Céline Dion abre los brazos en una postura antigua, anterior incluso al espectáculo, a los conciertos de hace veinte años; el gesto del corredor que ha completado el maratón y, mientras aún cruza la meta, se permite celebrarlo por un instante.
También, inevitablemente, nos evoca a un crucificado.
En la fotografía sus brazos parecen tan largos y delgados que casi alcanzan los extremos del escenario; bajo ella el vestido negro se ensancha para prestarle una solidez que su cuerpo ya no le brinda, la prenda de alta costura transformada en arquitectura.
La diva tiene 58 años y llevaba seis sin ofrecer un concierto completo. El síndrome de la persona rígida, la rara enfermedad neurológica que le diagnosticaron en 2022, provoca espasmos y una rigidez muscular que afecta a su instrumento de trabajo: la delicada garganta, la sutil respiración, la voz siempre controlada. Las convulsiones llegaron a fracturarle las costillas.
El documental I Am: Céline Dion muestra una de esas crisis con una crudeza descarnada. Ha necesitado medicación, fisioterapia, reeducación vocal, pilates, inmunoterapia, ballet.
Pero nada de eso aparece en la foto.
Vemos, ansiosos de más, un collar deslumbrante, los hombros desnudos, los brazos abiertos y sarmentosos, la cintura mínima, y una sonrisa lacrimosa.
Detrás, los músicos, deliberadamente oscurecidos, y unas paredes gigantescas, convierten a esa mujer diminuta en el centro de un culto. Treinta mil personas han venido a comprobar si aún es capaz de sus celebrados prodigios.
Se palpa siempre una cierta crueldad en los regresos. Al cantante no se le permite envejecer, ni una sombra de duda, no como al escritor, que puede demorarse semanas en una página.
Esa fue una de las razones por las que yo misma escogí las palabras antes que el canto. Su cuerpo produce la obra ante nosotros, y la finaliza sin posibilidad de una rectificación. La voz despliega una vida misteriosamente breve; late dentro de la carne, depende de músculos invisibles, del aire, de las mucosas vivas, de los nervios, el descanso y la edad.
Por mucho que se entrene o se proteja, por mucho que pueda engañarnos durante un tiempo, nada la preserva.
La de Céline era puro cristal. Fina, altísima, capaz de ascender hasta lugares recónditos, tanto que provocó también burlas. Demasiada voz, demasiado gesto, demasiado pecho golpeado. Céline nunca practicó la elegancia de fingirse indiferente. Cantaba como si cada canción entregara la vida entera.
En París se ha visto obligada a adaptar tonos y técnica, práctica habitual, por otro lado, de otros cantantes; la extensión no es exactamente la misma, pero canta, canta más de veinte canciones, durante más de dos horas.
Ronda allí, entre las sombras, el fantasma de Maria Callas, a quien Dion homenajea con Ebben? Ne andrò lontana. Callas conoció bien lo que ahora sabe Céline, la tragedia de cómo aquello que te hizo excepcional empieza a abandonarte, como un preludio de la muerte.
Pero ¿qué no es preludio de la muerte?
Céline abre los brazos y se cuelan allí el triunfo y la agonía, con una vieja amiga que no los abandona jamás: la lucha. Lo hace como quien posee todavía el escenario pero sabe que eso es tan frágil como ella, que la gloria durará una canción, que durará una vida entera.
