Las cosas aún arden poco, pero arderán. El pacto social se ha roto y estamos iracundos. Ya no debemos a nadie elegancia, ni pacifismos, ni diplomacias. Es ridículo. Nos estafaron. Quisimos caerles bien a los señores del mundo. Quisimos ser buenos chicos. Chicos trabajadores y cultos, desapasionados. Chicos de fiar, guapos y limpios. Hemos sido tan simpáticos y endebles. Me avergüenzo.
Estudiamos con tesón invencible y curramos como bestias y tragamos sapos húmedos y nos dejamos humillar mientras asistíamos a la caída de todos los mitos, mientras nos volvíamos mayores y tristes: primero fueron los reyes magos y después los padres y después dios, y más tarde cayó también el Estado de Bienestar y cayó la democracia y ya no queda nada, nada, nada, porque todo lo que prometió cuidarnos fue falible. No sobrevive una ficción. Estamos desamparados.
Nunca viviré en una casa parecida a la casa en la que me crié. Nunca tendré tanto sol, espacio y tiempo: aunque de aquella también fueran humildes, eran bellos y suficientes. Hoy nos siguen royendo el hueso. La ciudad nos irá expulsando como a órganos mal trasplantados. Nos barrerá de los bares en los que conocimos a nuestros amigos, del billar aquel donde gané un amor, de las salas de conciertos y los viejos jardines y las terrazas baratas en las que hablábamos del futuro.
El estanquero nos llamaba por nuestro nombre.
Los cines en los que fuimos felices no estaban dentro de los centros comerciales.
Han construido una ciudad macabra encima de la ciudad en la que crecimos.
Antes teníamos a alguien que nos traía caldo caliente a casa cuando enfermábamos. Teníamos a alguien que nos dejaba libros que jurábamos devolver. Pero ya ni me acuerdo de quién era. Fue un amigo, una vez. Desde hace mucho vive muy lejos y también es un esclavo.
Pronto seremos sólo fuerza de producción y de consumo. Estaremos vencidos, aún más.
Y ahora no tenemos más remedio que verlo y que tratar de encontrar, como decía la filósofa Marina Garcés, la forma de ser peligrosos juntos.
Llevamos más tiempo del que podemos soportar sufriendo una sanguinaria violencia inmobiliaria. Es invivible. Es irrespirable. No nos quitan el pie del cuello.
Maricarmen en su piso.
Madrid es un palco palurdo, una discoteca de gentuza hinchada con caras monstruosas que te pillan por banda, sobreexcitados por alguna sustancia, y te cuentan que "esto no es una pérdida, es un máster acelerado de gestión de riesgo". Bienvenidos a nuestro American Psycho, pero en paleto.
Lo de Maricarmen. Maricarmen (en su tozudez, en su "de aquí no me bajo") tiene un ramalazo anarquista que nos viene muy bien, que nos espabila, que nos ensancha el marco delirante que habíamos comprado.
¿En qué momento nos hemos adherido al hecho de que un alquiler pase de costar 500 euros a casi 3000 en poco tiempo? ¿En qué momento nos hemos vuelto tan obedientes que polemizamos sobre las circunstancias concretas de Maricarmen tragando sin rechistar con lo verdaderamente sonrojante, que son las reglas de un mercado enfermo?
Ese es el punto que más me interesa. Y me preocupa que enseguida haya quien se pone del lado del capital: "Oiga, que dónde están los ahorros de esa señora. Oiga, que no se ha gestionado bien". Es un asunto desenfocado.
Maricarmen es sólo una mujer más con una historia más dentro de un tejido inmenso e infecto del que participamos todos (todos los que no pertenecemos al 1%), pero ha supuesto también un símbolo. Un símbolo imperfecto, claro: nadie da para símbolo si lo miras muy de cerca. Yo soy de la opinión de que mejor un símbolo que ninguno si es al servicio de una causa justa. La cosa es que a los indolentes esto no les vale, ni aunque sea para movilizar.
Esto es gracioso. Te metes en internet y lees a tíos de cuarenta años capaces de robarles el monedero a una vieja para dárselo a un fondo buitre. Su disforia de clase es de psiquiátrico. Visten trajes de Zara de mierda, 100% poliéster (ellos lo llaman "transpirables"), pagan gimnasio premium, consumen pódcast de crecimiento personal a velocidad 1,5 y dicen cosas repugnantes como "sólo me rodeo de gente que me aporte". Jajá. Menudos psicópatas.
Van más depilados que yo. Apestan a un perfume invasivo, cutre, imitación árabe del original. Viven con dos desconocidos en Cuatro Caminos a los que llaman "compañeros". En el fondo están solos. Un día bueno echan un polvo malo.
Te hablan de nutrición y de inversiones, y a veces fingen que cogen una llamada en su iPhone financiado a 36 meses y hablan muy acaloradamente con nadie. Son débiles con los fuertes y fuertes con los débiles: este es su verdadero retrato, su verdadera vergüenza.
Se sienten elegidos y están en lo cierto: efectivamente, han sido elegidos como los ecuménicos lamebotas del sistema por su impecable condición de siervos. No les pongas una subordinada que se lían. Ellos emplean un sublenguaje patético, del "mindset" al "cashflow". Todas sus palabras están vencidas, prostituidas, compradas. Hablan la lengua de los cantamañanas y de los bancos. Es la misma.
Son tan baratos. Son muy crueles y muy soberbios, pero si ves su nómina te descojonas. Quiero decir que son unos muertos de hambre y así deben caer. Con nosotros. A nuestro lado.
Una mañana, qué delicia, un gorila les echará de su casa. Escribo "casa" y no "hogar" porque el hogar es otro de los conceptos que hemos perdido para siempre. Nuestros padres fueron quizá los últimos en tener uno de esos. El hogar (como espacio de fundación del amor y la costumbre, como el rincón ese que mantiene a raya a los enemigos y los hijos de puta, como el lugar que huele a sofrito y a plancha caliente, como el centro neurálgico donde ser uno mismo y escindirse en otros) nos fue arrebatado generacionalmente.
Así que al criptobro, como digo, le derribarán la puerta del kelly entre varios matones, como hemos visto esta semana en una de las postales más grotescas archivadas en la memoria de nuestra indignidad nacional. La imagen del fracaso de España.
Vendrá la poli abyecta del PSOE a moler a palos al chavalito insolvente y a arrastrarle por el suelo mientras la lunática de Ayuso le dice que "chao, pescao", que qué ático en Chamberí ni qué niño muerto. Que emprendas, hostia. ¿No es que estabas emprendiendo? Yo ya me tengo que ir del barrio porque se lo están comprando ella y sus adláteres con el dinero de mis impuestos.
Esto es lo siguiente, esto está al caer: de la anciana desahuciada pasaremos al criptobro desahuciado.
Manifestantes tratan de impedir el desahucio de Maricarmen, este miércoles en Madrid.
Ellos no lo creen. Los muchachos repeinaítos piensan que esto no va con ellos, pero les ocurrirá muy pronto, también y especialmente a los que normalizaron la infamia, la asfixia y el saqueo. A estos pájaros no les abruma el dato de que Urbagestión comprase el piso de Maricarmen en El Retiro por 240.000 euros y ahora lo pueda vender por 835.000 euros. En apenas ocho años.
Jajá. Se piensan que están más cerca de Urbagestión que de Maricarmen, los pobres. Pero yo les leo de lejos: serán turistas de clase con un viaje muy corto. Ay. Quiero que esos ufanos vivan para verlo. La ministra de Vivienda, pongámosle una impresentable Isabel Rodríguez, dirá que cada día que desahucian a un paisano "es un día muy triste", pero su partido se habrá abstenido de la proposición de ley de Sumar para prohibir a empresas y fondos de inversión comprar viviendas. Lleva casi una década tocando césped y no nos ha cambiado la vida en nada: mucho menos en lo esencial.
De repente piensas que Maricarmen, al menos, tiene casi 90 años. Tú tienes 35 y si la sanidad pública no falla (claro que fallará, ya está fallando), te queda por delante una vida de estrechez y asco. El peor escenario es para nosotros, para los que nos quedamos: a ver cómo le damos a esta fiesta un poco de gracia. La imaginación no es suficiente. Hacen falta chispas.
Yo ya le he entregado mi riñoncito al niño de papá dueño de un bloque. Sangro un poco. Él me sonríe con esa boca grande, hermosa y depredadora que tienen los pijos. A saber cuántos de mis órganos desea. Tómalos, tómalos. Tuyos son y míos no.
Estoy en una habitación vacía calculando si la puerta del armario, al abrirse, chocará contra mi cama. Ah. Pues sí. Estoy en un salón midiendo si podré abrir la ventana completa sin que tope con mi sofá de dos plazas, un sofá en el que no cabe mi familia. Me dicen mis amigas que no me ponga así: que me meta en una cuenta de Instagram muy cuqui donde enseñan a decorar agujeros maravillosamente. Me meto.
Esto es lo nuestro. Lo pequeño, lo oscuro. Lo que nos merecemos incluso los que somos llamados privilegiados. Curramos salvajemente y siempre con miedo a la cifra, instalados sólo en el vértigo. Estamos rabiosos y tristes y a veces nos masturbamos y lloramos en nuestros pisos milimétricos y coquetos. Como orugas, como ratas. Pondremos lucecitas en una estantería de dos palmos, como indies horripilantes, y una planta muy delgada y fibrosa en el exiguo rincón. Diremos que esto es íntimo. Diremos que es acogedor.
Y siempre recordaremos a los que estos días callaron. Y a los que seguirán haciéndolo. Yo os recordaré. Lo prometo.
