"El 11-S es la mayor obra de arte de todos los tiempos".
Tal fue la controvertida valoración de Karlheinz Stockhausen sobre los atentados contra las torres gemelas del año 2001.
El compositor sostuvo que los yihadistas, en un acto de inmolación creativa total, diseñaron una performance perfectamente ejecutada que generó una conmoción como ningún otro artista ha soñado nunca suscitar.
La ola de indignación que levantaron estas declaraciones en el mundillo cultural obligaron a Stockhausen a matizar sus palabras. Con "obra de arte", puntualizó, no se refería a una creación hermosa digna de admiración, sino a que era "la mayor obra de arte de Lucifer".
Después de repasar estos días, con motivo de la efeméride del 11-S, algunas de las impresionantes instantáneas que legó aquella luctuosa jornada, la apreciación de Stockhausen no se antoja para nada descabellada.
Hay fotografías del desmoronamiento y las ruinas de las torres gemelas que parecen pinturas salidas de la imaginación neogótica de un Caspar David Friedrich o un Gustav Doré, y resultan dolorosamente bellas y sobrecogedoras.
Iluminar la paradójica naturaleza humana, donde cohabitan nobles sentimientos con oscuros objetos de deseo, obliga a pensar lo incómodo. A llevar el horizonte de la reflexión más allá del bien y del mal.
Y, en el caso particular del 11-S, sería absurdo no interrogarse por la dimensión estética de los atentados, en tanto en cuanto los terroristas planearon de forma concienzuda una puesta en escena espectacular, y desplegaron toda una estrategia simbólica para sembrar el caos.
Imagen de las ruinas del World Trade Center de Manhattan (Nueva York) tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Estamos ante un ejemplo paradigmático de lo que el filósofo Arnold Berleant ha estudiado bajo la rúbrica de "estética negativa".
Berleant identifica que las obras de arte y los actos terroristas comparten una cualidad que los hermana: la "dramaticidad". Es decir, la capacidad para sacudir nuestras entrañas por medio de la representación.
Desde luego, quienes son víctimas de un acto terrorista no experimentan en él más que terror y sufrimiento.
Pero, como admitió Max Ryyvanen, "las distancias sublimatorias de los kilómetros que nos separaban [del atentado de las torres gemelas], y la distancia psicológica que proporciona la certeza de que entre las víctimas no había familiares ni amigos" fue lo que permitió a muchos verse subyugados por la "aterradora delicadeza de la masacre humana y arquitectónica" que se repetía en bucle ante sus ojos aquel 11 de septiembre.
Se trata del mismo mecanismo en virtud del cual podemos gozar de la literatura y el cine de terror.
Dicho "horror deleitable" fue diseccionado por primera vez por Edmund Burke, quien definió como "lo sublime" el sentimiento que nos excita la idea de peligro cuando nos hallamos en una circunstancia en la que estamos a salvo de aquel, cuando la amenaza representada no puede afectarnos.
Por cierto que la evocadora moción anímica que inspiran los escombros y los desastres, herencia de la sensibilidad romántica decimonónica, encuentra resistencias para desplegarse en estos tiempos de corrección política.
🇮🇷🇮🇱 Irán e Israel: de enemigos indirectos a guerra abierta.
— Asuntos Internacionales | Movimiento Ciudadano (@SAIMovMX) June 17, 2025
El 13 de abril de 2024, Irán lanzó un ataque directo contra Israel. Por primera vez, décadas de tensión indirecta estallaron en un enfrentamiento abierto.#IsraeliranWar #IsraelIranConflict #Israel #IranUnderAttack pic.twitter.com/1kZLXUF3xA
Pero no hay que mortificarse por este placer culpable, comprensible experiencia contradictoria que se da cuando somos afectados por un embarazoso goce estético a colación de algo inapropiado.
Yo mismo admito que, ante los terribles metrajes que nos devolvía el televisor de los ataques con misiles lanzados por Irán contra Israel, en octubre de 2024, me embargó un estremecimiento ante aquella tempestad de bolas de fuego que caía sobre Tel Aviv.
¿Cómo debía sentirse un vecino bajo esa lluvia de Perseidas furiosas, que restallaban atronadoramente contra el muro celeste de la Cúpula de Hierro?
Cosa distinta a esta emoción irreprimible, de más está decirlo, es celebrar el ataque.
Como tampoco son motivo de júbilo, aunque sí de sobrecogimiento, las escenas que se vieron en Teherán el pasado marzo: chubascos de chapapote, el firmamento oscurecido, y gigantescas columnas de humo elevándose a las alturas, como si se tratara de signos y portentos de la Gran Tribulación parusíaca.
Desentrañar, por tanto, el espíritu del terrorismo requiere disociar la ética y la estética como dos modos de experiencia diferentes.
La táctica del terrorismo, según razonó Jean Baudrillard, consiste en "desplazar la lucha a la esfera de lo simbólico". En provocar un "exceso de realidad" en un cosmos de telerrealidad donde impera la ficción de un orden pacífico que habría absorbido y neutralizado cualquier conflicto o negatividad.
"Al infligir un castigo desde los cielos al soberbio epicentro del poder global, los terroristas se nutrieron del imaginario cinematográfico de las catástrofes para dejar al descubierto la fragilidad, la vulnerabilidad y la vanidad de todo nuestro sistema"
Por eso, el pensador francés calificó el atentado contra las torres gemelas como el "acontecimiento supremo".
O sea, una representación del mal absoluto que se resiste a ser inteligido. La irrupción en tiempo real de la muerte por sacrificio, de lo irreductible y lo impensable, en el marco de un mundo unipolar triunfante donde ha desaparecido la noción de otredad. Un abrupto despertar del letargo de la paz consumista y un retorno de lo real en nuestro mundo ya virtual.
Acostumbrados al atracón continuo de fotografías y vídeos banales en la Era de la Imagen (esa "iconocracia" cartografiada por Iván de la Nuez, en la que las imágenes avasallan nuestra experiencia y nos gobiernan en su engañosa transparencia), es infrecuente que una imagen pueda singularizarse como icono hasta condensar el espíritu de un tiempo.
Y, por eso, el 11-S, experiencia seminal de nuestro siglo, al plasmarse como una experiencia estética global, memorable y retransmitida en directo, supuso una recuperación del impacto primigenio y la fascinación que ejercen las imágenes.
Como ha recordado Arcadi Espada, "cuando el segundo avión impacte en la torre sur, se producirá algo sin precedentes en la nutrida historia de la representación periodística de lo real: nunca un hecho inesperado, de trascendencia global, se fotografió mientras sucedía con tanta calidad y detalle".
Entender el 11-S como la mayor obra de arte de todos los tiempos es tanto como dar cuenta de la naturaleza estética del poder, manejada hábilmente por los terroristas para escenificar, en palabras de Baudrillard, un "desmoronamiento simbólico del sistema capitalista".
Restos de la fachada de una de las torres gemelas, tras el atentado del 11-S.
Porque las dos torres del World Trade Center "encarnaban ese orden definitivo", constituían el emblema del poder mundial occidental.
Al herir de muerte el epicentro de la globalización, los suicidas volantes de Al Qaeda se nutrieron del imaginario cinematográfico de las películas de catástrofes para dejar al descubierto la fragilidad de nuestras certezas. Para ilustrar que todo nuestro mundo era vulnerable, y que bastaba con golpearlo en un solo punto flaco para que se viniera abajo como un castillo de naipes.
La escenografía del miedo desplegada por los terroristas fue aún más desasosegante por cuanto trasladó la idea de que el desarrollo capitalista no había sido capaz de convertir a los bárbaros, que se benefician de nuestros avances técnicos sin adoptar nuestro sistema de valores.
Así, los terroristas usan las armas del sistema contra el propio sistema, tamizadas por una inefable reinterpretación islamista: la difusión de imágenes a escala mundial, la estética de la violencia del héroe revolucionario y la imagen del terrorista como mártir del pueblo, empleados con propósitos radicalmente aviesos.
De esta forma, el atroz Sturm und Drang sobre el World Trade Center de Nueva York simbolizó también la autodestrucción de la civilización occidental. Occidente, al haber querido ocupar el lugar de Dios, muere a manos de su propia soberbia.
Y este tópico alude inevitablemente a la iconografía bíblica del castigo divino a la hybris humana. "Yo extenderé mi mano y castigaré a Egipto, realizando ante ellos toda clase de prodigios", dice el libro del Éxodo.
En este sentido, a propósito de los bombardeos, Santiago Alba Rico ha escrito que los ataques aéreos "contienen algo sagrado y divino".
Ilustración alegórica del atentado contra las Torres Gemelas representadas como dos Torres de Babel.
Desde aquel atentado fundacional, y en virtud de "nuestra dificultad antropológica para representarnos los crímenes en el aire", hemos llegado a normalizar, como si de un "genocidio meteorológico y teológico" se tratara, este "horror vertical inaccesible para la imaginación".
El derribo de las Torres Gemelas de Babel por el ángel exterminador (el ángel caído que quiere ser como Dios, pero sin Dios y contra Dios) inauguró así un nuevo estadio en la mecanización de la guerra, al escindir al verdugo de la hecatombe que desata su tormento en una secuencia causal impersonal.
El shock visual desencadenado por las imágenes del coloso en llamas dejó una huella indeleble en nuestras retinas. Y actualizó en la memoria colectiva el arraigado arquetipo contenido en la profecía de Isaías:
"Su país está lleno de plata y oro, el pueblo acumula tesoros, ídolos. Pero el Señor de los Ejércitos se alzará contra todo lo empinado y engreído, contra todas las altas torres y los navíos opulentos. ¡Será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la arrogancia del hombre!".
