Me reuní con Steve Witkoff en Washington, en abril de 2025, para hablar sobre Ucrania.

Me había llamado la atención, como relataré en mis Memorias provisionales, su ignorancia sobre Rusia, sobre Ucrania y sobre la geografía de los territorios cuyo destino pretendía negociar.

Pero, en aquel entonces, atribuí esas lagunas a su inexperiencia.

Hoy en día ya no tiene esa excusa. Y, ante su reciente vaivén entre Vladímir Putin y Volodímir Zelenski, uno no sabe si reír o llorar.

Porque, ¿qué ha hecho exactamente?

Llegó a Moscú con la misma diligencia de un agente inmobiliario frente a su mejor cliente.

Escuchó. Sonrió. Dio las gracias por tan memorable momento.

Se llevó la mano al corazón con la reverencia de un intermediario encantado de que el señor de la casa le permita entrar al salón. Tomó nota de las peticiones del cliente. Las guardó en su maletín.

Luego se marchó. Volvió a abrir el maletín en Kiev. Le dijo a Zelenski: "esto es lo que quiere Vladímir". Y a eso lo llama negociación.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, da la bienvenida al yerno del presidente estadounidense Donald Trump, Jared Kushner, y al enviado especial de Estados Unidos, Steve Witkoff. Reuters

Conocíamos la diplomacia de las cañoneras. La diplomacia secreta. La diplomacia del teléfono rojo, de los buenos oficios, de los pequeños pasos.

Ahora nos topamos con la diplomacia del cartero Pechkin, ese cartero de los dibujos animados rusos a quien le basta el tamaño del paquete para convencerse de su propia importancia.

Aquí tenemos, junto a su compinche Jared Kushner, a Hernández y Fernández bajo los artesonados de palacio. A El Gordo y el Flaco en casa de Clausewitz.

Estos dos no negocian. En el mejor de los casos, confunden su tarjeta de embarque con una hoja de ruta, y sus millas de vuelo con victorias diplomáticas. En el peor, capitulan y orquestan la capitulación.

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Pero ahí no reside lo más cómico.

Reside en el coro que, a su alrededor, transforma esta insignificancia en todo un acontecimiento.

Las televisiones comentan los gestos de los dos aprendices de diplomáticos.

Los periódicos siguen el rastro de su avión. Un almuerzo en el Kremlin se convierte en un "avance", un apretón de manos en una "señal", un comunicado pactado en una "ventana de oportunidad".

Los expertos acechan cualquier "indicio", los corresponsales detectan "lo que se mueve", las fuentes aguzan el oído, auscultan los silencios del Kremlin y murmuran que "algo está pasando".

Y, con la mera excusa de que Putin ha recibido a dos visitantes estadounidenses fascinados, las palomas de la paz baten sus alas sobre la Plaza Roja o sobre las cabezas de los tontos útiles del Kremlin en Occidente.

Pobre paz. Pobre diplomacia, que llega a confundir un simple viaje de ida y vuelta con un verdadero avance.

Son los mismos que nos explicaban que Putin no invadiría Ucrania, luego que ganaría la guerra en tres días, después que las sanciones no servirían de nada y, por último, que armar a los ucranianos solo serviría para humillar a la grande e invencible Rusia.

La verdad es que en Moscú no ha pasado absolutamente nada. No se ha hecho más que disfrazar al agresor de socio y utilizar el agotamiento de Ucrania como excusa para despojarla.

El único que está contento es Witkoff: "¡Me encantó el tren! ¡Me recordó a los viajes a casa de mi abuela en Florida!".

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La paz, la de verdad, no tiene nada que ver con este circo.

Y lo más urgente, por el momento, es tener en cuenta los parámetros sin los cuales ¡terminaremos viendo un acuerdo en este desfile de mensajeros!

1. Putin ha perdido su apuesta.

Su ejército está estancado, paga cada avance con un coste humano aterrador y en casi cinco años solo ha conquistado el 1% del territorio que ambicionaba.

¿Acaso está en posición de exigir nada?

2. Putin es un hombre asustado.

Tiene miedo de sus pretorianos. Miedo de sus oligarcas. Miedo de terminar como Sadam o Calígula. Miedo de que su aliado chino lo deje tirado en cualquier momento. Miedo de las madres de los soldados, que ya no soportan tanto cinismo y tantas mentiras.

Ese hombre, ese señor del Kremlin que tiene que cambiar de dacha cada noche para evitar que lo maten, ¿está realmente preparado para desafiar a Europa y a Estados Unidos, a menos que estos se lo permitan?

3. No conozco ni a Putin ni a los soldados rusos, exhaustos por una guerra a la que han sido arrojados.

Conozco un poco, en cambio, a los combatientes ucranianos de la línea de frente. Y también un poco a su comandante en jefe, Zelenski.

Y estoy completamente seguro de que han luchado demasiado y han hecho demasiados sacrificios como para aceptar "la nueva idea" (en palabras del Sr. Witkoff) que les haría ceder, de un plumazo, los territorios que han defendido con las armas en la mano y donde han caído tantos de los suyos.

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Conclusión: en este punto, no habrá una solución diplomática a esta guerra.

Hay conflictos que terminan sentados a una mesa de negociación. Pero hay otros en los que la mesa no aparece hasta que un régimen imperial comprende que ha perdido.

Eso fue lo que ocurrió en Alemania en 1945. O en Serbia en 1995.

Pues bien, eso mismo es lo que le ocurrirá a Rusia: los diplomáticos solo se pondrán a trabajar cuando, de un modo u otro, la cruda realidad del campo de batalla haya penetrado en los despachos del Kremlin.

Mientras tanto, el invierno será terrible y habrá que ayudar a Ucrania a resistir.