Al calor de la propagación de la discordia civil en España, ha florecido en nuestro ecosistema mediático, como negativo de ese espíritu cismático, una tipología de comentarista que bien merece la pena viviseccionar.
Son lo que podríamos denominar opinadores hidrofóbicos. Esto es, aversos a mojarse en aquellas materias polémicas sobre las que se pronuncian.
Se trata, por descontado, de una licencia alegórica. Porque la hidrofobia es un síntoma que se presenta en los perros rabiosos, y si por algo se caracteriza este encaste de intelectuales es por mantenerse al margen del ruido y la furia.
A nuestro mandarinato de la Orden del Temple, de hecho, le ha sido confiada la grave misión de sembrar sensatez donde abunda la cizaña. De morigerar las erupciones de arrebatos volcánicos que impiden el diálogo sereno en esta malhadada tierra periafricana que se equivocó de Dios en Trento.
La fórmula que han hallado para contribuir a sosegar el debate es aventurar opiniones homeopáticas, salomónicas, que espigan lo que hay de salvable en las diversas posturas en liza, a fin de alumbrar una suerte de síntesis sincrética que, sin embargo, escapa a la incompletitud de las respectivas polaridades taxativas.
Mientras que la visión del vulgo está tarada por la hemiplejía moral, la mirada de estos próceres de la ecuanimidad es olímpica.
Su filiación es así de naturaleza cuasidivina, pues, como escribiera Ortega, Dios es la suma de todos los puntos de vista.
Imagen de un quiosco de prensa en Madrid.
Hablar del opinador hidrofóbico es hablar del prurito de nadar y guardar la ropa al escribir. Estos insignes albaceas de la Tercera España, de infeliz recuerdo, se declaran también irredentos del principio del tercero excluso.
El credo de estos nadadores de las procelosas aguas del análisis político, enfundados en trajes de baño impermeables y profilácticos para no pincharse en los debates espinosos, se incardina en la escuela de los gimnosofistas.
Y no porque participen de los métodos esotéricos de las antiguas sectas indias (lo suyo es el rigor científico), sino por el contorsionismo atlético en el que incurren con tal de no posicionarse con rotundidad sobre cuestiones peliagudas.
Ya se trate del problema migratorio, de la "prioridad nacional", de la conceptualización de la crisis de Ceuta, del feminismo, del debate del aborto o de la polémica sobre la eutanasia, la minoría selecta de los meditabundos huye del estéril solipsismo de los hunos y los hotros.
Habrá quien maliciosamente piense que los susodichos virtuosos en el arte de escurrir el bulto no son más que profesionales del medro.
Al fin y al cabo, en las veleidades del electoralismo partitocrático, uno nunca puede saber con certeza hacia dónde va a soplar la próxima racha de viento político. De modo que mejor no dejar trazabilidad de posicionamientos demasiado vehementes, no sea que en la próxima rifa de sinecuras uno quede fuera de la nominación.
Pero nada más lejos de la realidad.
Si estos zahoríes de las majaderías, estos titanes de la rumia, se resisten a dejar por escrito juicios temerarios, es porque los debates revisten una complejidad inextricable que no nos autoriza para ventilarlos con aseveraciones osadas y simplistas.
Los custodios de la ponderación nos recuerdan así que los arcanos de los asuntos públicos son impenetrables sin una concienzuda y meticulosa investigación previa. Una indagación que, en su admirable modestia, se declaran insolventes para efectuar, pues esta tarea les compete sólo a los expertos homologados.
A lo sumo, nos es dado desbrozar la farfolla, la hojarasca de sofismas con que los necios hablan de oídas.
Y a dicho trabajo se aplican con sacerdotal celo estos incisivos escalpelos de la doxa, expertos tejedores que hilan fino en las controversias, que esbozan con grácil pincel mientras el resto blandimos, desaprensivos, la brocha gorda.
Desde el Empíreo de la mesura, contemplan a este pobre pueblo belicoso batirse en duelo a garrotazos. Lo cual no empece para que desciendan después, magnánimos, a la caverna, a alumbrar a los botarates que habitamos las tinieblas de los juicios pasionales.
Ortega y Gasset escribiendo una nota de trabajo.
La disciplina que practica esta vanguardia de la perspicacia es la metaopinión, la cual consiste en opinar sobre lo que opina el resto de opinadores, guardándose para sí discretamente su propio parecer.
La prudencia impone ceñirse a una mera taxonomía de las distintas tesis en disputa. A limitarse a trazar una cartografía de las posiciones dicotómicas, sin tomar partido por ninguna, Dios nos libre de la precipitación.
Ahora que se está desplazando tan aceleradamente la ventana de Overton, lo inteligente es observar tras el visillo hasta que amaine la tormenta cainita, hasta que se disipen las "cortinas de humo" y acaben de decantarse los humores sociales. Dejar a otros desharrapados más intrépidos, en definitiva, la ingrata labor del sherpa ideológico.
Las columnas y tribunas de los metaopinadores son intempestivas, que no tempestuosas. Y por eso están condenadas a la incomprensión de quienes no demandan sino carnaza para alimentar sus sesgos.
La sempiterna infelicidad de los literatos, como la motejó el humanista Pierio Valeriano.
Pero ya se sabe que, en tiempos de crispación, la moderación es el auténtico marchamo de la valentía. Y los opinadores hidrofóbicos no se casan con nadie.
Que nadie se equivoque tomando esta soltería por infidelidad, promiscuidad o aun prostitución, pues, muy al contrario, se trata de una actitud de apertura radical a la seducción de los argumentos.
Conscientes de que el sueño de la razón produce monstruos, estos guardagujas de la conversación nacional viven en un desvelo de permanente vigilancia contra la infección de emociones que ha traído la marejada woke.
Y puesto que todos sacamos provecho sin saberlo de este benefactor ejercicio, volvamos al redil de la cordura y alegrémonos de contar con estos faros sin los cuales los puntos ciegos de la conversación nacional quedarían sin iluminar.
