Yo estaba a punto de quedarme seca cuando entró Candela Peña como un auténtico cencerro al plató de La Revuelta, justo al final de la entrevista de Broncano con Pedro Sánchez: ella fue mi Mary Poppins anfetamínica, ella vino a cambiar el viento. Ella revitalizó en un pispás la conversación apática, ceniza y macha de esos dos tíos vestidos de vaquero oscuro a lo Brokeback Mountain. Frente a la desesperanza ambiental, frente a la flacidez dialéctica, ella me puso hot. Por ella puedo escribir estas líneas sin cabecear. Ella es mi vodka redbull en la noche aciaga.

Como dice uno de mis tuits favoritos: si no soy Martin Luther King, por qué tengo este sueño.

Candela Peña se ha revelado como mi surrealista española preferida, sólo después de Maruja Mallo. Tardó tres segundos en llamar “Pedra” al presidente del Gobierno y en reconocer que pensaba “mucho” en “la Peter”. Mira: yo me partí.

Le manoseó, luego le pidió perdón por manosearle (“a ver si va a venir un nacional”), le preguntó si la precampaña era como la premenopausia, se reconoció “golosona”, se quejó de que habían hablado muy poco de señoras (“estamos de hacer de renuncias por los nabos… hasta aquí”, dijo llevándose la mano a la frentecilla), se interesó por si iba a terapia (ojo aquí al caretazo de él, sabiéndose visiblemente loco) y, muy especialmente, le hizo a Sánchez la gran pregunta, la pregunta más radical que le han hecho durante su mandato.

“Y yo lo que digo es: ¿será este hombre un psicópata?”. Jajá. Escúchame: Sánchez la odió. Me acordé de que Quintero decía que una buena pregunta siempre conduce al otro gentilmente a lo que es. Fue un segundo perfecto. Un segundo por el que merece la pena una vida entera. Ese segundo insoportable en el que eres cercado, en el que eres resumido en una sola palabra y para siempre.

El presidente acusó la genuina duda de Candela en un gesto ya rotundamente envilecido, contraído, tenso. Aquella frente parecía el mapa físico de los ríos de España de segundo de la ESO. Si se le aprieta una vena más, lo mismo nos da un disgusto como Raphael en el especial de Navidad. Maldita la gracia que le hizo. Enseguida ella suavizó el asunto, lorquiana, diciéndole que él ya había pasado muchas “fatigas negras”: “Pero, marica, ¿por qué quieres seguir?”. Jajá. Tú eres una máquina, hija.

Él se rió muy falto de alma, incrustado en una carcajada falsa y jadeante, como de hiena enferma, mientras se acordaba de todos los antepasados de la Peña, uno a uno. Ya era un actor agotado, en horas bajas. No estaba para leches. Soñaba con escaparse al concierto de Fontaines D.C. y dejar con la palabra en la boca a aquella puta panda de frikis. A la pandilla Basura.

Iban a dar las doce. Tú imagínate. La hora bruja. Era una de estas veces en las que sabes que estás ante un ejercicio de ficción menguante, ante un personaje que ha bebido una pócima para cambiar de forma durante una misión concreta: lamentablemente, el brebaje sólo dura unas horas y el tío se ha despistado en su empresa, se le ha ido el tiempo de madre y se vuelve a parecer macabramente a sí mismo, en una mezcla incómoda entre lo que quería ser y lo que realmente es. O sea: va transfigurado mal.

Qué travesura tan magnífica la de Candela. La Peña fue un duende imparable, glorioso: con un destello cruel pero no exento de ternura.

A saber qué significaría el cordel rojo que llevaba el presidente a modo de pulserilla hippie en una mano: fuera lo que fuera ese esoterismo, no le salvaría. Espérate que no nos acabe contando que es un hilo del amor y que Begoña luce el homólogo en su muñeca. "Tía, lo peor son esos zapatos con pinta de ecológicos y el cinturón de Houston, Texas", me dice un amigo gay por Whatsapp. Me hace reír lo de "ecológico" como insulto. Somos niñas muy frívolas, niñas superficiales. Comentamos las patillas de pollo del presidente. Mi abuela habría dicho que el muchacho no tiene gustaeras ningunas.

La cosa es que Sánchez no sabe reírse de sí mismo. Probablemente nunca ha sabido.

Se me ocurre que hay quien detecta el engaño en el otro cuando el sujeto se ríe sólo con la boca y no con los ojos. El presidente hace rato que no se ríe de verdad ni con la boca ni con los ojos, pero ahora lo más llamativo es que el sonido de su risa (amplio, aparentemente libre) no se corresponde con su rictus apretado, doliente. Es como una tele mal sintonizada.

Como dicen en mi pueblo, y con perdón: Sánchez está más tenso que cagando sin pestillo.

Va muy tirante, muy hierático. Va crispado del carajo. Le observo la mandíbula tan prieta y cuadrada que a ratos parece un ventrílocuo de sí mismo.

No sólo no es feliz, sino que tampoco sabe estar momentáneamente alegre. Ya no habita bien las cosas. No tiene cadencia, no tiene ritmo interno. Su carcajada se parece a la de Voldemort: parte de una risa a destiempo, de una risa solitaria y desacompasada, de una risa exagerada y sorda a la proporción de la broma. Es una risa para fingirse fuerte, pero no deja de ser la risa de una calavera. A mí me dio un poquillo de ansiedad.

No le vi jugar como en sus mejores partidos, en aquellos de la vieja gracia y la lozanía, cuando aún se resbalaba por el mundo sin esfuerzo. Quedaba lejos la frescura que supuró en La pija y la quinqui.

Agárrate. El presidente le dice a Broncano: “Me han dicho que juegas solo hasta altas horas de la madrugada. Cuando me dijeron eso… jaja. Pensé mal”. Broncano se queda como cuajado, no reacciona. Entiendo que el tío quería hacerle a David una broma sobre masturbación y no le salió: el doble fondo era que estaba hablando de ajedrez. Qué mal rato. Yo casi vuelvo a fumar en ese momento.

“Pues si nos regalas un juego que va de cargarse al rey, ya me imagino los titulares”, dice Ricardo Castella. Lo típico. Bien. Bromas sobre la República. Broma sobre el control gubernamental de la televisión pública. Cuchilladilla a Aznar. “Cuando gané la moción de censura, llegué a Moncloa y allí no había nadie”. En ese momento le entra como un hipo raro a Sánchez. Bueno. “Había funcionarios y funcionarias. La primera llamada que recibí fue de José María Aznar, diciéndome ‘oye, que me pongo a tu servicio’, pero para nada, todo mentira”.

Cuenta Sánchez que habló con los expresidentes cuando Putin invadió Ucrania y que todos fallaron en sus predicciones. “¿Quién es el expresidente que te cae peor y por qué Felipe González?”, pregunta Broncano. Dice Pedro que el de los ochenta bien, pero que no se siente muy identificado con las opiniones del de ahora, “dicho sin acritud”.

Bromas sobre el hackeo del móvil. Sánchez nos recomienda que apaguemos el aparato cinco minutos al día para que no nos pase lo que a él, que tiene las fotos “con su familia” totalmente pinchadas. Jajá. Fantaseo con mi muerte inminente mientras escucho sus bromas de perros. El tono es incómodo. Uno dice una cosa, otro responde otra. Comedia de enredo mal. Se interrumpen entre sí: cada uno quiere ir a contar su movida. Se solapan. No hay química.

Sánchez le entrega a Broncano su segundo regalo. Yo aquí ya me levanto del sofá y voy a por un yogur de limón con tal de no presenciar este accidente a cámara lenta.

Perro regala perro: en concreto, un perro blanco con una capa roja al que le abres la cabeza echándola para atrás, con bisagrilla. Mira: desagradable. Parecía anunciar su próxima decapitación. La supuesta gracia es que al rendirle el cuellecillo al perro de juguete hacías sonar una canción llamada Who left the dogs out. El presidente se ríe de su propia broma de boomer. En él veo al señor Burns, de Los Simpsons, disfrazado de joven. Pienso que uno de sus asesores le odia en secreto. Ya me he acabado el yogur. La vida se me hace cuesta arriba.

Sacan la carta Milei. Pedro suelta el gag que traía preparadísimo: “Me insultan mucho, se acuerdan de mi madre. Yo también me acuerdo de las suyas cuando subo las pensiones o el salario mínimo interprofesional”. Luego dice que tiene una “flor en el culo” y que nunca le ha tocado “el abdominal” a Aznar. Reconoce que el peor error de su Gobierno fue “el caso de corrupción de Ábalos”: “No vi venir nada. Crees conocer a la gente y de repente se desvela una cara en determinados colaboradores… que te quedas helado”. Helados estamos todos, artista.

A Broncano le veo bien, mucho mejor de lo que esperaba. Creo que su actuación ha sido digna.

Le insiste al presidente acerca de su mala gestión en Ceuta, acerca del problema de la inmigración (“podemos hablar de inmigración de forma humana y solidaria, pero también debemos hablar de su parte negativa, y la izquierda hace tope con eso, es incapaz de gestionarlo bien: no lo hacéis”, le suelta), acerca de la vivienda (“estamos en octubre de 2026, Pedro. Os habéis esperado mucho al final”, le regaña), acerca de la emergencia climática, acerca de Begoña y del hermano, acerca de la poca pertinencia de que el poder ejecutivo critique decisiones judiciales.

En definitiva: Broncano dejará su puesto con mucha más altura que Sánchez el suyo.

Pienso que me da sentimiento verle titubear. Éste no es su registro. Su género nunca ha ido de hablar en serio, pero lo intenta. Siento que, dentro del papelón, David Broncano procura que su trabajo esté al servicio de los espectadores. Al menos de sus fieles.

Le saca, por último, la movida de las joyas de Zapatero y Sánchez desbarra sin ambages defendiéndole. Le quita hierro al tema. Asegura que los chicos importantes como ellos reciben todo tipo de regalos locos. ¡Coño, si a él un presidente turco le regaló una pistola como un brazo de gitano! Delirante.

Ya te digo que menos mal que vino Candela Peña y por eso llevo ya tres páginas de Word. Es probable que sean algunas de las últimas de esta historia, de esta era. Buenas noches. O buenos días.