La elección de María Jesús Montero como candidata a la Junta de Andalucía tenía un sentido estratégico claro: enviar la artillería pesada de Moncloa a competir en unos comicios trascendentales con el liderazgo robusto de Juanma Moreno.

Tras el estancamiento de las opciones que la precedieron, el PSOE apostó por un perfil de gran visibilidad y peso nacional, con la idea de que actuase como revulsivo capaz de devolverle el gobierno de su gran plaza histórica.

Pero el desarrollo de la campaña de las elecciones del próximo domingo está demostrando que esta designación, si bien adecuada para la estrategia de Pedro Sánchez, resulta contraproducente para los intereses del socialismo andaluz.

Montero no ha logrado sacudirse el lastre que supone la gestión del Gobierno central, ni el desgaste aparejado a su íntima vinculación con la figura de Sánchez. Y el estilo histriónico y exaltado de la exvicepresidenta, lejos de movilizar al votante moderado, está generando un creciente rechazo.

La imagen de Montero se antoja cada vez más antipática ante un electorado que prefiere la institucionalidad sosegada. Y su campaña ha dejado tras de sí un reguero de traspiés que han laminado el poco crédito político que atesoraba.

Pero ha sido su último derrape verbal el que amenaza con hacer descarrilar definitivamente sus opciones.

Durante el segundo debate electoral en la televisión andaluza, celebrado este lunes, la candidata utilizó el sintagma "accidente laboral" para referirse al fallecimiento de dos guardias civiles en Huelva mientras perseguían una narcolancha.

Esta terminología no es un simple desliz semántico. Es una falta de rigor que minimiza con oprobio la naturaleza del servicio que prestan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Según informa hoy EL ESPAÑOL, la alarma se ha extendido por toda la estructura del PSOE de resultas de estas palabras.

El malestar interno es profundo porque este episodio actúa como un "cisne negro" que altera toda la planificación previa. Los sondeos internos ya sugieren que los socialistas podrían no alcanzar siquiera el suelo de los 30 escaños, lo que supondría el peor resultado de su historia en la comunidad.

El agravio que han levantado las palabras de Montero sólo se multiplica al haberse pronunciado apenas 48 horas después de que ningún ministro del Gobierno asistiera al funeral de los dos agentes fallecidos.

En particular, la ausencia de Fernando Grande-Marlaska, justificada oficialmente por la gestión de la crisis del hantavirus en Tenerife, ha sido percibida como una muestra de indignante frialdad. Y esta misma falta de empatía es la que ha destilado la exministra de Hacienda al tratar como un suceso laboral ordinario lo que fue una muerte en acto de servicio.

Parecería que, de tanto transigir con los marcos mentales de sus socios radicales de legislatura, al PSOE se le haya terminado contagiando incluso su retórica.

Porque referirse de forma tan gélida a dos servidores públicos muertos en la lucha contra el narcotráfico denota un ejercicio de desapego que, hasta ahora, parecía reservado a los cuadros nacionalistas más extremistas.

Ya puede decirse que María Jesús Montero no ha logrado ser el activo electoral que Moncloa proyectó. Al contrario, su intemperancia y su contumacia en el autosabotaje han hecho de ella un activo tóxico para su propio partido.

A pocos días de que se abran las urnas, la candidata de Sánchez, lejos de contribuir a revitalizar las opciones del PSOE, se ha convertido en el mejor argumento para la movilización de sus adversarios.