A principios del siglo XIV, Gerardo Segarelli, que entendía el ideal cristiano de pobreza de forma excesivamente literal, se dedicó a recorrer las calles de Italia conminando a los sobresaltados viandantes a desprenderse de sus bienes, arrepentirse y hacer penitencia: penitentiam agite, les decía.

Tanta lata dio, que fue quemado en Parma por una iglesia poco predispuesta a la pobreza exagerada.

Pero Fray Dulcino de Novara recogió sus enseñanzas, aportó sus propias ideas, y creó una secta: los fratricelli.

Luego, Umberto Eco escribió El nombre de la rosa, y Jean Jacques Annaud llenó la pantalla con los tipos más feos que hasta entonces se habían visto en el cine. Allí estaba el fratricello Salvatore gritando penitenciagite a Sean Connery, y ahora tenemos a Óscar Puente dirigiéndonos una homilía completa desde su púlpito de X.

Ahora el asunto central no es la pobreza (que se lo digan a Zapatero), pero persiste el señalamiento de los pecadores, que son los culpables de todos nuestros males.

Porque ante los incendios Pedro no tiene un plan, sino una plegaria: "pacto climático". Es una rogativa que, para empezar, explica que la inacción gubernamental es irrelevante ante la furia de la Madre Naturaleza.

El ministro de Transportes, Óscar Puente, en los pasillos del Congreso. Europa Press

Sánchez anunció en 2022 una renovación de los aviones apagafuegos que asciende actualmente a cero aparatos, pero ¿qué más da? ¿De qué habría servido tener más medios ante la justa ira de nuestro planeta?

Pero, además de la liberación de responsabilidad, la oración tiene un segundo efecto aún más importante: explicar que los verdaderos culpables del fuego son los negacionistas de derechas. Detrás de los incendios, dice Puente, están sus políticas.

Por eso, hasta que no se acabe con ellos (o, al menos, se elimine la alternancia en el poder) no habrá manera de combatirlos.

Y por eso el tertuliano orgánico Javier Aroca ha explicado que los madrileños "deben asumir las consecuencias" del fuego por votar a la derecha: "ni una lágrima" por los herejes ayusistas.

En suma, el pacto climático de Sánchez es una liturgia en la que cada uno debe asumir su papel: los sanchistas en La Moncloa, y la derecha en el infierno de la oposición. Es religión disfrazada de ciencia, que es a lo que se refería Pedro con su gorra de make science great again.

Todo esto es normal, y repite el esquema de la dana: la culpa fue del cambio climático y del Ventorro, y cualquier alusión a las obras de canalización que el gobierno no hizo es una ordinariez.

Los pueblos se inundan, los bosques se queman, y las mujeres mueren por los pecados de los negacionistas.

No pidáis al Gobierno, ofreced en sacrificio a la oposición. ¡Penitenciagite!

Es normal que Sánchez tenga a sus apóstoles dando caña, y él, en principio debería haber adoptado la expresión beatífica de quien está por encima de todas las miserias, pero se preocupa por todos nosotros.

Entonces ¿por qué los tiktoks del presidente? ¿Qué hace tan feliz en su sofá, recomendando libros que no lee y música que no escucha?

A la vez que comenzaba el incendio de Burgohondo, Sánchez celebraba el día del perro en los jardines de Moncloa. ¡El día del Perro!

Vale, tal vez no sospechaba las dimensiones que el fuego iba a alcanzar.

Pero es que anteayer, con decenas de miles de personas evacuadas y un récord de hectáreas calcinadas, el presidente recomendaba sonriente un libro sobre el peligro de la IA y el último disco de Placebo, tal vez para que lo escuchen las personas confinadas.

En otro TikTok (por las ropas parece que es del mismo día), recibe con emoción el cariño grabado de una niña gazatí a la que dice que "el conjunto de la sociedad española (zoom de la cámara) os escucha (zoom), os ve (zoom), os quiere (zoom), y no os olvida (cara de Pedro en primer plano)".

Faltó un ¡chan! que acompañara a cada acercamiento, pero en todo caso es un efecto sofisticado que no se veía desde que los Simpson lo aplicaron a una vaca para mostrar su mirada siniestra.

¿Por qué lo hace? Su narcisismo lo lleva a una estimación desquiciada según la cual su capricho vale tanto como el bienestar de millones de ciudadanos. Y da la impresión de que disfruta metiendo el dedo en el ojo de un porcentaje creciente de ellos, y esto son muchos ojos.

Tal vez sea su forma de vengarse de los que lo increpan cuando sale a la calle, de los que han condenado a su hermano, o del jurado que juzgará a su cónyuge. No es de extrañar que, en los comentarios en las redes a sus tiktoks, abunden las referencias a Nerón.

¿Cómo le recordará la historia? Regular.

Aunque tal vez la explicación sea más sencilla, y sea que nuestro presidente se está empezando a descacharrar.

En una de sus últimas intervenciones, mientras presentaba una dotación de diez millones de euros para "refugios climáticos" (sea esto lo que sea), dijo que todos somos "vulnerablos" a la "emergencia climático" que deben estudiar "los mejores y las mejoras", en lo que pareció un homenaje a Doña Croqueta o tal vez la evidencia de un déficit de mantenimiento en su módulo de género.

Esperemos que el climático aguante mejor.