Lo reconozco.
Me dan alipori los que se abrazan y lloran después de ver La bola negra como si hubieran vivido una experiencia mística de la que han salido renacidos, mejores, hermanados en la fe de Los Javis.
No hablo de vergüenza ajena intelectual, porque esto no tiene nada que ver con la ideología. Hablo de una vergüenza ajena casi física. La misma que provocan los vídeos de TikTok de enfermeras bailando en el pasillo de la UCI junto a un tipo que agoniza tras ser atropellado por un mercancías.
O Yolanda Díaz, con sus gestos adolescentes, su voz infantil y sus abrazos empalagosos, siempre al borde de lo incómodo.
Es la misma que provocan los vídeos de Albares, al que siempre me imagino con una peluca pomposa estilo Luis XIV más alta que él mismo.
Es el mismo tipo de tensión casi insoportable que sentí viendo Los idiotas de Lars Von Trier, probablemente la película más incómoda que he visto jamás. Sufrí como un perro.
Pero no me ocurre sólo en estos casos. Me ocurre con cualquier persona que teatraliza.
— Oriol (@desfasetemporal) April 23, 2023
Me ocurre, por ejemplo, con quienes ponen voces ridículas imitando a no se sabe quién. ¿No tienen amigos que les digan "vale, ya está, déjalo, no sabes imitar, no eres gracioso, dilo con tu voz normal y pasemos a otra cosa"?
O con quienes se arrancan a cantar y lo alargan dos segundos más de lo razonable, hasta ese punto en el que mi sonrisa de compromiso social empieza a ser difícil de sostener.
O con las explosiones de emotivismo colectivo.
Por ejemplo, cuando los invitados de la boda se arrancan con la conga de Paquito el Chocolatero.
O cuando las cincuentonas se ponen a cantar a voz en grito en el bar "sufre mamón devuélveme a mi chica".
Me pasa también con las competiciones de farmear aura.
Con Justin Trudeau saltando como una liebre para promocionar una canción de su novia Katy Perry (hay algo primitivo en ese rechazo por los hombres que se integran en el mundo femenino como si fueran una amiga más del grupo: un "sé lo que estás haciendo, amigo, y no está bien").
There’s a guy hopping through this video that froze the bank accounts of non criminal Canadians, he banned millions from air travel and helped pay for a passport system that segregated Canadians from every day life.
— Ryan Gerritsen🇨🇦🇳🇱 (@ryangerritsen) July 9, 2026
Within 10 years he made Canada unrecognizable & now he walks &… pic.twitter.com/Z4sZcnGfs6
O con ese famoso vídeo de unas chicas bailando en su oficina (este vídeo me resulta especialmente incómodo, creo que genera un tipo de rechazo que sólo comprendemos los hombres y que a ellas les parece incomprensible o exagerado).
O con la IHOP pancake girl.
Grown people doing TikTok dances is cringe af pic.twitter.com/u9fI5zznEs
— Clown World ™ 🤡 (@ClownWorld) May 2, 2024
O con las batucadas. Para mi desgracia, vivía en Barcelona cuando Carlinhos Brown se puso de moda en la ciudad. Fueron unos años complicados.
Muchas veces he pensado "a ver, pedazo de asocial, quizá el raro eres tú y así es como socializa la gente normal".
Otras veces pienso "soy frío".
O incluso "¿por qué me molesta la alegría ajena?".
En realidad, esto no tiene nada que ver con la alegría ajena. Ni con ser frío o cálido, expansivo o contenido, una seta o la alegría de las fiestas. De hecho, pocos de los ejemplos mencionados son alegría o emoción genuina. Son más bien rituales sociales que escenifican un simulacro de alegría, de emoción o de comunión.
Y creo que ese es el punto: mi detector de simulacros sociales salta antes que el de la media.
Pero ojo. No es lo mismo la vergüenza ajena empática, que es la que te asalta cuando te pones en el lugar de alguien que se está hundiendo (cuando alguien cuenta un chiste sin gracia por ejemplo), de eso que los americanos llaman cringe y nosotros llamamos grima, alipori o vergüena ajena.
El cringe ocurre cuando tú te retuerces por la incomodidad, aunque la otra persona esté encantada de la vida.
Ocurre que no empatizas con su emoción. Porque no la estás viendo como una emoción real, sino como una impostura teatralizada y un poco boba.
Ocurre porque juzgas de forma inconsciente que el otro está rompiendo una norma de dignidad, de autenticidad o de forma. Y donde los demás sienten empatía o deseos de sumarse a la teatralidad y a su jolgorio, tú aplicas distancia psicológica.
El cringe ha sido objeto de varios estudios. En uno llamado La psicología del cringe, Paul Deutchman y Shaon Lahiri hablan de esa reacción frente a lo grimoso como una variedad específica de vergüenza vicaria: aparece sobre todo ante violaciones públicas y voluntarias de una norma reputacional, y funciona como señal de "yo sí reconozco la norma".
Otros estudios dicen que lo cringe o lo grimoso se parecen más al asco y al horror social que a la vergüenza propiamente dicha. No te avergüenzas por los grimosos: te repele su actitud de forma instintiva.
Otros muestran que, al ver el tropiezo social de otro, se activan en el cerebro las mismas regiones del dolor social y de la empatía afectiva.
Lo que ocurre es que tu cerebro proyecta el coste reputacional de esa escena.
Por eso es más incómodo el que baila feliz que el que se cae y se disculpa. Porque el primero ignora la norma, pero el segundo la conoce y la repara.
Los experimentos clásicos de vergüenza vicaria suelen usar, de hecho, a alguien bailando solo. El baile público es un inductor de laboratorio precisamente porque expone el cuerpo. Curiosamente, cuanto mejor baila el otro, menos grima da. Pero cuando el baile se aproxima a lo animalico (las batucadas son un ejemplo de manual), más cringe da.
En mi caso, hay una excepción.
Cuando mi cerebro detecta maestría, habilidad, técnica y sofisticación, el detector de cringe se apaga.
Me ocurre con el anuncio de Kenzo protagonizado por Margaret Qualley con coreografía de Ryan Heffington. En ese anuncio, la música es tribal, el baile es animalico y visceral, pero todo es bello. Es la diferencia entre el espasmo y la armonía, entre la patochada y el orden, entre quien se arranca a hacer el mamarracho y quien clava una coreografía ensayada cientos de veces después de varios años de estudios de danza clásica.
La ruptura con propósito de las normas clásicas, cuando se ha alcanzado la maestría en esas normas clásicas, produce admiración y genera belleza.
La ruptura de las normas clásicas, cuando no se conocen o cuando se desprecian por ignorancia o estupidez, produce desagrado.
El rechazo no es por tanto hacia lo visceral: el rechazo es hacia lo barbárico.
Hay un dato evolutivo que encaja en todo esto. Alrededor de los diez años, cuando los niños empiezan a buscar la aprobación del grupo, se deja de querer cantar y bailar en público hasta que el baile se convierte, unos años después, en un interruptor de aceptación social por motivos enteramente sexuales.
No es que los niños se vuelvan más contenidos por temperamento. Es que empiezan a ver su yo como un objeto evaluable por los demás.
Todos los ejemplos que he puesto son diferentes, pero comparten un patrón: emoción desbordada + formas baratas + sospecha de artificio.
Cuando un grupo de personas baila de forma ridícula, están intensificando su deseo de comunión y de aceptación social. Pero para ti, esa misma escena se lee como kitsch. Milan Kundera dijo en La insoportable levedad del ser que la primera lágrima, la verdadera, dice "qué bonito". La segunda, la social, dice "qué bonito es emocionarnos todos juntos". Esa segunda lágrima es la del kitsch. El objeto deja de importar y lo que se exhibe pasa a ser la emoción misma.
Por eso tú lo percibes como hortera y no como espontáneo: porque la espontaneidad se ha convertido en una escenificación. No es que no seas capaz de compartir la alegría porque no eres alegre, sino que reconoces el artificio y decides no participar en él.
Con la gente que pone voces ridículas, que imita a otros o que se comporta como un niño, el detector que actúa en tu cabeza no es sólo estético. Es un detector de inautenticidad expresiva. Porque el registro infantil rebaja el estatus adulto y exige la complicidad ajena. Ese detector pretende evitar que te metan a la fuerza en un guion ajeno bajo la amenaza de ser rechazado socialmente. "O bailas el maldito Paquito el Chocolatero o te llamaremos aburrido, soso y amargado".
En realidad, sólo estás sintiendo un rechazo instintivo por lo gregario y lo vulgar. Por el ritual social estúpido.
Último ejemplo. Este vídeo.
When I try to conceptualise what eternal hellish torment may look like, it’s something like being one of these guys. pic.twitter.com/zypRRRtU8J
— Jake Rattlesnake (@jakerattlesnk) September 26, 2026
La evidente incomodidad de ellos es el indicador social de que la escena ha roto el orden social. Ellos no saben qué cara poner y se limitan a mover la cabeza, fingiendo complicidad de mala manera, porque el ritual pide adhesión y su yo adulto pide distancia.
No es que no soporten la diversión. Es que su sistema de normas trata como amenaza tres cosas distintas que a menudo vienen juntas:
1. La pérdida de la dignidad (el adulto que se comporta como un niño)
2. La pérdida de autenticidad (el sentimiento parece producido para ser visto)
3. La pérdida de límite del yo (el grupo pide que te contagies bajo amenaza de castigo: la marginación social o el racionamiento del sexo)
Al final, ambas opciones son humanas. La mayor parte de la gente desea mimetizarse con el grupo porque tiene instinto de masa. Otros resisten y viven esa presión como una invasión del espacio propio. No es que no toleren las emociones intensas, es que intuyen que no se puede actuar "sin forma". El desborde público (sobre todo el alegre, el tierno o el victimista) se lee como falta de dominio, no como riqueza afectiva.
Es cierto que varios de mis ejemplos son en realidad formas muy codificadas.
1. La conga de Paquito el chocolatero o la batucada no son espontaneidad fallida: son un ritual de adhesión.
2. Abrazarse en el cine después de ver La bola negra es una forma de exhibicionismo narcisista. "Miradme todos, observad la magia de mi emoción".
3. Albares no es tanto jolgorio o infantilismo como vanidad infatuada.
4. El vídeo de la oficina, los bailes de TikTok y la chica de IHOP son escenas hechas para las redes sociales. Hay audiencia, hay formato y hay recompensa.
5. En el caso de Trudeau, el cringe es el objetivo: la incomodidad es lo que hace que no pases de largo hacia el siguiente vídeo del carrusel.
6. Lo de Yolanda Díaz podría ser, quizá, performance política de calidez. Díaz podría ser estratégica sin ser necesariamente infantil.
En resumen: la sociedad actual produce cringe porque la sociedad actual recompensa el cringe.
Pero al fondo a la derecha de todos esos ejemplos late una misma intuición moral: esa gente no debería hacer esas estupideces. Y si las hace, no debería compartirlas en público. Y si las comparte, no debería exigirme que me sume a ellas o que las acepte y las valide. Prueba a decir en público que una de esas escenificaciones te repele y no tardarán en surgir los inquisidores de la emoción ajena.
La función del cringe, en fin, no es un capricho estético, aunque a veces se asocie con un cierto esnobismo intelectual. Sirve para no quedar arrastrado por un ritual que no reconoces como tuyo y para proteger una idea del yo diferenciada, no como un eslabón más de la manada.
Pero voy a ser autocrítico. Desde una óptica contraria, también podría argumentarse que la hipervigilancia de la propia dignidad es, en sí misma, otra forma de impostura. El adulto que se niega a participar también está actuando: está escenificando el papel de adulto serio e inexpugnable. A veces, lo que el detector de cringe identifica como falta de forma en el otro no es una amenaza al orden social, sino un espejo de nuestra propia incapacidad para renunciar al autocontrol. El rechazo a la patochada puede ser lucidez, pero también rigidez moral y estética.
Lo que no es ese cringe es alexitimia (la dificultad o incapacidad para identificar, describir y comunicar las propias emociones).
No es introversión.
No es superioridad automática, aunque pueda usarse como distinción de gusto.
Y no es falta de espontaneidad.
Es otra lectura de la misma escena. Donde ellos ven comunión, tú ves representación y falsedad.
Quédate tranquilo. No eres raro. Sólo eres un adulto que no busca la aceptación del grupo a costa de sí mismo.
Sentir grima, en resumen, no es un fallo en la empatía, sino un exceso de lucidez social.
