Llegué a Fuenterrabía, abrí la puerta del apartamento, me senté encima del mar y me dispuse a levantar esta columna (la última antes del verdadero verano) con más resignación que vocación. Quería escribir sobre el verano. No sabía muy bien qué. Algo que encerrara esa suerte tan poética que estrenamos en julio y muere en septiembre.
Pero no pude. Me di la vuelta y estaba allí. Mirándome fijamente como todos estos meses, impreso en la cubierta de un libro dormido en una estantería del apartamento de alquiler: José Luis Rodríguez Zapatero. El libro se titula Viajando con ZP.
Era mi condena. Viajar con él hasta la última letra.
Había venido a Fuenterrabía, a Hondarribi, a visitar la tumba de José Bergamín, agitador cultural formidable, poeta del 27, intelectual icónico de la República, escritor de altura en casi todos los géneros. Y tuve que hacerlo en compañía de Zapatero, el presidente español con un final del camino más parecido al que tuvo don José.
Cuando Bergamín regresó a pasear por estas calles de adoquín y piedra allá por 1982-1983, poco quedaba del pueblo que conoció de niño. Estaba programándose el derribo del Hotel Concha, donde se alojaba con su familia. Los lugares que visitaba a escondidas con la novia que luego fue su mujer, Rosario Arniches, ya sólo eran postal y recuerdo.
Debe de ser así siempre, el paso del tiempo disolviéndolo todo, arrasándolo como la lava de un volcán, porque, al entrar en el casco viejo de Fuenterrabía, precisamente subiendo desde donde estaba el hotel predilecto de los Bergamín, se tiene la sensación de viajar cientos de años atrás.
José Bergamín y su esposa Rosario Arniches, en la playa de Fuenterrabía.
Supongo que siendo viejo, llevando como Bergamín una americana de cuadros hasta en verano, un bastón de madera y el ceño fruncido, el pueblo milenario, por milenario que parezca, ya no es el mismo. Ha cambiado.
En aquella visita, Bergamín se refugió del futuro en casa de Alfonso Sastre (otro genio que enloqueció) y de Eva Forest (colaboradora de ETA en atentados sanguinarios). Con ellos compartió su enmienda a la Transición, un proceso que les resultaba ajeno y fascista.
Habría sobre la mesa algún ejemplar del diario Egin y de la revista Punto y hora, donde Bergamín, ¡que tan bellas revistas había editado!, colaboraba en su último papel revolucionario: gudari de Euskal Herria sin saber una palabra de euskera.
Alfonso Sastre y Bergamín, en aquel encuentro de los ochenta en Fuenterrabía.
Zapatero, que no conoció a Bergamín, no ha dicho tanto como el poeta, pero ha sido mucho más efectivo que él en la erosión de la Transición. Entré en la iglesia de Santa María, una iglesia gótica preciosa, del XV-XVI, levantada sobre las murallas medievales.
En uno de los lados del púlpito, luce una placa que reza por los vecinos del pueblo muertos en la Guerra Civil. Sin especificar su bando. Supongo que no la habría firmado entonces Bergamín ni la firmaría hoy Zapatero.
La ingenuidad con la que Bergamín se fue acercando a la izquierda abertzale hasta mimetizarse con ella me recuerda a la de Zapatero al acercarse a los regímenes totalitarios, pero también a nuestros nacionalistas huidos de la Justicia.
Zapatero empezó reivindicando el patriotismo republicano de las izquierdas españolas (el de Bergamín, Lorca, Alberti o Hernández, tan necesario hoy) y ha acabado, como el propio Bergamín, arrimando a la izquierda al pacto continuo e indisoluble con quienes quieren anular ese patriotismo.
Esta cosa tan seria y tan inquietante la pensé en la cima de la Plaza de Armas, mirando al mar y llamando al Senra, el bar con la mejor ensalada de tomate... que ha cerrado para siempre.
¡Cómo vamos a tener fe siquiera en el verano si ha cerrado el Senra!
Bergamín aseguraba que podía compatibilizar su catolicismo y su patriotismo republicano español con las tesis de Herri Batasuna, partido al que más afecto y apoyo mostró... en plenos años del plomo.
Salvando las distancias, y con una democracia consolidada de por medio, eso hace Zapatero cuando compadrea con el bolivarianismo y sus satélites. Él dice que no han cambiado su talante ni sus ideas fraternales, pero eso no le impide abrazarse a ellos con la vocación de hacerlos mejores.
En los años de la Guerra Civil, Bergamín, el intelectual más influyente de la República, el hijo de un ministro de la Restauración, convivió primorosamente con los comunistas, gente con la que no tenía nada que ver. Mono azul y pistola al cinto. Fueron (él aceptó la expresión) "compañeros de viaje". Una unidad de destino en lo universal.
A bordo de esa ironía formidable que le caracterizaba, solventó así su aparente contradicción, que era en el fondo una sociedad de intereses compartidos: "¡Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más!".
Me acordé de Zapatero, que me acompañaba en la libreta y me decía frente al palacio de Carlos V: "Con los comunistas hasta la caja fuerte, pero ni un paso más".
Bergamín, en Euskadi, en una de sus últimas fotografías públicas.
Aquí, en lo de la cartera, se abre lo que podríamos llamar (por decirlo con Borges, al que trató Bergamín y al que admira Zapatero) "el jardín de los senderos que se bifurcan". Conviene verlo al trasluz del parque de San Marcos, al que los vecinos llaman "de la millonetis" en honor a su antigua propietaria. Una especie de jardín botánico en miniatura.
Al lado de Bergamín, Zapatero es un "millonetis". Para afirmarlo, no hace falta esperar a que se dilucide judicialmente todo lo que se le imputa. Basta el millón y pico de euros en joyas sin declarar para abrir un abismo entre los dos.
Bergamín, como solía decir, "vivía de milagro" en todos sus exilios; y con bastante humildad en su última etapa, la de San Sebastián. Cuentan sus amigos que, gracias a los dos últimos premios que le dieron en vida, pudo recuperar algunos "vicios gastronómicos".
¡Qué diferente se les dio a los dos la estancia venezolana!
Zapatero, que presuntamente, aquí desde luego presuntamente, iba a vivir en León, desplazándose a Madrid en tren para participar como miembro del Consejo de Estado y conformarse con un módico sueldo de 100.000 euros al año, se abrazó al capitalismo para alcanzar como lobista con piel de cordero cotas mucho más altas que el alto de Guadalupe.
Por aquella carretera, la de Guadalupe, quiso regresar Bergamín a Donosti desde Fuenterrabía porque era el paraje que permanecía más parecido a lo que quedaba en el corazón de su memoria.
Fui descendiendo en dirección al mar. Me adentré en el barrio de la Marina por la calle de San Pedro, con sus casas de dos alturas, piel blanca y tejados rojos y verdes. Me tomé un helado en La Valenciana, que está abierta desde 1936, fecha icónica en la vida de mis dos acompañantes.
Bergamín, viviendo las dos, 1936 y 1978, se quedó en la guerra. Zapatero, viviendo solo 1978, se quedó en 1936.
No sé por dónde cruzaba Bergamín a Hendaya para ver a Miguel de Unamuno, su maestro, exiliado allí de la dictadura de Primo de Rivera. Lo más probable es que lo hiciera en el tranvía eléctrico, pero también, por qué no, quizá algún día se subiera en la barca de un botero para cubrir el pequeño trozo de mar que separa los dos países.
El paso por este pueblo para ver a don Miguel y su noviazgo con Rosario Arniches fueron dos circunstancias que determinaron el entierro de Bergamín en Fuenterrabía. Hubo una corona de flores de Rafael de Paula, pero muchas más de la izquierda abertzale: una muy grande de Batasuna.
Última foto con vida de José Bergamín.
Lo despidieron puño en alto y cantando el Eusko Gudariak. ¡A don José!
Pensé en Zapatero mientras divisé a Bergamín remando en un bote hacia la laguna Estigia, que el día de esta crónica era el mar Cantábrico. Todo lo que se hace como expresidente ya es epitafio.
Si esto sigue así, ¿quién despedirá a Zapatero cuando muera? ¿Brotarán tantas sorpresas como aquel 29 de agosto de 1983?
Llegué a casa de mi paseo. Ya no estaba José Bergamín, pero en la tele, Zapatero, esa es nuestra condena, explicaba que sus joyas estaban ahí, en la caja fuerte, sin ningún afán patrimonial. Era una nueva versión de la superioridad moral: si cualquier otro tiene ese millón oculto, es para especular. Si lo tiene él, se trata de un despiste inofensivo.
Qué aforismos tan brillantes habría podido escribir el poeta con esas declaraciones.
A Zapatero, últimamente, ya no hay por dónde cogerlo. A Bergamín, se abre paso el verano, siempre podrá abordársele con gusto por cualquiera de sus libros.
Es este un lugar, Fuenterrabía, indicado para dejar morir las obligaciones. Es una frontera donde los móviles enloquecen porque no saben a qué país agarrarse.
Ya hemos muerto, al fin. Sólo leemos, no escribimos. ¡Viva Bergamín! ¡Viva Largo Zapatero!
Dice la estela de piedra que adorna la tumba del poeta:
"Aquí he encontrado mi mar
y la mar poderosa y fuerte,
aquí encontré la muerte
sin tenerla que esperar".
