Hace unas semanas, asistí a la inauguración de una placa en recuerdo de las trece víctimas del atentado de ETA en la calle del Correo.

Una mujer que lloraba desconsolada me dijo que uno de los fallecidos era su marido. Tenía treinta años cuando ETA decidió matarlo a él y destrozar la vida a su familia.

Detrás de cada uno de los nombres que aparecen en la placa hay una historia y un drama.

Un monolito los recuerda más de medio siglo después, con la esperanza de que todo el que pase por la calle del Correo, a un paso de la Puerta del Sol, dedique unos segundos a recordar a aquellas personas inocentes cuya vida saltó por los aires porque los perros de ETA así lo decidieron.

El jueves, la misma placa que recuerda los nombres de los asesinados (siete hombres, cinco mujeres), que recupera los nombres de los inocentes (un inspector de policía, un mecánico, una telefonista, un panadero, un ama de casa, una maestra, un ferroviario, un agente comercial, una administrativa, una estudiante, un cocinero, dos camareros) apareció vandalizada por algún imbécil de los que se han instalado en el espacio público con las bendiciones del delegado del gobierno.

Solo o en compañía de otros, alguno de los integrantes de la acampada pacífica decidió pintarrajear una sencilla placa con los nombres de un puñado de personas, casi todas humildes, trabajadoras, modestas, que tuvieron la mala suerte de pararse a tomar un café en el lugar en el que ETA jugaba su lotería monstruosa.

La acampada de Sol. Carlos Martín EFE

Mira que es grande la Puerta del Sol.

Mira que hay paredes.

Mira que hay sitios para hacer de antisistema.

Pues estos desgraciados tuvieron que elegir el lugar en el que se recuerda a trece asesinados.

Hasta siendo un vándalo se puede respetar a los muertos. Hasta para comportarse como un descerebrado puede uno buscar un lugar en el que no se escupa sobre la memoria de trece víctimas de ETA.

Si pudiendo pintar en otro sitio fueron a pintar en la placa que intenta preservar el recuerdo de los mártires, me temo que la acción no es del todo casual.

El que lee los nombres de trece muertos y lo único que se le ocurre es escribir encima no es activista de nada: es un miserable, y muy posiblemente esté acampado en mitad de la plaza para alimentar miserias.

Ni pacifistas ni leches. Quien hizo esa pintada es pura escoria. Y hay que ser gilipollas para creerse que a quienes no les conmueve el recuerdo de trece asesinados les da mucha pena Maricarmen.