Hay víctimas que dan pena, y víctimas que no. Maricarmen Abascal, recientemente desahuciada, da mucha pena, hay jóvenes que lloran amargamente, se hacen minutos de silencio, se para el metro, y se aprueban decretos en contra de la voluntad del Congreso.
En cambio, la familia de siete miembros desahuciada en Mataró, la que se suicidó en Hospitalet de Llobregat, o, más recientemente, la que desahució en Bilbao la sociedad pública de alquiler, dan tan poca pena que de ellas ni siquiera se sabe el nombre.
En realidad el de Maricarmen es uno entre los 272.000 desahucios producidos durante la estancia de Pedro Sánchez en Moncloa. Si consideramos una unidad familiar media de dos personas, esto supone una población desahuciada similar a la de Murcia.
"Hoy la causa moral lleva la cara de una mujer de 87 años", ha dicho Pedro Sánchez. Fíjense el prodigioso ejercicio de enfoque que hay que hacer para encender la luz sobre la cara de un habitante de Murcia sin que se vea el resto. Hace falta mucha cara.
Esta compasión selectiva es recurrente. Dan mucha pena los ancianos fallecidos en las residencias de Madrid durante la Covid, y ninguna pena los fallecidos en las de Cataluña, Aragón y el resto de comunidades.
Y esto se extiende en el espacio y el tiempo.
Educadoras infantiles en su tienda de la acampada de Sol.
Las víctimas de la guerra civil enterradas en fosas despiertan mucha compasión y mucha pena, pero las víctimas de ETA no, y se puede pactar con los que homenajean a sus asesinos.
Las víctimas de la masacre del 7-O no dieron pena (la ministra Sira Rego, que hoy se manifiesta por Maricarmen, llegó a celebrar la matanza), pero las de Gaza dieron muchísima pena incluso antes de que llegaran a producirse.
Por alguna razón, las víctimas de Adamuz no dieron ninguna pena. Porque coincide que las víctimas que dan pena son las que pueden usarse contra alguien.
Se ha señalado como culpables de la muerte de Maricarmen a los fondos buitre y a la derecha, y por eso da mucha pena.
En cambio los desahuciados de Cataluña, que es progresista, no dan pena.
O sea que en realidad ninguna víctima les da pena, y lo que les mola es poder usar a algunas víctimas para descargar la ira con cara de bueno. Antes esto se llamaba hipocresía.
A primera vista sorprende que la cosa funcione, porque la cobertura intelectual es bastante defectuosa. Sánchez se pone al frente de la manifestación contra los desahucios, a pesar de que es él quien lleva ocho años en el gobierno. Es que la competencia es de las comunidades, dice, y a continuación aprueba decretos y pide que le voten para arreglar las cosas desde el Gobierno.
Hace ciento veinte años, Gustave Le Bon explicó por qué funciona perfectamente esta debilidad argumental: la capacidad de razonar se evapora cuando el individuo se disuelve en una masa.
Esto es de una utilidad máxima para el político, porque es muy difícil liderar a ciudadanos, pero relativamente fácil pastorear rebaños.
Así que lo que tenemos en las calles no son ciudadanos especialmente compasivos, sino una masa enfurecida, creada artificialmente por políticos, a la que se le ha proporcionado un chivo expiatorio contra el que descargar virtuosamente su ira: la compasión es la máscara con la que se disfrazan.
Ira y apariencia de virtud son dos ingredientes esenciales de este cóctel, y un amigo especialmente brillante (solía escribir discursos para una figura política que todos ustedes conocen) me ha señalado un tercero. Cuando a un juez se le recuerda sutilmente nuestra condición mortal, produce (está comprobado con experimentos) sentencias más severas. Porque le han puesto de mal humor, dirán.
Ernest Becker, en La negación de la muerte, proporciona una explicación alternativa.
La consciencia de la muerte nos hace más gregarios, al delegar nuestra inmortalidad en la tribu, y por eso los jueces son más severos al castigar a los que infringen sus normas. Y lo que pasa a los jueces nos pasa a todos: la visión de la muerte estimula nuestro tribalismo, nuestro afán de pertenencia, y nuestra tendencia a diluirnos en una masa.
Dudo mucho que Diego Rubio haya leído a Becker (y de Redondo ni hablamos), pero de algún modo han descubierto ese combinado explosivo, esa facilidad para convertir en rebaño a la gente mediante los ingredientes de chivo expiatorio, ira disfrazada de virtud, y exhibición de la muerte.
Para eso sirvió pasear el cadáver de Franco por los cielos de España. Sánchez dijo que sería recordado por eso, y tal vez tenía razón.
Pero habrá que reconocer que se trata de una política macabra. Ejercida por políticos carroñeros.
