El PSOE ha salido de las elecciones de Aragón sumido en una desorientación que ha alcanzado unas cotas estrafalarias.
Tras el descalabro del pasado 8 de febrero, el partido ha activado una maquinaria de excusas para evitar cualquier asomo de autocrítica.
Primero intentaron culpar a factores externos, como el "ruido" de la derecha o el avance de la ultraderecha. Incluso llegaron a justificar su derrota alegando la falta de tiempo para la campaña, debido al adelanto electoral por sorpresa de Jorge Azcón.
Agotados los culpables ajenos, el PSOE se ha inclinado por buscar responsabilidades dentro de su propia casa.
Óscar López, fiel a su encomienda de doberman de Pedro Sánchez, ha protagonizado un nuevo episodio mezquino dentro de su ya dilatado expediente de derrapes verbales.
El ministro ha atribuido el hundimiento electoral al legado de Javier Lambán, afirmando que, bajo su mandato, el socialismo aragonés se dedicó durante años a hacer "otra cosa" en lugar de oposición, y a utilizar argumentos propios de la derecha.
En política es habitual recurrir al comodín de la "herencia recibida". Lo que resulta más insólito es que esa herencia sea la de los antecesores del propio partido.
La pirueta retórica de López es ridícula: cuando ya no queda nadie a quien endosarle la responsabilidad del fracaso, el sanchismo ha decidido ir a buscar culpables al cementerio.
Sus palabras constituyen una enorme falta de respeto y una impiedad manifiesta con quien fue una figura histórica del PSOE y presidente de Aragón. Lambán falleció el pasado agosto y, por tanto, no puede defenderse de estos ataques.
Alberto Núñez Feijóo ha calificado las palabras de "indecentes", y el propio Azcón ha denunciado la bajeza moral de atacar a un fallecido.
Pero tan deplorables han sido los comentarios de López que no sólo han merecido las críticas de la oposición. Dentro del propio PSOE se ha vivido una oleada de indignación por lo que se considera una "purga de la memoria".
Juan Antonio Sánchez Quero, presidente de la Diputación de Zaragoza y hombre fuerte de la federación, ha exigido una rectificación pública inmediata al considerar las palabras "injustas e impropias de un ministro".
Otros han optado por un desmarque más sutil, como la propia Pilar Alegría, candidata oficialista y apuesta de Ferraz. Ha salido al paso del reproche afirmando estar "orgullosa del legado de Javier Lambán".
Es revelador que hasta la paracaidista de Ferraz, que desembarcó en la federación aragonesa precisamente para domesticar la federación díscola de Lambán y purgar su estructura, tenga que desmarcarse de su excolega de gabinete en las injurias contra su predecesor.
La actitud del PSOE de Sánchez hacia Lambán representa una sangrante irreverencia hacia sus propios muertos. Es el mismo patrón que se observa en su relación con las víctimas de ETA.
Bajo el pretexto de la "convivencia", el Gobierno ha acelerado las excarcelaciones y los beneficios penales para terroristas, como el sanguinario "Txeroki", salido de prisión esta semana. Todo ello como parte de un peaje pactado con Bildu que desconsidera la memoria de las víctimas.
Y el agravio es especialmente sangrante cuando afecta a los miembros del PSOE asesinados por la banda.
El departamento dirigido por la consejera socialista vasca ha puesto en semilibertad al asesino de José Luis López de Lacalle, un referente moral del socialismo español. El terrorista había sido condenado a 40 años de prisión hace tan sólo quince meses.
Este comportamiento vuelve a poner de relieve la fractura generacional que desgarra el partido. La actual dirección ha operado una ruptura que aleja al PSOE de sus principios fundacionales y de su identidad histórica.
El choque con Felipe González esta misma semana es la constatación más fehaciente de esta mutación en un PSOE irreconocible. El expresidente ha llegado a anunciar que votará en blanco antes que apoyar este proyecto, al que ya no reconoce como propio.
Es lamentable que el adanismo fáustico de Pedro Sánchez haya perdido toda conexión emocional con aquellos a quienes les debe su posición. Un proyecto político que desprecia su pasado y no respeta ni a sus difuntos es un proyecto que ha perdido su rumbo moral.
