Se ha estrenado la quinta temporada de Fauda.

Para los que no la conozcan, los protagonistas son Mista'arvim, agentes especiales israelíes que se infiltran, haciéndose pasar por árabes palestinos, para realizar operaciones encubiertas.

Es una serie israelí, y los malos son los yihadistas, como en la vida real. Pero no dulcifica la realidad, y los agentes son bastante brutos.

En la primera temporada se infiltran en una boda palestina para capturar a un terrorista, pero la cosa se descontrola y acaban matando sin querer al novio, lo que a su vez provoca una cadena de venganzas.

De hecho, fauda significa caos, y entre otras cosas hace referencia al momento en que las operaciones se salen de madre, cosa que ocurre con bastante frecuencia en la serie. Que es buenísima.

La quinta temporada se estaba rodando en el momento en que los gazatíes perpetraron la matanza del 7-O, así que la reescribieron y convirtieron la masacre en el centro de la trama. Y hay dos cosas llamativas.

La primera, es que, dentro de la plataforma en la que se exhibe, la serie está siendo la más vista, también, en los países árabes. De hecho, ante el éxito de Fauda, hay quien ha llegado a pedir que incluya a guionistas palestinos para aportar su visión.

No, mire, respondió Lior Raz, creador y protagonista de la serie. Yo soy israelí, yo soy sionista. Si los palestinos quieren presentar su versión, que hagan su propia serie.

En realidad, ya lo han hecho, aunque los directores también han sido israelíes. Esta semana se proyectó el documental Naza en el Festival de Venecia, y el público lo premió con un aplauso de duración estalinista (veinticinco minutos).

El documental defiende que los miembros del ejército israelí calculan las bajas colaterales de civiles que se producirán cuando intentan liquidar a un terrorista, y luego se las pasan por el forro. En un caso, cuenta, asumieron liquidar a quinientos civiles para eliminar a un yihadista.

Aparte de que es francamente difícil de creer, y de que el documental no aporta fuentes contrastables, esto plantea una primera perplejidad: ¿por qué se molestan en calcular los daños colaterales los que, en opinión de los que aplaudían en Venecia, están perpetrando un genocidio?

O genocidio o daños colaterales, pero las dos cosas no pueden ser.

Yuval Abraham y Rachel Szor, con el Premio Especial del Jurado por 'Naza', en el Festival de Venecia. Reuters

Como era previsible, lo que el documental no menciona es la deliberada estrategia de Hamás de usar a la población como escudo. Es a ellos, y a su relato propagandístico, a los que convienen las muertes civiles, no al ejército israelí.

Pero Maggie Gyllenhaal, la presidenta del Festival, alabó mucho la película y dijo que le recordaba a La zona de interés; de esta forma comparó, tan tranquila, a los miembros del ejército israelí con los nazis del campo de Auschwitz, algo que también parece que pretende el título Naza.

La segunda cosa llamativa de Fauda, completamente relacionada con lo anterior, es que gracias a ella muchos occidentales se acaban de enterar del alcance de la crueldad del 7-O. "No teníamos ni idea", dicen.

Y, sin embargo, había una gran documentación gráfica. Los propios asesinos grabaron sus hazañas, y así pudimos ver, por ejemplo, cómo disparaban a un padre que corría con un bebé en las manos, cómo exhibían (como si fuera un triunfo de caza) a una joven descoyuntada, y cómo decapitaban a un herido con una azada.

En ocasiones subieron las imágenes a las redes de las víctimas con los móviles de estas; algunos se enteraron así de la muerte de sus seres queridos. Es decir, desde el primer momento hubo abundantísima información, pero una parte de la izquierda permaneció impasible ante los asesinatos y violaciones.

La imperturbabilidad ante las agresiones sexuales fue especialmente llamativa en una sociedad hipersensibilizada, acostumbrada a encontrar micromachismos en los lugares más inesperados, y en la que un presidente salió a hacer declaraciones por las gamberradas en un colegio mayor.

En realidad el 7-O sirvió para entender mejor cómo funciona el exhibicionismo moral de cierta izquierda. Si, ante los mismos hechos, unas víctimas suscitan mucha preocupación y otras ninguna, es legítimo sospechar que esa preocupación es falsa.

Y cuando la identidad de los agresores es determinante para activar el interruptor de la compasión hacia las víctimas, lo razonable es pensar que esa compasión es fingida. Todo parece indicar que sólo se recurre a las víctimas si pueden ser usadas con un doble objetivo: para auparse a podios morales desde los que exhibir virtud, y como cachiporra contra el adversario.

Y aquí está el problema. Los perpetradores del 7-O no eran adversarios, sino aliados de una izquierda a la que Occidente le parece la fuente de todos los males. Y hoy es la izquierda (antes era la religión) la única ideología capaz de dispensar virtud y proporcionar podios morales.

La concurrencia de ambas cosas (agresores aliados, y ausencia de pedestales virtuosos) explica la perturbadora ceguera progresista ante el mal.

Por eso uno de los personajes más interesantes de la quinta temporada de Fauda es Mélanie Laurent, una mujer occidental seducida por un islam al que sus derechos le traen sin cuidado, y que acaba ingresando en Hamás.

Hay quien se sorprende de la alianza del progresismo y el islam, pero sencillamente es que comparten un enemigo común. Derrotada la civilización occidental desaparecería la alianza, y, a continuación, desaparecería también el progresismo, que sólo puede brotar y crecer en Occidente.

Pero mientras tanto se entretiene, se siente virtuoso, y aplaude mucho en el Festival de Venecia a los caníbales que los devorarían si tuvieran ocasión.