De los últimos resultados del informe PISA me quedo, cómo no, con los terribles datos de comprensión lectora de los niños españoles.
Es el drama de este siglo. Ejércitos de chicos y chicas que dicen no entender lo que leen. A partir de ahí ya sólo se puede ir cuesta abajo. La capacidad para asimilar lo que se lee es la llave maestra para adquirir cualquier conocimiento y cualquier destreza que exceda el más primario trabajo manual.
La ministra de Educación ha salido a echar balones fuera. El argumentario señala, al parecer, la culpabilidad de las pantallas en el pésimo nivel educativo de nuestros chavales.
Como premio de consolación, la señora Tolón dice que nuestros estudiantes son más empáticos y que tienen un gran sentido de pertenencia al centro de estudios.
Lo último está muy bien, pero sentirse emocionalmente próximo a un colegio es como ser forofo de la Selección Española.
Lo primero lo pongo en duda. Los episodios de violencia en las aulas son el pan nuestro de cada día, el bullying está institucionalizado y el cuestionamiento de la autoridad del profesor es un drama para cualquiera que se dedique a esto.
No veo, por cierto, intención de dar un volantazo. No he escuchado a nadie decir "hasta aquí hemos llegado". Y las cosas, perdónenme, no siempre fueron así.
Estudié en un instituto público donde, al llegar a COU, ya habíamos leído todas las obras fundamentales de la literatura española. Ahora, los chicos de dieciséis años leen infames resúmenes de los libros que antes había que analizar concienzudamente. Y esos mismos chicos tienen dificultades para comprender oraciones simples que en mi época habrían formado parte de un comentario de texto de octavo de EGB.
Les aseguro que cuando yo estudiaba la secundaria, hace de eso ya cuarenta años, no éramos más listos, y teníamos una serie de dificultades añadidas de acceso a la información y de diferencias socioeconómicas, además de una realidad de aulas en las que convivíamos cuarenta personas.
Por cierto, nunca hubo un problema ni lejanamente parecido al bullying y al profesor se le trataba con un respeto absoluto.
De toda esta catástrofe, de todo este desastre, sólo saldrán indemnes los más afortunados: aquellos cuyos entornos sean capaces de complementar el nivel subterráneo de la formación que reciben.
Recuerdo a algunas compañeras de clase pertenecientes a familias en serias dificultades económicas que desarrollaron brillantes carreras profesionales gracias, seguramente, a la enseñanza cinco estrellas que recibieron en aquellas aulas con cuarenta alumnas.
Me pregunto qué habría sido de ellas si, en lugar de haberse enfrentado a la severidad y la exigencia, alguien les hubiese dicho que basta con leer un resumen del Lazarillo y que hay que corregir los exámenes con tinta azul para que el rojo no provoque frustraciones.
A mí me han entregado ejercicios que parecían víctimas del sarampión, y no me dio ningún soponcio. Hemos creado un sistema que prima más la satisfacción del alumnado que la adquisición de conocimientos.
Y esto va a más, porque el Gobierno ya ha dejado claro que no le parece un problema.
De hecho, la última vez que este Ejecutivo se ocupó del fomento de la lectura fue cuando AENA decidió montar un premio literario que sirvió para dar un millón de euros a una excelente escritora, cincuenta mil a otros cuatro novelistas y una cena a quinientas personas.
