Hace exactamente un año, escribí en este diario que la educación es ese botín que todos en España quieren manosear y en el que nadie quiere invertir. Un pantano de fragmentación territorial y un desierto de estrategia de país.
Hoy, con el informe PISA 2025 recién publicado, esa advertencia se queda corta.
Casi todo ha empeorado, y ha aparecido una variable que lo cambia todo: la irrupción masiva de la inteligencia artificial en un sistema que hace tiempo que no puede permitirse otra reforma cosmética ni reivindicaciones de colectivos.
Porque la zona de riesgo en la que estamos enfangados ya no es solo aprender menos, esa involución cognitiva que apuntaba entonces, sino la rendición completa. El batacazo de España en PISA es la certificación de un fracaso de país.
Los números son inapelables.
Obtenemos nuestros peores resultados históricos en las tres competencias troncales: lectura, matemáticas y ciencias. Es decir, nuestros menores no están adquiriendo las competencias básicas que necesitan para desenvolverse autónomamente en la vida, continuar aprendiendo, trabajar, participar en democracia y ejercer plenamente sus derechos.
Un alumno en un instituto.
Ese fracaso afecta profunda y radicalmente a la igualdad de oportunidades.
Quien no aprende a leer comprendiendo, a razonar matemáticamente o a interpretar científicamente el mundo queda mucho más expuesto a la pobreza, la dependencia, la manipulación y la exclusión.
Es, por tanto y además, una vulneración de sus derechos fundamentales y del principio de bien superior del menor.
Desde luego, la descentralización educativa no puede convertirse en descentralización de la responsabilidad. Ninguna comunidad alcanza en ciencias el promedio europeo. Madrid, Castilla y León y Asturias apuntalan el edificio. En Ceuta y Melilla se desmorona.
Pero lo peor es la trampa. Ya ni siquiera podemos fiarnos del termómetro, porque el falseo desacredita el instrumento de medida. España excluyó a casi el 8% de sus alumnos, por encima del 5% recomendado. Cataluña llegó al 23%, lo que invalida sus resultados; Murcia rozó el 13%; Baleares, el 7,5%.
La evidencia definitiva de esa rendición es engañar al médico.
Por si fuera poco, este informe retrata además a los primeros alumnos formados íntegramente bajo la LOMLOE. Resisto la tentación de convertir la ley en culpable automático, porque causalidad no demostrada no es prueba, pero sí exijo que se juzgue cualquier reforma por sus resultados, no por las intenciones de quienes la diseñaron.
Es la primera gran prueba externa de un modelo ya desplegado, y el modelo suspende sin paliativos.
Y es que hemos construido un sistema de educación sentimental, en el que el cuidado emocional ha ido ocupando el espacio que corresponde a enseñar. Cuidar no puede sustituir a exigir. Formamos ciudadanos con dificultades para comprender y argumentar, y profesionales cuya preparación no se corresponde con la complejidad del mundo en el que ya viven.
La banalización del currículo, la rendición a lo emocional, no es sino otra traición al país y a nuestro futuro común.
El deterioro educativo no es ni mucho menos un problema nacional, sino global. La IA, las pantallas y la crisis de atención golpean todos los sistemas educativos del mundo, por no hablar de la extraordinaria disminución de la natalidad y el cambio de paradigma de la docencia clásica.
Pero sí es netamente español el sectarismo político y el ineficiente fraccionamiento administrativo, que lo convierten en un problema aún más difícil de gobernar.
Todos y cada uno de nosotros, individualmente y en nuestros ámbitos de posible actuación, deberíamos exigir en las próximas elecciones autonómicas que cada programa electoral explique en detalle cómo garantizará que todos los alumnos de la educación obligatoria sean competitivos a nivel europeo en las competencias básicas del siglo XXI, con independencia del código postal.
La buena noticia es que se puede y se debe hacer lo necesario. Yo conozco una iniciativa de referencia en la que la sociedad civil se ha puesto en marcha.
Hace un año, el Barómetro de la Educación constató una primera señal de alarma que algunos medios entonces minimizaron y que hoy, con los mismos datos confirmados, abre portadas e inflaman editoriales hablando de descalabro educativo.
Detrás de ese Barómetro, el Proyecto EducAcción, liderado por Sonia Díez, no esperó a que los acontecimientos confirmaran el diagnóstico, y ha dedicado todo este año a comprender el problema y a construir, con una ingente cantidad de talento nacional e internacional, una propuesta de reconversión educativa integral que se desarrolla en paralelo a un impresionante test en cien escuelas de toda España.
España no necesita otra reforma educativa. Necesita una reconversión integral, que es sectorial, legislativa, laboral y, sobre todo, social. Una transformación capaz de mover al país en bloque desde una educación pensada para lo autóctono y lo analógico, como dice mi admirado Cándido Méndez, hacia una sociedad multicultural, digital y ya atravesada por la IA.
Nuestro sistema no está desfasado respecto al futuro: está desfasado respecto al presente.
Esa reconversión exige concitar voluntades y conocimiento, y ser diseñada sin dogmas y desde la evidencia. La condición, como en toda reconversión, es que no haya perdedores. Ni profesores ni alumnos, ni padres ni administraciones, ni la escuela pública ni la concertada ni la privada, ni un territorio u otro.
No necesitamos otra guerra educativa, sino una alianza construida sobre una pregunta compartida: qué ciudadanos queremos. No sólo, por muy importante que sea, qué debe saber un alumno.
Sino cómo y qué debe saber la comunidad educativa (que no es otra que la sociedad en su conjunto) para pensar y actuar de acuerdo a unos principios irrenunciables.
