de revalidar los gobiernos locales en las elecciones del próximo año si Moncloa decide arrastrarlos a una campaña nacionalizada para proteger al presidente.
A esta inquietud subterránea se suman otras voces que ya elevan los reproches de manera pública, como Ramón Jáuregui, que ha alertado de que "el daño corporativo para las siglas del PSOE ya es enorme" con independencia del recorrido de los sumarios.
El exministro ha reclamado abiertamente la convocatoria urgente de un Congreso Extraordinario para "recuperar un debate interno que no tenemos", ante lo que considera un inevitable "fin de un ciclo" político.
Pero el socialista que está impugnando la deriva de Ferraz con más contundencia es, sin duda, Emiliano García-Page.
El presidente castellano-manchego ha rechazado de plano la tesis oficial de la conspiración que vienen alentando ministros como Óscar Puente, al afirmar que el hecho de "que algunos tengan problemas no significa que España sea un Estado fallido".
Frente a los ataques de Moncloa a la instrucción penal, Page trasladó su "apoyo cerrado" a los jueces y a la UCO, recordando que "la primera obligación de un político es defender las instituciones".
El contraste entre ambos discursos quedó escenificado a la perfección este domingo.
Mientras Page comparecía para defender la labor de los servidores públicos, Pedro Sánchez arengaba a las Juventudes Socialistas en su congreso nacional.
El presidente minimizó la gravedad de la decena de causas judiciales que cercan a su entorno, despachándolas como un mero "tropiezo humano". Y lejos de toda contención, azuzó a los militantes con un explícito "¡a por ellos!".
Esta actitud confirma que Sánchez se ha abandonado definitivamente a una estrategia defensiva extrema que pasa por desacreditar a las instituciones y violentar la separación de poderes para blindar su poder.
Al invitar al combate contra la supuesta "marrullería" de la derecha, Sánchez no está arremetiendo contra la oposición, sino contra los jueces, los fiscales y los policías, que son quienes realmente le están causando problemas.
Es decir, está reincidiendo en la narrativa que desplegó tras sus "cinco días de reflexión".
Y la gran ironía es que, al persistir en esa narrativa del lawfare y la persecución mediático-judicial, está haciendo mucho más verosímil el escenario que relata el auto del juez Pedraz: una trama organizada dedicada a torpedear la acción de la justicia en beneficio directo del presidente del Gobierno.
Porque, al demostrar este indisimulado desdén por la independencia judicial y los contrapesos del Estado, el Gobierno está logrando el efecto inverso al deseado: identificarse con el marco conceptual que se usó como cobertura moral para desplegar la fontanería ilegal y las maniobras de sabotaje que ahora investigan los tribunales.
Es sintomático que esta ruptura en el PSOE tenga un componente marcadamente generacional.
Mientras Sánchez utiliza a las juventudes del partido como ariete para deslegitimar las pesquisas policiales, representantes de la vieja guarda salen en defensa de las reglas del juego democrático.
Es evidente que Sánchez controla el aparato del partido y las federaciones, y que cuenta con mucho mayor respaldo que Page.
Pero es igualmente cierto que esos socialistas históricos representan una sensibilidad socialdemócrata y constitucionalista que siempre ha formado parte también de la identidad del PSOE, y que conecta con el sector de los veteranos.
Y aunque la directiva actual esté tentada de presentar a estos sectores críticos como figuras trasnochadas o marginales, la realidad es que operan como la última reserva de racionalidad dentro del partido. Mientras, Sánchez se ha entregado a una escapada fanática que pretende obligar a sus simpatizantes y a todos los españoles a comulgar con ruedas de molino, para que la fe en el relato sustituya a la constatación de las flagrantes y copiosas evidencias judiciales.
