La contundente victoria de Juanma Moreno en las elecciones andaluzas de este domingo destila para el PP, inevitablemente, un regusto agridulce.
Porque con los 53 diputados cosechados, el presidente andaluz se ha quedado a dos escaños de reeditar su mayoría absoluta.
Cuando las expectativas sobrepasan a los resultados obtenidos, las primeras tienden a opacar los segundos. Pero los datos son elocuentes: el PP ha ganado por segunda vez los comicios en Andalucía por una diferencia abismal con el segundo contendiente.
El caprichoso y marginal baile de escaños no puede hacer olvidar que, en cualquier caso, Juanma Moreno se ha estabilizado por encima del 40% del voto.
Que la pérdida de la mayoría absoluta no distraiga de lo mollar de esa noche electoral: el batacazo del PSOE, que ha registrado el peor resultado de su historia en Andalucía al caer por debajo del 23% de los sufragios (mientras el PP ha logrado su segunda mejor marca).
Antes incluso del cierre del escrutinio, Ferraz empezó a poner en circulación el argumentario de un fiasco del PP andaluz.
Pero, al margen de relecturas interesadas, hay una realidad incontrovertible: Juanma Moreno ha doblado prácticamente los votos de María Jesús Montero, y le ha sacado una ventaja de 18 puntos.
Y hay que poner estas cifras en su contexto. Porque el triunfo arrollador del PP cobra una magnitud aún mayor en el marco de una comunidad autónoma que hasta hace apenas unos años parecía inexorablemente ligada al imperio del PSOE.
Que el cómputo de las derechas en Andalucía (PP, Vox y SALF) sume prácticamente un 58% de los votos atestigua la consolidación de un vuelco sociológico que ya es estructural.
Y la responsabilidad principal en esa metamorfosis debe achacársele a Pedro Sánchez a título personal. Desde que es secretario general, casi la mitad de los votantes han abandonado el PSOE andaluz.
Culminado este ciclo electoral, y cuatro derrotas consecutivas después, ya puede decirse que Sánchez ha llevado al PSOE al desastre en todas las regiones, con la excepción de Cataluña.
Una vez más, en Moncloa se aferran a lo único que les queda: el resultado, si bien indiscutiblemente catastrófico desde el punto de vista territorial, puede no serlo tanto de cara a las próximas elecciones generales. Que, al fin y al cabo, es la única perspectiva que cuenta en las consideraciones del presidente.
Porque la pérdida de la mayoría absoluta de Moreno Bonilla, al acarrear que se perciba como menos probable un gobierno en solitario del PP nacional, le permitiría a Sánchez llamar a las urnas apoyándose en el relato de frenar la llegada a Moncloa de la dupla Feijóo-Abascal.
Por mucho que el PSOE lo esté instrumentalizando para intentar mitigar la percepción de su descalabro, la maniobra se basa en un hecho que indiscutiblemente empaña la victoria de Moreno Bonilla: su necesidad de Vox para gobernar.
Y, a la vista del calvario al que Santiago Abascal ha sometido al PP en las negociaciones postelectorales de las anteriores autonómicas, a buen seguro Vox no va a dejar escapar la oportunidad de rentabilizar al máximo los dos diputados que necesita el presidente andaluz para ser reelegido.
No cabe perder de vista, en cualquier caso, que el PP, que ha ganado 50.000 votos respecto a 2022, le saca una diferencia de 38 escaños a Vox. Lo cual le autoriza para intentar gobernar en solitario, tal como pretende el ganador de los comicios.
Moreno Bonilla está por tanto en una posición de fuerza de la que carecen su colegas Jorge Azcón y María Guardiola, e incluso Alfonso Fernández Mañueco. Porque es quien más cerca se ha quedado de la mayoría absoluta. Y un Vox que se mantiene en el entorno del 14% no está en condiciones de extremar demasiado sus exigencias.
En cualquier caso, junto con la consagración del giro derechista del electorado español, hay otra tendencia tozuda que estas cuartas elecciones en cinco meses obligan a asumir: la dependencia del PP de Vox no va a poder erradicarse, y Feijóo tendrá que contar con esta insuficiencia para gestionar adecuadamente sus relaciones con Abascal.
Y la tercera tónica general electoral que ha quedado constatada en estas autonómicas es que, si bien el PSOE absorbe a las fuerzas a su izquierda que se vinculan a él, los partidos que pueden esgrimir una cierta independencia de Sánchez (BNG, la Chunta Aragonesista o Adelante Andalucía) se ven premiados en las urnas.
El fulgurante empuje de los regionalistas de Adelante Andalucía (cuya mejora en seis diputados ha determinado la recomposición del reparto de escaños de todos los demás actores) rubrica la atomización territorial de la izquierda que vienen arrojando las urnas en los últimos meses.
La decantación de esta suerte de confederación española de las izquierdas autonómicas es otro de los efectos colaterales del influjo pestífero con que el liderazgo de Pedro Sánchez contamina a todos los que se le asocian. Empezando por su propia ex vicepresidenta y candidata en Andalucía.
