Alguien, en algún momento previo, cuando la vida parecía aún encaminada a otra realidad aburrida y cotidiana, compró esa silla de trabajo, quizá destinada a las visitas al otro lado del escritorio, y hasta esa mañana estaría donde siempre había estado, una silla de oficina bastante corriente, no sabemos si cómoda, con estructura metálica y asiento oscuro, inadvertida durante años, una silla como habría miles en las Torres Gemelas.
El hombre que trasladan en ella cuando se convirtió en una camilla improvisada conserva también algo de su vida pasada, de la misión ya irrecuperable.
Era el padre franciscano Mychal Judge, el capellán de los Bomberos de Nueva York.
Cuando los aviones chocaron contra las torres acudió allí junto con su departamento; sus pantalones, sus calcetines, sus zapatos, obedecían a las decisiones insignificantes que tomó esa mañana; ese hombre, como todos los que murieron aquel día, se vistió para el día que creía que le esperaba.
¿Qué otra cosa, salvo lo previsible, podía ocurrir el 11 de septiembre de 2001?
A su alrededor, seis hombres avanzan entre el polvo. Bomberos, servicios de emergencia; una camisa azul remangada con poca épica. Ninguno ofrece el aspecto con el que imaginamos a los héroes. Están sucios, agotados, descompuestos por el esfuerzo.
El de la izquierda baja la cabeza y carga con una pierna del sacerdote de una manera incómoda, como puede, como se lleva a alguien que se ha desmayado en una boda. El pariente de cierta edad que no sabe beber.
La Historia llegará después, con sus mayúsculas, sus aniversarios y sus cifras. Sabremos que el padre auxiliaba a otro bombero herido entre los cadáveres que se precipitaban desde las torres, que se había hecho popular por su defensa de los enfermos seropositivos y del colectivo LGTB.
Sabremos que él mismo pertenecía al último, pero en ese momento eso puede esperar, debe esperar, hay problemas mucho más urgentes: sobrevivirán los hombres que lo portan, por dónde saldrán, aguantará la silla.
Y esa mano que cae junto al asiento, con los dedos separados, tan abandonada mientras las otras manos de la fotografía sujetan piernas, respaldo, brazos, aferran, empujan. Hace unas horas esa mano que recuerda vagamente a la de un Pantócrator que nos bendice habría abierto una puerta, o marcado un teléfono, o garabateado cualquier nota.
Toda nuestra educación adulta consiste llegar al momento en el que nos valemos por nosotros mismos: caminamos sobre piernecitas tambaleantes, balbuceamos las primeras palabras, ganamos dinero, compramos, vendemos, intentamos no molestar demasiado. Nos pasamos la vida con la advertencia de que no debemos ser una carga y empleamos la misma palabra, carga, para los pesos y para las personas.
Hay algo íntimamente humillante en la necesidad de que nos lleven a cuestas, y por eso hay pocos gestos más humanos que cargar con otro.
Al fondo, Nueva York ha desaparecido bajo una nube blanca. Del prodigio técnico de las Torres Gemelas queda el polvo; de la oficina, una silla; del franciscano vivo apenas unos minutos antes, un cuerpo entregado por completo a otros.
Así cayó, aquel día, nuestra vida anterior, nuestra idea del progreso, nuestra esperanza en la civilización.
Y, sin embargo, mírenla de nuevo, no podríamos pedir una imagen que resumiera mejor esa civilización.
