El asunto tuvo muy poca repercusión en Francia. Y, sin embargo, es uno de esos microacontecimientos que Michel Foucault llamaba "concreciones del tiempo" y que acompañan, o a veces aceleran, los giros de la Historia.
Se trata de portada de la revista New York Magazine del pasado 10 de agosto. Lleva por título "Habibi City".
New York Magazine es una gran y hermosa publicación. Nació en 1968, fruto de la intuición de Clay Felker y del genio gráfico de Milton Glaser.
Es una de las pocas instituciones surgidas en aquel momento de contracultura e innovación que sobrevivieron a los años de normalización que vinieron después. Con Tom Wolfe, Gloria Steinem, Pete Hamill y Gail Sheehy, vio nacer esa forma de periodismo tan escrito, subjetivo, irónico, a veces cruel, que recibió el nombre de "nuevo periodismo".
Inventó el "radical chic", proporcionó la matriz para la película Fiebre del sábado noche, y bautizó a toda una generación de jóvenes actores de los años ochenta.
Y, para que quede claro, la revista siempre ha sido bastante amistosa conmigo.
En concreto, acogió en 2008 un largo "Yo acuso" en el que desarrollaba mi tesis sobre los tres pilares del nuevo antisemitismo: el antisionismo, el negacionismo y la competencia entre víctimas.
New York Magazine has responded to the criticism of its controversial Habibi City issue. Read their statement carefully, because it does the thing it's apologizing for.
— Hen Mazzig (@HenMazzig) August 13, 2026
They say the issue captured "tensions and live debates that exist within these communities, including how they… pic.twitter.com/o5RdRGF33F
Este dossier, "Habibi City", tampoco tiene, conviene precisarlo, nada que pueda resultar chocante en su intención.
Habibi, en árabe, significa "amado". O "querido". Y el propósito era, en principio, expresar su amistad hacia un mosaico de comunidades que también forman parte de Nueva York y que, por proceder de Asia y de Oriente Medio, la autora agrupa bajo el acrónimo Swana ("South West Asia and North Africa": el sudeste de Asia y África del Norte).
El gesto es bello. Y justo.
Nueva York es, por excelencia, la ciudad que permite a los afligidos del mundo rehacer sus vidas. Es la ciudad de Ellis Island, donde desembarcaron oleadas de mujeres y hombres que huían de sus tierras natales, devastadas por la dictadura, la guerra o, sencillamente, la pobreza.
Y ahora aparece una nueva generación de afligidos, que en algunos casos se han convertido en sastres, DJs, humoristas de talento, chefs, y que dan forma a la nueva escena neoyorquina.
Había que contar este renacimiento cultural. New York Magazine lo ha hecho. Y eso está bien.
Las cosas se complican cuando uno entra de verdad en el texto.
Entonces descubre que lo que realmente une a los "Swana" no es ni un origen geográfico compartido ni una comunidad de sufrimiento, esperanza o renacimiento, sino un puñado de propuestas políticas que la autora del dossier va desgranando con una complacencia primero extraña, después embarazosa y que, muy pronto, se vuelve obscena.
Estos nuevos neoyorquinos, afirma, tienen en común haberse sentido humillados desde el 7 de octubre. O amenazados. O haberse visto obligados a reconstruirse mediante la resistencia y las manifestaciones.
Pero ¿contra quién son esas manifestaciones?
¿Contra las masacres perpetradas por Hamás?
¿Contra los hombres que violaron, mutilaron y asesinaron a mujeres de las localidades israelíes fronterizas con Gaza?
No, dice la autora. Porque Israel es el sionismo. Y el sionismo es racismo.
Israel, además, no es un país, sino una abstracción, una mancha en el mapa, un pedazo de tierra "que por ahora llamamos Israel".
Y si existe una identidad "Swana", si tiene coherencia y constituye un "nosotros", no es por los recuerdos del exilio ni por la alegría de haber encontrado una segunda patria, sino por una oposición compartida al "genocidio israelí".
Pero esto no es todo.
Porque, en el mapa de esta nueva sociedad neoyorquina surgida, en lo esencial, de Oriente Medio, están presentes todas las minorías. Encontramos a yemeníes, sirios, palestinos, pakistaníes y a muchos otros.
En realidad, sólo hay una ausencia. Una sola. Las mujeres y los hombres que hicieron una aliyá inversa, una yerida, y que, al abandonar Tel Aviv por Brooklyn, son también emigrantes de Oriente Próximo, pero cuya pertenencia a los Swana es, al parecer, "complicada".
Es decir, los judíos de Saná, Alepo o Teherán cuyas familias, en las décadas de 1950 y 1960, no fueron menos desarraigadas y expulsadas de esa misma región, pero que se han vuelto demasiado "sionistas". Y, por tanto, demasiado "xenófobos" para ser "habibis"…
🚨🇺🇸 ÚLTIMA HORA: Una sinagoga en Nueva York fue violentamente atacada y vandalizada esta noche por un matón antisemita que se infiltró, agredió a los fieles y los escupió.
— Isaac (@isaacrrr7) August 15, 2026
Así luce Nueva York bajo el gobierno de un yihadista de traje como Zohran Mamdani.pic.twitter.com/gQZTxZeXoL
Y ni hablemos de esos otros apestados, febriles y miserables que, un siglo antes, huían de los pogromos de Rusia, Polonia o Rumanía y no aspiraban más que a vivir en libertad.
Los descendientes de aquellas "multitudes hacinadas" a las que saludaba Emma Lazarus son demasiado europeos, demasiado blancos y no lo bastante "decoloniales" para ser verdaderamente neoyorquinos en el sentido de New York Magazine.
Todos ellos han sido borrados de la fotografía. Eliminados del mapa y del territorio.
En el Nueva York de Zohran Mamdani, y por emplear el lenguaje de Habibiland, los judíos, todos los judíos, cualesquiera que sean sus orígenes o sus opiniones, se vuelven invisibles.
Un día ya nadie se acordará de ellos salvo para, como el viernes pasado, irrumpir durante el servicio de shabat en la Sinagoga Central de Manhattan, insultarlos y golpearlos.
