No hubo homenaje a los campeones del mundo en el Camp Nou porque no se daban las circunstancias.

"No se da en el contexto ni en el entorno más apropiado. Porque entendemos que el fútbol tiene que servir para unir".

Laporta se equivoca, y lo sabe.

Porque si el fútbol tiene que servir para unir, entonces no cabe en el Camp Nou el homenaje a sus propios jugadores, españolitos de verano.

Ni cabe tampoco la reivindicación de la estelada, que si representa "la forma de pensar de muchos culés y catalanes" y "los anhelos de libertad y la voluntad de ser libres de muchos culés y catalanes" es, precisamente, por ser un símbolo de división.

Y se equivoca Laporta cuando insiste en que la estelada, por ser parte de la libertad de expresión, "no genera ni violencia ni odio".

Joan Laporta atiende al canal oficial del club. BarçaTV

Se equivocaría si dijese que los portadores de la estelada ni odian ni violentan, porque de todo hay en todos lados.

Pero más se equivoca, y lo sabe, cuando dice que la estelada no genera ni violencia ni odio en los demás. Cuando eso es, justamente, lo que está denunciando cuando denuncia la actuación policial.

La estelada genera odio. Y eso es algo tan irrelevante para la libertad de expresión como el hecho de que también lo genere la rojigualda en muchos lugares de España donde "no se da el contexto" para el homenaje.

Toda opinión, toda expresión y toda bandera es susceptible de generar odio. Y ni el odio es malo, porque es nuestro deber odiar el mal (si bien no al malvado), ni podemos dejar que sean los odiosos odiadores quienes impongan los límites de nuestra libertad de expresión.

Se equivoca Laporta, porque el fútbol no tiene que unir. Y lo sabe.

Como culé, y como el independentista que al menos fue, lo sabe perfectamente. Como sabe el precio de la unidad, sabe el valor y el sentido de la división.

Sabe que allí está toda la gracia del juego, en ser continuación y cauce de la división y el enfrentamiento. Política, es decir, guerra por otros medios.

Con reglas, árbitros y hasta VAR. Pero hasta los periodistas deportivos lo llaman enfrentamiento, duelo.

Choque, al fin y al cabo.

El fútbol nunca es sólo fútbol, como demuestra el Barça, que por algo es más que un club. Y como demuestran indudablemente el Mundial, la selección y sus circunstancias.

Y sólo desde esta conciencia, sólo desde la convicción que el fútbol ni sirve para unir ni debería hacerlo, se puede defender la libertad de expresión y la exhibición de la estelada en los campos y en sus alrededores.

Porque la libertad de expresión sólo es auténtica cuando lo que se puede expresar genera división y odio. Lo demás es el totalitarismo soft, o la ley más o menos violenta de las mayorías o de los fuertes.

Por eso es mucho mejor una libertad conflictiva, que llene nuestros estadios de ruido y furia, que ver a un policía dando codazos en la cabeza a un joven independentista. O a los atléticos gritar, en nombre de la unidad y la concordia, el siempre socorrido "puta Barça y puta Cataluña".

Porque ya se sabe que ser del Barça y catalán y pretender pagar cifras de récord por un jugador que se quiere largar es ir provocando odio y violencia.