Qué mujer extraña, deben pensar los dos muchachos que se encuentran en un segundo plano. Uno de ellos mira directamente a cámara, quizás con la ilusión de aparecer en la fotografía, atrapado en la órbita de la extranjera de gesto apacible y gafas de maestra de escuela.

Y lo más extraño de ella no es el fusil, sino el pañuelo. Una confía en encontrar en una miliciana de 1936 el gesto decidido, el puño cerrado, la mandíbula crispada de quien está dispuesta a cambiar el mundo.

Pero Simone Weil aparece con un lazo al cuello que parece colocado por una madre previsora antes de que saliera de casa. Da la impresión de que, en cualquier momento, alguien fuera a decirle que se abrigue y que no se olvide de comer, que está muy delgada.

El fusil, en cambio, parece prestado. No digo que no sepa usarlo (llegó como periodista, pero sin duda sabría usarlo), sino que no termina de pertenecerle, como si fuera uno de esos paraguas que cogemos en la recepción de un hotel cuando salimos, porque anuncian lluvia, y luego pasamos toda la tarde ansiosos, con la obligación contraída de devolverlo.

Es posible que por eso la fotografía resulte tan inquietante. No parece la imagen de una combatiente, sino la de una estudiante de filosofía que, por un error administrativo, hubiera acabado matriculada en la guerra.

En realidad, es lo que era.

'La gravedad y la gracia', de Simone Weil. Alianza Editorial

Barcelona 1936. Simone Weil había llegado de París convencida de que la República representaba una causa justa. No era una turista revolucionaria, aunque hoy tendamos a imaginar así a cualquier intelectual que pisa un conflicto. Simone, burguesa, judía, una intelectual brillante, compañera de clase de Simone de Beauvoir, había rechazado con un enorme compromiso los privilegios de su origen.

Trabajó en la Renault y como jornalera para comprender la vida obrera desde dentro, porque creía, con una sinceridad dolorosa, que las ideas tenían la obligación de convertirse en actos. Allí, dijo, recibí la marca del esclavo.

Esa misma sensibilidad sindicalista y, paradójicamente, pacifista, la condujo a la Columna Durruti, con el bando republicano.

La realidad no confirmó sus convicciones. En Aragón presenció ejecuciones arbitrarias, humillaciones, la violencia ejercida dos minutos después de que se pronunciaran palabras como justicia o libertad. Descubrió que las consignas más nobles podían convivir con la sangrante crueldad. Comprendió que las víctimas de ayer poseían también la capacidad de generar nuevas víctimas, y eso la rasgó de lado a lado.

Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Es un día precioso. Si caigo presa, me matarán… Pero lo tengo merecido. Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice.

Hay quien, cuando una idea fracasa, cambia de bandera con la misma fe con la que antes defendía la anterior. Simone Weil hizo lo contrario, y buscó la más humilde de las verdades. Las atrocidades contempladas terminarían conduciéndola al cristianismo de la compasión radical, el de la atención absoluta hacia el otro, el de la renuncia. Descubrió que el verdadero enemigo se escondía menos en la clase social o en un partido político, que en esa fuerza oscura con la que el ser humano justifica cualquier barbaridad, si cree hacerlo en nombre del Bien.

Y así, una mujer enamorada de la inteligencia acabó hablando de la gracia. No veo aquí una auténtica contradicción. Creo que llegó a la conclusión de que, si bien la inteligencia sirve para desmontar las mentiras del mundo, necesita de algo más para que no fabriquemos otras nuevas.

Vuelvo al pañuelo. No al fusil; porque el fusil pertenece a una época y el pañuelo a una persona. La guerra, cualquier guerra, intenta uniformarnos. Nos convierte en soldados, en camaradas, en enemigos, en héroes, en mártires.

El pañuelo de Simone Weil, en cambio, se empeña en recordarnos que bajo el uniforme se mueve una mujer miope, torpe, frágil, capaz de quemarse accidentalmente con una sartén de aceite, como de hecho le ocurrió pocos días después, obligándola a abandonar el frente.

No, la fotografía no retrata a una miliciana: inmortaliza el último instante en que Simone Weil creyó que el mundo podía salvarse a través de la ideología.

Todo lo que vino después fue mucho más difícil, mucho más verdadero.