No había nada indecoroso en que un héroe clásico llorara, siempre que no lo hiciera por dolor físico: Ulises lloró, lloró Aquiles. ¿Por qué no van a llorar aquellos que aspiran a la eternidad?

Un brillo húmedo recubre a Novak Djokovic, le recorre la frente, baja por las sienes, se acumula bajo los ojos. El fotógrafo ha congelado ese instante incómodo en el que el sudor y las lágrimas se vuelven indistinguibles.

Podríamos pensar que es simple transpiración, pero la boca apretada, la mirada perdida y el enrojecimiento en torno a los ojos cuentan otra historia. Djokovic acaba de alcanzar ese punto al que todos llegamos y nadie acepta cuando ocurre: el cuerpo tiene la última palabra.

Qué irritante debe de resultar eso para él. Pocas personas han dedicado tanto esfuerzo a que su organismo mutara en un instrumento de precisión. Dietas, respiración, elasticidad, recuperación, sueño, concentración. Djokovic ha tratado su cuerpo de Stradivarius como si ofreciera constantes recambios.

Y, hasta ahora, su cuerpo obedecía.

Nunca fue un campeón simpático. Llegó en los tiempos de Federer y Nadal, la belleza y el coraje. Federer flotaba; Nadal sufría.

Federer representaba la elegancia; Nadal, la épica.

A Djokovic, aquel serbio flaco, elástico y obstinado, no le dejaron nada, pero aún así se negó a que lo excluyeran de la leyenda. Ganó veinticuatro Grand Slams, más que nadie. Cumplió semanas, meses, años y años como número uno.

Arrancó cada récord de las manos de los otros dos, mientras cultivaba una constante capacidad para irritar a todos y divertir a algunos: las imitaciones de sus rivales, los enfrentamientos con el público, la descalificación del US Open por golpear accidentalmente a una jueza de línea, sus posiciones sobre las vacunas y aquel episodio australiano en el que acabó deportado.

Con su retorcido sentido del humor, Djokovic deseaba que lo amaran con una intensidad que, paradójicamente, conseguía que una parte del público lo quisiera cada vez menos.

En la fotografía no aparece su raqueta, ni tampoco Navone, el argentino que acaba de derrotarlo. Ni la red.

Si ignoráramos dónde fue tomada, no imaginaríamos que estamos viendo un partido de tenis. Navone tiene veinticinco años, Djokovic, treinta y nueve.

El primero ganó por primera vez un partido a cinco sets; el segundo llevaba desde 2006 sin perder en la primera ronda de un Grand Slam.

Durante cuatro horas y veinticinco minutos logró lo imposible. Vomitó. Sufrió calambres. Le dolieron la espalda, el hombro, un pie. Su servicio perdió velocidad. Al final encajó ocho juegos consecutivos.

Durante toda su carrera, Djokovic era quien aguardaba ese momento. Podían jugar mejor que él durante tres horas, pero en el tercer set, en un segundo de cansancio, las piernas del rival flaqueaban y allí acechaba él. Su talento más aterrador consistía en la paciencia, en esperar a que el cuerpo ajeno recordara que era mortal.

Ahora el cuerpo que lo recuerda es el suyo. Todavía ganará partidos, acaso títulos. No ha anunciado una despedida. Su tenis continúa ahí y este mismo año llegó a la final de Australia y a las semifinales de Wimbledon, pero por primera vez se insinúa una grieta. Envejecer consiste en eso.

Miro otra vez la humedad que rodea sus ojos. Quizá sea sudor, quizá sean lágrimas. A estas alturas importa poco. Ya solo aguarda a su último rival.

Sólo le queda el tiempo.