El independentismo ha guardado un respetuoso y muy significativo silencio sobre Ceuta. El debate público se ha centrado en la cuestión humanitaria. Es decir, en el moralismo, que es el último refugio del tertuliano.

Y el debate político sobre el asunto ha sido, simplemente, inexistente.

A Gabriel Rufián se le ocurrió culpar a Trump y Netanyahu porque él siempre va un poquito más allá y ya está a otras cosas.

En cambio, los que supuestamente siguen a lo suyo han actuado casi como si la república ya existiese y los problemas de los españoles fuesen eso, cosas de españoles.

Es justo lo contrario. Este silencio no es signo de indiferencia, sino de preocupación. No es señal de independencia, sino de sumisión.

Ninguno de los líderes del procés puede, en modo alguno, alzar la voz contra Pedro Sánchez y dar el paso hacia el abismo que sería provocar su caída. Todavía no están preparados para la épica resistencialista frente a un gobierno de PP y Vox.

Pero es lógico que se esperase algo más del independentismo. No sé si tanto como que se atreviese a celebrar la posibilidad que Ceuta, Melilla y todos los colonos que las habitan queden bajo dominio marroquí. O que la final del Mundial no vaya a jugarse en el Bernabéu.

Pero sí al menos que quien pretenda "volver a hacerlo" aproveche estas oportunidades históricas para hacer, o decir, mejor, algo más. Para atreverse a señalar, por ejemplo, las debilidades de España, que no es indestructible y que parece especialmente reacia a mandar al ejército incluso allí donde sería útil y bienvenido (sea a Ceuta, como ahora, o sea a Valencia, como en la dana).

O conformarse al menos con recordar cómo el Estado, tan débil frente al fuerte Mohammed VI, sí supo cuando le convino ser fuerte con el débil y proteger su integridad territorial, como en aquél lejano octubre de 2017.

Son esperanzas vanas. Porque el independentismo no es partidario de aprovechar la debilidad del Estado para hacerse fuerte (eso era cosa de pactistas, de viejos convergentes), sino de aprovechar su fortaleza para cargarse de razones. Prefiere tener razón a tener poder.

Porque la razón da votos, y el poder sólo trae que responsabilidades y problemas.

Migrantes en Ceuta. Reduan Dris EFE

Si el independentismo quisiera aprovechar la crisis provocaría la caída de Sánchez y asumiría hasta con cierta ilusión la llegada al poder de PP y Vox. Para que fabricasen independentistas, como se decía antes.

Pero a estas alturas ha quedado clarísimo que tampoco sabrían qué hacer con ellos. De ahí que las únicas voces que se han alzado sean para discutir el posible reparto de menores entre las distintas comunidades autónomas. Para eso sí que ha salido Nogueras a hacer números y a recordar que ya basta (y que viene Orriols, que es ya el único tema de la política catalana).

Porque a la sumisión de los líderes del procés (y, con ellos, de sus partidos y proyecto) a Pedro Sánchez, se le suma ahora el temor al ascenso de Orriols. El pánico a que arrase con el orden establecido, con los liderazgos y los partidos del procés, que siguen siendo los mismos diez años después del fiasco, y que ni siquiera en una crisis de estas dimensiones pueden hacer más que política regionalista y que ni siquiera en esta política regionalista son capaces de romper con Pedro Sánchez.

Y ya no digamos con España.

Es comprensible. Orriols es la única que ha hablado claro y de lo suyo. Porque es la única que todavía puede hacerlo. La única que todavía puede elegir entre España y el califato.