El 14 de enero de 1970, el director de orquesta Leonard Bernstein y su mujer, Felicia Montealegre, organizaron en su dúplex de Park Avenue en Nueva York una fiesta para recaudar fondos para la defensa legal de algunos miembros del grupo terrorista de los Black Panther.
Los panteras negras habían sido detenidos unos meses antes y acusados de conspirar para atentar contra comisarías, grandes almacenes y otros edificios públicos de Nueva York.
El piso de Bernstein y su mujer tenía trece habitaciones, decoración de color "amarillo chino", pianos de cola y criados uniformados. Tenía casi 600 m2, una terraza de 700 m2 y ocupaba las plantas 19 y 20 de un edificio art deco de 1930.
En 2021, el piso, que ya no era propiedad del compositor y su mujer, se vendió por veinticuatro millones de dólares. Sólo su mantenimiento costaba 21.000 dólares al mes.
A la fiesta asistieron noventa invitados, entre ellos el director de cine Otto Preminger, la periodista Barbara Walters y el pianista Peter Duchin, los Jordi Évole, Silvia Intxaurrondo y Javier Bardem del Nueva York de los años setenta.
También asistieron algunos panteras negras, con sus peinados afro y sus gafas de sol.
En la fiesta se habló de la revolución, de la lucha "contra el sistema" y de la cárcel, que Leonard Bernstein y sus invitados sólo conocían, claro, por las películas.
El libro Radical Chic and Mau-Mauing the Flak Catchers, de Tom Wolfe.
Por allí estaba también Tom Wolfe, que al cabo de unos meses escribió una crónica de 25.000 palabras de la fiesta (casi un libro pequeño) que se publicó en el New York Magazine con el título Radical chic: esa fiesta en lo de Lenny. Luego, el artículo se publicó, junto con otros, en el libro Radical Chic and Mau-Mauing the Flak Catchers.
El término radical chic hizo fortuna y pasó a definir la tontería de los pijos que coquetean con la estética y la ideología de delincuentes, terroristas y revolucionarios, pero desde la comodidad de sus áticos neoyorquinos y a salvo de las consecuencias de esos crímenes.
Con el tiempo, la etiqueta ha acabado convertida en un estilo estético en sí mismo: el de los millonarios que coquetean con la vestimenta, el lenguaje y los amaneramientos de los criminales y los terroristas.
El artículo de Wolfe es una obra maestra de la mala leche. En él explica cómo Leonard Bernstein y su mujer contrataron a criados latinos, pero no negros, para no "incomodar" a sus invitados delincuentes. Explica también cómo el multimillonario Bernstein interrumpió la conversación para explicarle a los terroristas "la revolución" y cómo las señoras de la alta sociedad se emocionaban al conocer "a su primer pantera negra".
En uno de los párrafos más recordados del artículo, Wolfe cita a un invitado describiendo las maravillas de uno de los canapés:
– Mmmmmm. Estos son deliciosos. Pequeños bocados de roquefort enrollados en nueces molidas. Muy sabrosos. Y muy sutiles.
Como es lógico, el artículo de Wolfe les sentó a cuerno quemado a Bernstein y sus invitados, que se vieron retratados como los frívolos aborregados que eran. A Wolfe lo llamaron (claro) "fascista", "racista" y "cínico".
Nada ha cambiado desde entonces.
En realidad, existía un precedente para el término radical chic. Es el francés nostalgie de la boue, que significa literalmente "nostalgia del barro" o "añoranza del fango", y que designa la atracción snob por lo sucio, lo primitivo, lo sórdido o lo "auténtico" de las clases bajas frente a la vida refinada de la aristocracia.
El término lo acuñó el dramaturgo Émile Augier en 1855 en la obra Le Mariage d’Olympe, donde un personaje la usa para explicar por qué una mujer que ha subido de categoría social sigue tirando hacia ambientes degradados como el pato que, aunque comparta el lago con cisnes, acaba extrañando su charca.
La nostalgia de la charca, cuando brota en los millonarios, implica una fascinación un poco perversa: el lujo se aburre de sí mismo y busca el contraste del bajo fondo, la violencia, lo crudo y lo "real". Esa fascinación puede ser individual (alguien de buena posición que se siente atraído por ambientes sórdidos) o colectivo (modas culturales que idealizan lo primitivo, lo popular o lo revolucionario, precisamente porque está lejos de su propio mundo).
Es el barro servido en bandeja de plata por un criado latino (pero no negro: los negros pueden ser asesinos, pero jamás sirvientes).
Barro servido en bandeja de plata, pero con una particularidad. Como explica la canción Common People de Pulp, el pijo y el rico nunca vivirán realmente la experiencia real de lo criminal y lo sórdido porque pueden apagar el interruptor de la experiencia cuando quieran y volver en un segundo a su plácida y lujosa vida burguesa.
Quienes sufren las consecuencias de ese crimen y de esa violencia no disponen de ese interruptor, y son ellos los que sufren la validación y el blanqueamiento de la delincuencia que llevan a cabo esas élites culturales, políticas y mediáticas aleladas que juegan a revolucionarios de salón.
El radical chic y la nostalgie de la boue siguen operando hoy en día entre la izquierda de salón. Radical chic y nostalgie de la boue es el apoyo a los terroristas palestinos, que mezcla la frivolidad adolescente con el antisemitismo genocida.
Lo es también Jean-Luc Mélenchon cuando dice que la vanguardia de la izquierda del futuro es el islam porque ya no se puede confiar en los franceses blancos.
Y lo son los neoyorquinos de todas las clases sociales que sólo veinticinco años después de los atentados del 11-S han votado a un alcalde comunista y musulmán como Mamdani, que les promete supermercados públicos, una intervención abiertamente comunista del mercado del alquiler y enormes dosis de antisemitismo y de odio antiblanco.
Mamdani no es un fenómeno nuevo. Los poster boy son habituales entre la izquierda, desde Obama a Trudeau, Varoufakis, Alexandria Ocasio-Cortez, Gabriel Boric, Gavin Newsom, Axel Kicillof y, por supuesto, Zohran Mamdani.
Si obviamos la edad y ampliamos el concepto de radical chic hasta incluir al viejo comunista resentido, también encajarían ahí Lula da Silva, Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, Andrés Manuel López Obrador o el propio Mélenchon.
Por supuesto, a Pedro Sánchez le habría encantado convertirse en un icono de la extrema izquierda como Mamdani.
Y por eso ha buscado desesperadamente una foto con él, como antes intentó imitar a John F. Kennedy, con su famosa foto junto a Albares con las gafas de sol puestas en el avión.
Pedro Sánchez imitando a un Kennedy de polígono.
O a Obama, con el cartel electoral de 2019 y su retrato en blanco y negro, plano corto, media sonrisa y el lema Haz que pase, una imitación pasada por agencia del Yes We Can.
E incluso a su odiado Benjamin Netanyahu, cuando se presenta en un pueblo de la España profunda para saludar a un grupo de militantes del PSOE traídos en autobús mientras le rodean una docena de escoltas con gafas negras, pinganillo y actitud de alerta tensa como si fuera el presidente de Israel visitando por sorpresa un enclave de Hamás en Gaza.
Sánchez, por supuesto, sólo busca que se le pegue algo del molonismo de Mamdani, que es el nuevo niño bonito de la izquierda porque es antisemita, comunista y antitrumpista, y porque promete acabar en Nueva York el trabajo que inició Al Qaeda con los atentados del 11-S. Eso sí, con palabras bonitas, porque la estética es importante y el fin de la civilización siempre entra mejor con un canapé de roquefort con nueces.
Así que Sánchez hará hoy en Nueva York el paripé con Mamdani con la esperanza de que este le contagie, aunque sea por ósmosis, algo de su radical chic, y venderá su foto con él en las redes sociales fingiendo ser "uno de los chicos guays de la nueva extrema izquierda "filoislamista".
En realidad, Sánchez es sólo la versión de AliExpress del radical chic de Wolfe. La imitación china (nunca mejor dicho) de ese radical chic que encarnaban los panteras negras de 1970.
Te hago una petición. Busca el término bullshido en tus redes sociales o en YouTube. Bullshido es un término que mezcla las palabras bushido (el código ético de los samuráis del Japón antiguo) y bullshit (literalmente, mierda de vaca; en sentido figurado, estafa o engañifa).
Hoy, el término bullshido se utiliza para describir a esos flipados de red social que fingen ser maestros de las artes marciales y que en realidad son sólo obesos al borde del infarto de miocardio que creen ser capaces de derribar a un atacante con el aleteo de su meñique. Literalmente.
Which one of these is the most laughable? I like the tackle one 😂
— McDojoLife (@McDojoLife) August 14, 2019
Sponsored by: @FightBackCBD #bullshido #McDojo #McDojoLife #fail #legitasfuck #Chi #thepowerofchristcompelsyou pic.twitter.com/pCguSxKh0A
Lo de Sánchez en el escenario internacional es un bullshido diplomático de manual.
Pero fijaos bien en los vídeos de bullshido: esos maestros de la estafa siempre tienen un buen grupo de aprendices alrededor. Esos aprendices no son los lápices más afilados del estuche, pero ahí están: pagando por sus clases de bullshido.
Si encima su maestro se hace una foto con el Bruce Lee de lo radical chic, ¿pues para qué quieres más? ¿Quién no creería que este hombre es capaz de derribar a Trump, Netanyahu, Meloni, Milei y Rutte con un solo giro de su oreja derecha?
¿Eh, quién?
Power you can only dream of pic.twitter.com/aVhmm81ADU
— SuperSisi (@SuperSisi) January 31, 2026
