El ingrediente más caro, exótico y valorado de la perfumería del siglo XXI es el oud. Sólo otros dos ingredientes, la manteca de iris y el ámbar gris, se acercan en precio al oud, aunque su mística es muy inferior.
El oud es la resina defensiva que segregan los árboles de la especie Aquilaria cuando se infectan con el hongo Phialophora parasítica.
El proceso es este: la madera sana del Aquilaria es pálida e inodora; la infectada se oscurece, se densifica y se satura de una resina aromática oscura: de esa madera resinosa se destila entonces el aceite de oud.
Ese aceite puede llegar a alcanzar precios superiores a los del oro, de 125.000 dólares por kilo o más, en el caso de árboles ancianos densamente resinados.
Cuanto más duradera es la infección, y estoy hablando de décadas, más profundo, complejo y sutil es el aroma del oud.
El oud más apreciado es el Kyara, una mutación excepcional dentro de este proceso. Ocurre únicamente en árboles salvajes extremadamente viejos (principalmente de la especie Aquilaria sinensis o Aquilaria crassna en regiones como Vietnam) bajo condiciones climáticas y simbióticas muy específicas.
Un árbol Aquilaria.
Hoy en día, prácticamente no quedan árboles vivos capaces de producir Kyara, por lo que gran parte del suministro actual proviene de piezas históricas o excavadas del suelo. Para hacerse una idea de su rareza basta con saber que uno de los pocos perfumes del mundo que llevan oud Kyara real, el perfume Kyara de la marca Ensar Oud, cuesta casi 20.000 dólares (aunque se pueden encontrar versiones menos exclusivas por 2.000 o 3.000 euros).
En realidad, el oud natural casi no se utiliza en la perfumería de consumo masivo. En primer lugar, por su rareza. En segundo lugar, por su precio.
Así que si un perfume dice llevar oud, pero tiene un precio razonable, y razonable aquí quiere decir 300 o 400 euros, casi con total seguridad contiene sólo trazas de oud natural o oud procedente de plantaciones artificiales.
Si el perfume tiene un precio bajo, de entre 50 y 200 euros, lo más probable es que se trate de un acorde sintético que imita el oud natural.
En el mundo árabe y asiático, el oud es sinónimo de lujo. Su uso se documenta desde hace al menos 2.000 o 3.000 años. Aparece en textos sánscritos de la India y en prácticas funerarias y medicinales de China y Japón. También es material central de la cultura árabe e islámica, donde se quema como incienso y se usa en aceites.
El boom occidental se asocia al perfume Yves Saint Laurent M7 (de 2002, con Tom Ford como director creativo y Alberto Morillas y Jacques Cavallier como perfumistas).
Después llegó Oud Wood de Tom Ford (2007), un perfume más accesible y pulido, que ayudó a popularizar la nota.
Oud Wood, de Tom Ford.
Desde entonces, su uso se ha masificado y ahora es un ingrediente habitual de muchos perfumes masculinos y femeninos.
Pero vamos a lo importante. ¿A qué huele el oud?
Pues depende. Evidentemente, su fama es real, no un capricho frívolo de los perfumistas. Pero el origen del oud, y sobre todo su antigüedad, marca su perfil olfativo.
El oud camboyano es el más dulce y amable. Huele a madera profunda, oscura y balsámica, pero con facetas frutales.
El oud vietnamita, indonesio y malayo es más resinoso, más especiado y medicinal. Alguien que no tenga experiencia dirá probablemente que huele a madera y gasolina. Está a medio camino del oud camboyano y del oud de la India.
El oud de la India es el más ahumado y animalico. Es el que suele gustar en Oriente Medio, aunque a un occidental probablemente le huela a piel de animal, a tierra húmeda y a heno. Cuanto más joven, más animalico. Cuanto más viejo, menos ofensivo al olfato.
Hasta aquí, la mística.
Y ahora la realidad.
El oud natural, sobre todo el de la India, huele a establo. Esa es la verdad. Y no a las paredes de madera del establo, o a las sillas de montar de cuero, y ni siquiera al heno, sino a lo que está en el suelo.
Así que cuando un influencer de TikTok habla de un perfume de oud natural y dice eso de "olerás como un jeque árabe", tiene razón. Lo que no te dice es a qué parte del jeque olerás.
O quizá no se refiera tanto al jeque como a su camello.
Por lo tanto, mucho cuidado con el oud, porque los hay de muchos tipos.
Si el perfume es occidental, es muy probable que contenga sólo un sucedáneo de oud o una versión muy rebajada de oud natural. Y entonces el olor será excepcional, algo que realmente no tiene comparación con ningún otro aroma creado por el hombre.
Con un perfume de oud "domesticado" olerás a madera, incienso y cuero, o a miel, frutos secos y azafrán, con notas ahumadas y especiadas.
Generalmente, ese olor estará mezclado con rosa, pachuli o vainilla, y entonces la combinación de notas oscuras y luminosas hará que pienses: "El Jardín del Edén debe de oler a algo parecido a esto".
Pero si el perfume es árabe (o incluso occidental, pero con oud natural en sus versiones más jóvenes), entonces prepárate para eso que los expertos llaman "notas fecales" y que necesitan de un paladar muy, pero que muy curtido, para ser apreciadas en toda su gloriosa animalidad.
Queso Casu Marzu.
El oud natural más puro es eso que se llama "un gusto adquirido", como el queso Casu Marzu de Cerdeña, con sus larvas saltarinas, o el Hákarl, carne curada de tiburón de Groenlandia muy tóxica debido a las altas concentraciones de urea y óxido de trimetilamina. El Hákarl desprende un potente aroma a amoníaco y productos de limpieza, y comerlo requiere ignorar la alarma biológica que te dice, literalmente, que eso es veneno.
Yo sólo puedo decir que los mejores y los peores perfumes que he probado llevaban oud. Los perfumes de oud no tienen clase media: o son lo más sublime que has olido jamás, o son todo lo contrario. El cielo y el infierno.
Entre los primeros, Oud Satin Mood (Maison Francis Kurkdjian), Oud for Greatness (Initio), Oud Cadenza (Maison Crivelli) y Outlands (Amouage).
Oud Satin Mood, de Maison Francis Kurkdjian.
Estos perfumes son la gloria, aunque un sibarita dirá probablemente que no son "verdadero oud".
Entre los segundos, The Night de Frederic Malle (un mito de los perfumes fecales al módico precio de 1.500 euros), Khanjar (de Omanluxury) o Afrika Olifant (de la marca turca Nishane).
Con este último, Afrika Olifant, cometí el error de probarlo sobre piel en vez de sobre papel y tuve que pasarme dos días sin acercarme a menos de diez metros de otro ser humano. Y eso después de frotar en la ducha como si un sicario ruso me hubiera rociado con una garrafa de Novichok.
Porque hay que tener en cuenta (MUY en cuenta: hazme caso) que el oud natural tiene la virtud de ser muy duradero y excepcionalmente proyectón, con un poder de fijación superior al de la vecina más pesada de la corrala el día que llevas prisa.
¿Y a qué viene este rollo sobre el oud?
Viene a que he llegado a la conclusión de que el socialismo es el oud de la política.
La creación de Adán, Capilla Sixtina.
El cristianismo es el árbol Aquilaria. La madera sana del cristianismo es pálida y produce la resina de la caridad, el perdón, el orden moral y la idea de que el prójimo es un fin y no un recurso.
Esa madera no huele mucho a distancia. Huele a algo discreto, a veces incluso aburrido. Y, sobre todo, no se vende a 125.000 dólares el kilo.
Pero llega el hongo. El hongo del resentimiento social, la envidia disfrazada de justicia y la idea de que el mal del mundo no es el pecado, sino la propiedad ajena.
El hongo no mata el árbol de inmediato. Lo infecta, lo oscurece, lo densifica y, con el tiempo, genera una resina oscura y potentísima.
Esa resina es el socialismo.
El socialismo no es un accidente externo al cristianismo. Es lo que ocurre cuando el cristianismo se infecta y segrega esa sustancia defensiva. El socialismo es cristianismo sin moral, sin orden, sin perdón y sin propósito.
El socialismo es la caricatura que el diablo hace del cristianismo.
Y aquí viene la parte importante: el socialismo en sus versiones más puras huele muy mal.
Protestas en París.
Cuando el socialismo no se diluye (cuando se intenta de verdad, sin plantaciones artificiales ni acordes sintéticos), aparecen las notas fecales: paro, violencia, caos, resentimiento, hambrunas, gulags, delaciones, la igualdad entendida como nivelación hacia abajo, el control total de la vida económica y, con el tiempo, de casi todo lo demás.
Aparecen los muros y los campos de reeducación. La propaganda. El totalitarismo. El Helicoide y La Tumba de Caracas.
El socialismo es el oud indio de la política. Animalico, ahumado, persistente.
Quien no tiene el cerebro abizcochado por los medios y la propaganda dice que el socialismo huele a establo. Pero los burócratas, los periodistas y los actores de cine dicen que es un aroma "complejo". También dicen que si a ti no te huele bien es porque no tienes la inteligencia necesaria y el olfato afinado para captar sus muchos matices. "Dale tiempo, es adictivo", añaden.
Por eso casi nadie vende socialismo puro en Occidente. La mayoría de los ciudadanos prefiere la versión rebajada. Prefiere la socialdemocracia, el Estado del bienestar bien calibrado, el "socialismo con rostro humano" y la redistribución mezclada con mucha vainilla de libre mercado y un poco de rosa de derechos individuales.
Eso ya no huele a establo. Huele a madera oscura, a incienso, a cuero, a miel y azafrán. Huele, en definitiva, al Jardín del Edén que prometen los folletos.
Y funciona. Pero sólo porque no es verdadero socialismo. Porque lo que funciona del socialismo no es el socialismo. Son las trazas de cristianismo (las notas olfativas base) coronadas por una capa de capitalismo (las notas olfativas medias).
De socialismo sólo tiene las capas superiores: las que aparecen con la primera pulverización y desaparecen en segundos por ser las más volátiles.
Lo que te venden como socialismo, pero sólo lo es en sus capas más "visibles".
Lo que ocurre es que el cristianismo, incluso muy diluido, sigue teniendo una proyección extraordinaria. Se nota. Atrae. Da la sensación de profundidad y de perfección moral. Y si te dicen que es socialismo, te lo crees. Pero no lo es: es cristianismo.
Y cuando un partido dice "socialismo", pero gobierna con déficits moderados, instituciones independientes y respeto a la propiedad y a las libertades individuales, lo que tienes es capitalismo cristiano. No socialismo.
Por eso la idea del socialismo tamizado (o sea, de capitalismo cristiano con otro nombre) huele muy bien durante un tiempo.
Hasta que alguien decide que ya está bien de sucedáneos y quiere el socialismo Kyara. El auténtico. El del árbol viejo, el de la infección completa. De ese del que casi no queda ya en estado salvaje porque los árboles que lo producen han acabado muriendo o siendo talados.
Entonces vuelves a oler lo de siempre. Y descubres, demasiado tarde, que esa resina no se quita fácilmente de la piel. Ni de la ropa. Ni de la historia.
Por eso el socialismo, como el oud, tiene una mística real. La infección produce algo potente, oscuro y duradero. Pero también por eso conviene mirar la etiqueta, oler antes de comprar y, sobre todo, desconfiar cuando te prometen que vas a oler como un jeque.
Porque a veces el jeque es un jeque de verdad, y se llama cristianismo.
Y a veces es el camello, y se llama Pedro Sánchez.
En España, el 29-N, los españoles deberán decidir entre el jeque cristiano capitalista o el camello socialista. Confiemos en que sepan diferenciarlos.
O, al menos, de olerlos.
