Agosto tiene algo de laboratorio de ideas. Cuando la política baja el volumen, aparecen debates más veraniegos, con vida propia.
Este agosto hemos empezado discutiendo el auge de los hoteles adults only y, casi sin darnos cuenta, hemos terminado hablando de si los hijos son el último reducto de trascendencia que queda.
No es que la conversación sobre si los niños pintan algo, o no, en una sobremesa no me parezca relevante. El debate adults only no tiene desperdicio. ¿Se puede discriminar a los niños sólo por ser niños?
Es decir, es evidente que los niños no pintan nada en casinos o discotecas, pero ese es en realidad un derecho que ostentan los propios menores: el de ser protegidos de determinadas cosas.
Ahora bien, ¿tienen los adultos derecho a estar en espacios sin niños? ¿A ser protegidos de una infancia ruidosa?
¿Vetamos entonces también en misa a las señoras mayores porque les suena el móvil todo el rato?
He leído la columna de Ana Iris Simón sobre los hoteles adults only.
— El Equidistante (@elequidistante) August 9, 2026
Mira que escribe bien, pero siempre hay algo que me chirría en sus planteamientos, y en esta ocasión también.
El debate es interesante.
Ella lo cuenta como si el mercado se hubiera inventado la demanda: el… https://t.co/PhlUUyDAln
¿O a las que hablan a gritos en las salas de espera de los centros de salud?
¿Vetamos en el AVE a los señoros que se pasan el viaje cerrando negocios y avisando de cuánto les queda para llegar a su destino?
Es verdad que nunca antes habíamos considerado la convivencia con los niños como algo opcional. Y eso también tiene mucho que ver con que, gracias al aborto y a los anticonceptivos, tener hijos se interpreta cada vez más como una decisión puramente personal. Como el coche que te compras o la serie de Netflix que ves por la noche.
Pero también es verdad que antes cualquiera podía regañar al niño que te tocaba las narices en el restaurante sin que los padres amenazaran con poner una demanda. Preguntadle a cualquier profesor de cualquier colegio si el problema actual de la infancia y de la adolescencia son los niños o son los padres.
Spoiler: son los padres.
Sin embargo, pregúntale también a cualquier padre de cualquier niño y te hablará de cómo desde el momento en el que anuncias que vas a tener hijos, la paternidad es un campo de batalla.
Niños del 'Depor'.
Y los primeros enemigos son otros padres: lactancia, colecho, baby led weaning, gentle parenting, crianza consciente.
Tú sólo querías tener un hijo y antes de que venga al mundo ya te han explicado las cien maneras diferentes en las que le puedes arruinar la vida fastidiándole el apego desde sus primeras respiraciones.
Y si no le pusiste la misma canción en bucle durante todo el embarazo, olvídate de que duerma en ningún momento.
El mundo te lanza el mensaje de que eres el único responsable de la futura felicidad de tu hijo y de que tienes todas las papeletas para fastidiarla. En el trabajo te felicitan porque mantienes el ritmo y sigues saliendo a las 19:00 de la tarde y qué bien que no te esté pesando nada la maternidad.
Y el segundo hijo lo espaciarás un poco, ¿no? Porque "dos bajas tan seguidas son complicadas" y vas a cargar mucho al equipo.
Así que, a lo mejor, podemos estar de acuerdo en que hay un legítimo derecho a que se popularicen los espacios sólo para adultos.
Pero también en que no podemos ignorar que ese fenómeno está teniendo lugar a la vez que se deja cada vez más solos a los padres.
Y mientras discutimos si el capitalismo ha creado un mundo en el que queremos hoteles, restaurantes y bodas sin niños, hay todo un mercado dispuesto a explotar exactamente el deseo contrario: el de tenerlos. Clínicas de reproducción asistida, tratamientos de fertilidad, aplicaciones, productos, cursos, expertos en sueño, expertos en lactancia, expertos en alimentación, expertos en apego.
El mercado no está contra los niños ni a favor de los niños.
El mercado está, fundamentalmente, a favor de todo aquello por lo que alguien esté dispuesto a pagar.
Como persona sin hijos y muy a favor de que existan, lo que tengo claro es que tener niños hoy es una decisión a contracorriente.
Porque no se puede meter del todo en un Excel, aunque tenga una dimensión material evidente. Tener un hijo cuesta dinero, tiempo, sueño, oportunidades laborales y, en muchos casos, una parte considerable de la autonomía personal.
También es una apuesta por algo que no se mide tan fácilmente: aquello a lo que quieres entregar tu vida. Y precisamente por esa parte difícil de medir, me pregunto si los hijos pueden convertirse en la próxima gran trinchera ideológica de Occidente.
Quizá lo que pasa es que detrás de la pregunta aparentemente inocente de "¿quieres tener hijos?" hay ya casi una declaración de principios: qué relación tienes con el futuro, cuánto valoras la familia, qué estás dispuesto a sacrificar, qué entiendes por realización personal y hasta qué punto crees que tu vida tiene que servir para algo que vaya más allá de ti.
Durante años, desde determinados sectores del ecologismo y del antinatalismo se nos ha explicado que tener hijos era poco menos que una irresponsabilidad contra el planeta. Que cada bebé era una nueva boca que alimentar, un consumidor más, otra mochila de carbono.
Si querías salvar el planeta, mejor plantar un árbol que tener un hijo.
No he dicho nada de los «Adults Only» porque ya lo había hecho muchas veces antes, pero me he cansado tras la cantidad de estupideces que he leído por aquí. Por orden:
— Miss Bennet (@Miss_Bennet5) August 12, 2026
Si sois incapaces de educar a vuestros hijos para que no parezcan cabestros, no es mi culpa.
Si no os da la…
Ahora empieza a pasar algo curioso. Mientras unos nos explicaban que reproducirse era egoísta, otros han empezado a explicarnos que lo verdaderamente egoísta es no hacerlo.
Bienvenidos al natalismo.
La tesis es más o menos la contraria: Occidente se queda sin niños, las sociedades envejecen, las pensiones se tambalean, faltan trabajadores y dentro de unas décadas habrá demasiados viejos y muy pocos jóvenes para sostener todo el invento.
Así que tener hijos deja de ser simplemente una decisión privada y empieza a adquirir una dimensión casi de ética pública.
Ya no eres sólo una persona que quiere ser padre. Eres alguien que está contribuyendo a salvar la civilización.
Y así, si antes el que quería ser familia numerosa estaba matando el planeta, ahora el que se quiere ir en el vagón del silencio está aniquilando el futuro de la humanidad.
Uno de los profetas de este nuevo natalismo es Elon Musk, que tiene catorce hijos con cuatro mujeres. No sé si la regeneración moral de Occidente puede descansar sobre la agenda reproductiva de un señor que parece gestionar la paternidad como quien gestiona una cartera de inversiones.
Los hijos se usan cada vez más para reafirmarse como progresista o reaccionario, según si los tienes o no, cuántos, cómo los vistes, cómo los educas, a qué colegio los llevas y cuánto azúcar les dejas comer. En un mundo en el que la identidad se construye enseñando constantemente quiénes somos, los hijos son un escaparate más con el que demostrar que uno está en el lado correcto de la historia.
Porque en eso consiste en realidad la batalla cultural. En hacer que decisiones íntimas que antes pertenecían a la esfera de la vida privada acaben convertidas en credenciales ideológicas.
Y aquí conviene hacer una última distinción. Para quienes creemos en Dios, los hijos sí tienen algo que ver con la trascendencia, pero precisamente por eso no pueden confundirse con ella. Un hijo es una forma extraordinaria de salir del pequeño perímetro del yo, de entregar la vida a alguien que no controlas y que, de hecho, terminará marchándose. Es una experiencia de trascendencia precisamente porque te recuerda que no eres el centro.
Pero el hijo no es Dios, ni la maternidad es una religión, ni tener catorce hijos te hace más santo que tener ninguno. Tampoco tenerlos garantiza haber entendido para qué estamos aquí.
En fin, antes te preguntaban cuándo ibas a tener hijos.
Ahora quizá tengamos que prepararnos para que nos pregunten por qué no estás salvando Occidente con ellos.
