Esa chica ceutí, llorando de miedo ante las cámaras mientras la rodean una decena de jóvenes marroquíes, no tiene derecho a tener miedo.
Es algo que ha explicado, muy bien según me cuentan, el feminismo interseccional. Y yo no tengo mucho que añadir.
Es pura ciencia. Y el cálculo impone aquí en esta circunstancia ser cruel o al menos indiferente a las lágrimas y a los miedos de esa chica que en otro momento, en otra situación, rodeada por otros jóvenes de otras razas y orígenes, merecerían toda nuestra solidaridad y hasta unas cuantas campañas de concienciación y denuncia.
A la chica se le critica que tenga miedo ante los 50.000 jóvenes desconocidos. Pero la crítica al miedo se extiende mucho más allá de ella y de sus conciudadanas, condenadas por sus prejuicios, por la geografía y por las ocurrencias del rey vecino a una vida de sobresaltos perfectamente evitables.
Evitables… con los estudios y la ideología correcta, imagino.
Es una crítica que veo extenderse hacia cualquiera que tema a las peores posibilidades del futuro y que no abrace entusiasmado lo que el futuro y Pedro Sánchez nos deparen.
💥 La ceutí Rocío Gil reclama más presencia de efectivos policiales: "Tengo miedo, estoy temblando" https://t.co/HNNwiDY6nY
— Antena 3 Noticias (@A3Noticias) July 31, 2026
Críticas de valientes imbéciles que se atreven a creer y a afirmar, desde sus vacaciones en Tailandia a cargo del contribuyente, que no tenemos nada que temer porque no tenemos nada que perder.
"Pijos", como definía Marc Giró con su morro habitual, que no son conscientes de los privilegios que tienen.
Y que no viendo a la gente jugándose la vida y muriendo en las aguas de Ceuta (por la simple ilusión de llegar algún día a catar lo que es para ellos, e incluso para nosotros, pobres currelas, un día normal) son incapaces siquiera de sospechar lo mucho que tienen, lo mucho que se les ha dado y lo muchísimo que cuesta mantenerlo.
Esta valentía, impostada por ideología e impuesta por la propaganda sistémica, es en realidad una ceguera voluntaria y cobarde de quien se finge lumpen porque no se atreve ni siquiera a contemplar lo mucho que pueden llegar a torcerse las cosas.
Inmigrantes en Ceuta.
Esta condena recurrente al miedo, esta valentía y esta especie de alegría obligatoria, ya la vimos con todos sus efectos durante la pandemia. Salían Salvador Illa y Pedro Sánchez con el Ejército detrás a recordarnos que no había nada que temer, que había que cantar y aplaudir y obedecer alegres las instrucciones que nos diese el gobierno porque lo demás era negacionismo y extremoderechismo.
Sabemos perfectamente lo que significa y lo que implica que los palmeros del gobierno estén condenando estos días el miedo de los ceutíes y de cualquier hijo de vecino, y sabemos lo que implica la alegría obligatoria impuesta desde el poder.
El desprecio, la condena al miedo, que se ve a las claras en la formulación y popularización de insultos ahora tan graves como el de islamófobo o tránsfobo, es una necesidad ideológica del progresismo naif que nos gobierna, donde toda política puede justificarse si es capaz de presentarse como un avance o un progreso y donde toda crítica, duda o discrepancia será silenciada si se es capaz de presentarla como una posición retrógrada de quien ha quedado atrapado en el lado equivocado de la historia.
El miedo funda prudencias, virtudes, sólidas alianzas internacionales, Estados y hasta civilizaciones. El miedo, y no la fe ciega en el progreso ni en la intrínseca bondad de las mandas de jóvenes ilusionados, es lo que funda sociedades libres que se protegen de la barbarie del prójimo y de la arbitrariedad del poderoso mediante la ley.
El miedo funda sociedades libres. El optimismo ingenuo sólo puede fundar sociedades totalitarias.
Sólo los súbditos perfectos de las peores tiranías viven libres de cualquier temor y plenamente confiados en sus líderes, en el sistema y en el futuro.
Servite domino in laetitia.
