Una de las principales ventajas de Alberto Núñez Feijóo respecto a Pedro Sánchez es que Alberto Núñez Feijóo no es Pedro Sánchez.

No es una ventaja menor. Moralmente, de hecho, supone un océano.

Lo bueno de no ser Pedro Sánchez es que, si Feijóo llega a la Moncloa, los españoles recuperaremos ese viejo placer de la democracia llamado incertidumbre y que consiste en no saber si los políticos van a cumplir o no con lo prometido.

No valoramos esto lo suficiente hasta que lo perdimos en 2018.

Con Pedro Sánchez, esa incertidumbre ha sido erradicada de raíz porque Pedro Sánchez siempre miente.

Y mentir siempre no deja de ser una manera de acabar con la incertidumbre. El pucherazo, la estafa y el fraude son la seguridad jurídica que le concede el tramposo a sus víctimas.

Porque si Pedro Sánchez dice A, puedes estar seguro de que hará B.

O incluso C.

Pero nunca A.

Sánchez es el gato de Schrödinger inverso: hasta que no abres la caja no sabes si el gato te ha mentido en un sentido o en otro. Sí sabes, en cambio, que te ha mentido. Sin ápice de duda.

Si Pedro Sánchez promete no pactar con Podemos, uno puede estar seguro de que Pedro Sánchez pactará con Podemos.

Si Pedro Sánchez dice querer tomarse cinco días para reflexionar, puedes tener por seguro que los utilizará para organizar de forma irreflexiva ("valiente y osada" dicen los lamesartenes que le compran todos los pulsos delictivos a Sánchez) una cloaca que destruya a jueces, fiscales y policías.

Si Pedro Sánchez dice querer acabar con la lacra de la prostitución, puedes apostar todo tu patrimonio a que el partido rebosa puteros y beneficiarios a título lucrativo de la explotación de mujeres, hombres y menores.

Y si dice amar a su mujer, puedes tener por seguro que no lo hace y que, en el mejor de los casos, lo que existe ahí es un mero intercambio de favores mutuos: ella le financia una carrera política amañada a un advenedizo que fracasó en su carrera como baloncestista, y él le devuelve el favor, vía tráfico de influencias, comprándole el estatus académico que ella desea desesperadamente para paliar el complejo por su falta de estudios (bastante estúpido, por cierto, para quienes sí hemos estudiado y sabemos del engaño que es el saber sancionado administrativamente).

Con Alberto Núñez Feijóo, que a diferencia de Pedro Sánchez es un ser moral, toda esa certidumbre desaparece en cambio de un plumazo.

De un ser predeterminado para la devastación social pasamos a uno con libre albedrío y, por tanto, capacitado para lo mejor y lo peor.

Y por eso los españoles deberíamos ser implacables con un Feijóo que, a diferencia de Sánchez, dispone de la facultad que el pueblo le ha otorgado de elegir libremente entre el bien y el mal, de aceptar o rechazar la voluntad popular, y de ser responsable de sus decisiones.

Observa, querido lector, que en esta visión de la realidad, el pueblo español ocupa el lugar de Dios y le concede a Feijóo la capacidad de actuar según los propios deseos, sin coacción externa, para buscar a la Nación o rechazarla.

Yo no me tomo a broma el Contrato con España de Feijóo. No soy lo suficientemente rico como para poder permitirme el cinismo con estas cosas.

Tampoco considero ese contrato un simple truco electoral ni un compromiso hueco destinado a ser olvidado en cuanto Feijóo entre en la Moncloa y duerma su primera noche en palacio.

Cuando Feijóo promete defender la soberanía nacional y la integridad territorial, priorizar la seguridad de los españoles y responder de forma "firme" si esta se pone a prueba, me lo creo.

Así que no espero ver a Feijóo esconderse en trámites burocráticos, normativas europeas o comisiones de investigación para esquivar esa defensa.

Cuando dice querer recuperar la calidad de la democracia y la separación de poderes, que los jueces elijan a los jueces, garantizar la independencia de los órganos reguladores, el Tribunal Constitucional y la Fiscalía, y respetar la libertad de prensa, espero exactamente eso.

Y, por lo tanto, espero la desaparición inmediata del escenario político de Pumpidos, Peramatos y Tezanos. De ellos y de muchos, muchos más.

Cuando dice querer un Estado más limpio y ligero, con menos ministerios, altos cargos y asesores, espero ver la desaparición de una docena de ministerios con todas las consecuencias, no solamente su reconversión en Secretarías de Estado con idénticos presupuesto y funciones.

Cuando promete facilitar suelo, reducir la burocracia del mercado de la vivienda, expulsar a los okupas en 48 horas y la protección efectiva de la propiedad privada, espero exactamente eso. Por más manifestaciones, acampadas y violencia que veamos en las calles. Que las veremos.

Cuando promete ordenar la inmigración, reducir la irregular, integrar a quienes contribuyan, expulsar a quienes delincan, endurecer criterios de nacionalidad y prohibir las regularizaciones colectivas, espero, con precisión cuántica, exactamente eso. Nada más, pero tampoco nada menos.

Así que si oigo a algún ministro español decir lo que ha dicho la ministra de Vivienda holandesa, eso de que "las viviendas públicas deben ser para los inmigrantes porque los jóvenes holandeses pueden vivir con sus padres", sabré que Feijóo, pudiendo hacer uso de su libre albedrío para construir un país en el que los beneficios sean para los que producen en él, contribuyen a él, lo quieren y desean verlo prosperar, ha escogido destruirlo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un evento del PSOE. Jesús Hellín Europa Press

Y lo mismo vale para los siguientes puntos de su contrato: garantizar las pensiones actuales y futuras, fortalecer la Sanidad Pública, elevar el nivel educativo, más seguridad en las calles, fin del infierno fiscal español, subir el salario medio y recuperar el prestigio internacional de España.

El Contrato con España de Feijóo, esta es la verdad, me gusta lo suficiente como para no tomármelo a cachondeo.

Si es un contrato real, mi pregunta es dónde hay que firmar. Porque quiero firmar.

Confío, en resumen, que Feijóo comprenda que Sánchez es un mentiroso amoral del que no cabía esperar nada porque hasta de libre albedrío carecía.

Pero que él carga con el lastre de Mariano Rajoy, que no era un amoral, pero que sí traicionó a los españoles desaprovechando una mayoría absoluta concedida para hacer exactamente lo contrario de lo que hizo: pavimentarle el camino a los Sánchez, Otegi, Iglesias y Puigdemont del futuro.

Es evidente que Pedro Sánchez pasará a la historia como el peor presidente de la historia de la democracia española. Pero que no se equivoque Feijóo: las exigencias con su PP serán mayores, porque él sí dispone del libre albedrío de la voluntad.

Feijóo puede, en fin, incumplir su contrato porque es un hombre libre. Pero también debe saber que ese incumplimiento no le saldrá gratis. Ni a él ni a su partido. Un Mariano Rajoy es una mala elección de casting. Dos Mariano Rajoy, un punto final.

Ojalá Feijóo esté hoy empezando a notar el peso de la responsabilidad que ha asumido. Le conviene ser consciente de él.