Los ojos de Lindsay Clancy lo ocupan todo. Son grandes, oscuros, casi fuera de sus órbitas. No sabemos exactamente a quién mira. Quizá al fiscal, al juez, quizá a una pantalla.

En un pequeño gesto cómplice y cruel, la fotografía ha eliminado aquello a lo que ella se dirige y nos ha dejado únicamente su mirada.

Durante cinco semanas hemos escudriñado a Lindsay Clancy para averiguar qué demonios, qué pesadillas, qué deseos, qué duelos, maldades, fantasmas, y remordimientos la habitaban.

El resto de la fotografía dice poco. Una pared de madera detrás. Una chaqueta clara. Una blusa verde. El pelo largo, cuidadosamente peinado, cae sobre los hombros. En primer término, desenfocada, una cabeza y una barra negra, probablemente un micrófono, que atraviesa la imagen a la altura del pecho. Nada más.

Ni siquiera vemos la silla de ruedas. Lindsay Clancy está paralizada de cintura para abajo desde el 24 de enero de 2023, cuando saltó desde una ventana del segundo piso de su casa después de matar a sus tres hijos y herirse con un cuchillo.

Cora tenía cinco años. Dawson, tres. Callan, ocho mesecitos. Los estranguló en el sótano mientras su marido salía a por comida y medicamentos.

Juicio de Lindsay Clancy. Reuters Reuters.

Sin silla, sin niños, el retrato podría ser el de una mujer un poco nerviosa y con demasiado colorete en la sala de espera antes de una entrevista de trabajo. La profesora que mantiene una reunión con unos padres descontentos. Una paciente mientras escucha el diagnóstico de un médico, su segunda opinión. Nada delata que sus manos han matado a tres hijos.

(Quizás, solo quizás, el incómodo recuerdo de los ojos desorbitados de otro padre, José Bretón, en otro juicio, con otros niños asesinados...).

Esperamos, porque así nos lo han narrado en los cuentos, que el mal muestre alguna grieta que nos ahorre el esfuerzo de reconocerlo, una sombra, una boca ligeramente torcida, pero el caso es que esta mujer trabajaba como enfermera matrona y cuidaba de madres y de recién nacidos.

Sus familiares y amigos la describieron como una madre dedicada y cariñosa que durante meses pidió ayuda para el deterioro de su salud mental y que buscó tratamiento; la defensa ha sostenido que si bien recibió incontables y mal coordinadas prescripciones en cinco meses.

Había recibido el alta de un hospital psiquiátrico menos de tres semanas antes del crimen.

Aquella tarde…

La acusación describe su cuidadosa planificación: Lindsay calculó cuánto tardaría su marido en regresar, llevó a los niños al sótano, acabó con ellos uno detrás de otro.

La defensa, ante la misma secuencia, ve una mente destruida por la enfermedad, una voz masculina invisible, inaudible, que le ordenó matar a sus hijos y después suicidarse.

Fuera de la sala, muchos claman por la responsabilidad de un marido desdibujado que ya ha rehecho su vida. Exigen una mayor atención a la salud mental de las madres y, en especial, a la psicosis postparto.

Lindsay Clancy durante su juicio. Greg Derr Reuters

Los mismos hechos encuentran dos mujeres diferentes.

Con esta fotografía hacemos algo parecido. Buscamos en esos ojos arrepentimiento, locura, frialdad, dolor. Queremos que confiesen algo que la boca calla.

Durante el juicio, cuando mostraron las fotografías de la autopsia de su hijo pequeño, Lindsay Clancy comenzó a sollozar de tal manera que interrumpieron la sesión, pero eso tampoco aclara nada. ¿Qué prueban unas lágrimas?

Detrás de Lindsay Clancy vemos una pared de madera dividida en rectángulos regulares. Algo así es lo que el tribunal intenta hacer algo con ella, dónde acaba la enfermedad y dónde empieza la voluntad, el delirio y la decisión, la víctima y la culpable, hasta que caigan en la casilla exacta.

Dentro de unas horas, doce personas tendrán que conseguirlo. Decidan lo que decidan, los ojos de Lindsay Clancy permanecerán abiertos.

Y no nos dirán nada.