Llevo unos días acordándome de una frase de Dostoyevski en Memorias de la casa muerta.
Dice que (parafraseo) la mejor definición del ser humano es la de un ser que se acostumbra a todo.
Claro que Dostoyevski hablaba desde la experiencia de estar condenado a cuatro años de trabajos forzados en Siberia, donde o te acostumbras o te mueres. Pero llevo con la frase unos días en la cabeza.
Mucho tienen que ver dos vídeos que nos han dejado los disturbios en Francia en la última semana.
La composición de los vídeos es tal como sigue.
En uno aparece una pareja sentada en una terraza cerca del Arco del Triunfo en París. Hay copas sobre la mesa. De los dedos de ambos cuelgan cigarrillos.
La imagen no podría ser más parisina.
A couple seem unfazed as they enjoy a drink close to the Arc de Triomphe while rioters set things on fire in the background. France protests latest ➡️ https://t.co/UhBnBwtF7e https://t.co/IZZLpuymba
— Sky News (@SkyNews) October 19, 2026
En el otro vídeo aparece una chica haciendo running.
Pantalón corto, camiseta de deporte, seguramente con cascos en los oídos. No presta demasiada atención a su entorno más allá de donde pone el pie para no tropezar y darse de bruces.
Hasta aquí todo bien, todo normal. Muy cotidiano.
Seguro que todos hemos sido testigos de estas mismas escenas en algún momento en los últimos días.
Sin embargo, lo que rodea a quienes salen en los vídeos es lo verdaderamente llamativo.
Y terrorífico.
Una barricada de bicicletas en llamas.
La pareja sentada en la terraza tiene de fondo, a pocos metros, varios fuegos prendidos en medio de la avenida.
Se entiende que a alguien le pareció una buena idea quemar un contenedor o varias papeleras o lo que sea que está ardiendo en el vídeo, pero además le pareció una buena idea hacerlo cerca de comercios y restaurantes.
El entorno de la chica no es mucho mejor.
Mientras va corriendo, va esquivando una barricada en llamas, una calle tomada por gente enmascarada.
También deja atrás grupos que contemplan lo que les rodea, mayoritariamente bicicletas amontonadas en medio de la calzada, dispuestas para ser las siguientes en arder.
A determined jogger was seemingly unfazed by the ongoing rioting in Paris as she opted to run directly through the chaos on Saturday. Read more: https://t.co/3iM5c2FTRW https://t.co/PX77tz0SqQ
— ABC News (@ABC) October 19, 2026
Lo llamativo de estas escenas, lo realmente preocupante, no es sólo la naturaleza misma de lo que pasa de fondo.
Los disturbios, los destrozos, la decadencia.
Lo llamativo es la creciente impasibilidad de quienes tienen que convivir con ello.
La inmutabilidad ante una nueva realidad a la que se están acostumbrando a marchas forzadas.
Si no hay forma de parar a la masa enfurecida, habrá que aprender a convivir con ella.
Una corredora hace running entre coches calcinados.
Hacer deporte, beber vino, charlar en las terrazas mientras tu ciudad arde de fondo. Hay algo reconocible en esa tranquilidad con la que la chica y la pareja que fuma sus pitillos conviven con el caos.
Esa aceptación de la nueva normalidad que implica violencia e inseguridad de forma periódica.
Un descontrol contra el que, al parecer, ni la clase política ni quienes son víctimas de ello pueden actuar.
🔴 Macron anuncia la prohibición las manifestaciones convocadas "sin legitimidad" en toda Francia y reconoce fallos de previsión ante los disturbios https://t.co/iJTw3aZco3
— Europa Press (@europapress) October 22, 2026
La aclimatación a este tipo de entorno es una forma de desesperanza muy particular con la que convivimos cada vez más en Occidente.
Cuando la violencia se convierte en una especie de hilo musical, en un ruido de fondo, en algo con lo que coexistes, el desapego echa raíces y carcome la voluntad y te convence de que la única opción que queda es mirar para otro lado.
Es dejar que las cosas sigan su curso.
Es resignarte a la barbarie.
Como decía Dostoyevski, nos acostumbramos a todo.
También a unos disturbios distópicos. También a un poder político ineficiente.
También a la violencia por la violencia.
