Todas las personas más peligrosas que he conocido en mi vida tenían algo en común: mala autoestima a la vez que delirios de grandeza.

Diría que es el caso de Pedro Sánchez.

El presidente no tiene autoestima (no puede tenerla) porque no tiene personalidad propia, porque no tiene carácter ni principios, porque no tiene nada que defender que le sea intrínseco e innegociable, que le sea honorable e irreductible: es líquido, es mimético, es proteico.

Uno desdeña al amante que estuvo de paso cambiando las sábanas como Sánchez desdeña la verdad cambiando el lenguaje: de digo a Diego, de "violación a la integridad territorial" a "crisis migratoria". Es un acróbata y no se quiere. No se respeta porque no existe.

Pero al tiempo, en su bajeza, delira y se sueña emperador. Lo que nos dicen los chicos con mala autoestima a la vez que con delirios de grandeza no es "porque yo lo valgo", es "porque yo lo mando". Seré enorme y no tendré nada que ofrecer.

A mí esta gente me da asco. Son muy poco hombres y muy presidentes. Presidentes de algo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, inaugura la XXVI Asamblea del Consejo de la Juventud de España, en Madrid. Kiko Huesca EFE

Natalia Ginzburg decía (antes de PISA) que, por lo que respecta a la educación de nuestros hijos, no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes: "No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber".

Pero el sistema educativo se basa en las primeras, y, como apuntaba la Ginzburg, "un clima inspirado por completo en el respeto a las pequeñas virtudes hace madurar insensiblemente para el cinismo, para el miedo a vivir".

A mí se me ocurre que las virtudes son algo que se retuerce enseguida: en el caso de Sánchez, no es sagacidad, hace rato que es trilerismo; no es aplomo, ya es desvergüenza; no es capacidad de épica, es sonrojante autobombo.

"El mundo nos mira", dice el presidente. Pero a saber lo que ve.

Sánchez cuelga listas con sus cancioncitas favoritas de Spotify. Quiso parecer cercano pero sólo era barato.

Sánchez le acarició el lomo a Marruecos y quiso dárselas de pacifista, pero sólo fue tancredista, como en su día Rajoy.

Flemáticos hasta la ponzoña. Lo suyo no es la cautela, sino la mansedumbre, la inacción. Sánchez cree que él ve la estrategia desde fuera de la caja (que su estrategia es global, que no se centra en el juego diario), pero finalmente sólo era un disperso, un diseminado.

Sánchez ni siquiera es de izquierdas. Es sólo que no es de derechas.

Ginzburg escribía también algo bellísimo, algo emocionante. Hablaba de escuchar, de aguardar con calma hasta distinguir el tintineo de la vocación en los chiquillos, y definía la vocación como una pasión ardiente y exclusiva por algo que no tenga nada que ver con el dinero (ni con el poder, añado yo, porque ese es un monstruo bicéfalo, al cabo, el monstruo del ego), y decía que la vocación es la conciencia de poder hacer algo mejor que los demás y amar ese algo por encima de todo.

La vocación te permite ser libre ante el dinero y el poder. La vocación es la más alta expresión del amor a la vida. "La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación", dice Ginzburg.

Entiendo ahora que Sánchez, al contrario de lo que cree, no tiene vocación, porque no tiene vocación de servicio ni vocación de construir país. No está llamado a nada más que a sí mismo. La vocación de poder no es una vocación: es un trastorno.

Sánchez creía que su virtud era ser ambicioso, pero se retorció y sólo resultó un maníaco.

Yo siento que el poder es, sobre todo, una enfermedad. Y así desprecio el poder omnímodo. Que dios me libre a mí de un gobierno que no sea mi autogobierno. Tengo mi deje anarquista porque soy esteta, y cuando el poder se te acumula en la cara te pones feo, feo para siempre.

El poder mola más distribuido para que nos envenene un poco a todos pero no nos mate de fealdad a ninguno.

El poder desfigura el gesto. Un poco de poder te hace sexy, demasiado poder te deforma.

Sánchez ya tiene toda la cara de otro. Perdió el encanto y eso no se recupera. Perdió la dignidad, que es algo que sólo se pierde de una vez y para siempre, como la virginidad, la inocencia o la curiosidad. Se está pudriendo a toda velocidad porque el cuerpo pende del alma.

Lo peor de la indignidad es que salpica. Su indignidad nos da una vida indigna a todos: al ciudadano medio, a los votantes progresistas (a los que desposee cuando les advierte que no le critiquen, porque todo lo que no sea él es fascismo; pero el de izquierdas se debe a sí mismo la honestidad intelectual de señalar a Sánchez y llamarle indigno), a los ceutíes, a tantos migrantes que fueron usados como carne de cañón.

Hay que decirlo ya: ser de izquierdas es hoy señalar a Sánchez. Porque ser de izquierdas es defender a los ciudadanos frente a los intereses opacos de las élites y los poderosos.

"La real para ti no es esa España obscena y deprimente en la que regentea hoy la canalla / sino esa España viva y siempre noble que Galdós en sus libros ha creado".

Yo soy progresista y soy feminista y estoy con Ceuta y con las mujeres (marroquíes y españolas) agredidas y violadas.

Lloro España como la lloró Cernuda.

En este país sólo hay gente que o no puede salir de su casa o no puede ni tener una. Es lástima que fuera mi tierra.