El otro día, cuando Carlos Alsina estaba a punto de comenzar su último monólogo, me senté ahí enfrente, en las butacas del estudio frente al presentador, y pensé que tenía una cita con la historia de la radio, igual que cuando aprobé el bachillerato fui a Wimbledon y aquel diciembre, de milagro, conseguí una entrada para ver a Paul McCartney.

Eran las mismas sensaciones. Había escuchado tanto a Alsina como las canciones de los Beatles y aquello se acababa. No iba a haber una próxima vez. Lo de Wimbledon no sé por qué lo pensé, porque siempre, ahorrando, ahorrando, que dirían Iturriaga y el profesor Rodríguez Braun, podré regresar.

Quizá pensé en la hierba, en los trajes blancos, porque el monólogo y la entrevista de Alsina son como el revés cortado de Federer subiendo a la red.

"Y ahora, ¿qué vamos a hacer?". Me lo han preguntado muchas veces estos días, casi todas en situaciones insospechadas, como elevando la voz de Alsina a la voz de Dios, omitiendo el sujeto.

Iba a tirarme a la piscina, estaba subido en el bordillo y un hombre, en la calle de al lado, con gafas y aletas, en la misma posición, me lo dijo mirando al horizonte: "Y ahora, ¿qué vamos a hacer?". Hay mucho pirado, así que pensé en contestarle: "Nadar mil metros". Pero, al reparar en mi asombro, añadió: "¡Qué vamos a hacer sin el patrón!".

Entonces, me entraron ganas de abrazarlo. Era un hermano.

La vicepresidenta Yolanda Díaz con Carlos Alsina en Onda Cero. Onda Cero

Estos días tendría más sentido hablar de los oyentes de Alsina que del propio Carlos Alsina Álvarez, nacido en Madrid hace millones de años y que siempre estuvo ahí, a la luz de las estrellas, escribiéndonos el día que empezaba.

El oyente de Alsina es, más o menos, alguien que, en el último segundo, le pide una foto a Alsina temeroso de estar molestando, musita un escueto "gracias" y luego se disculpa casi avergonzado de haber podido molestar.

Los he visto. Forman parte de una familia criada en el pudor, la distancia educada y la cultura. Me podrán decir que está mal generalizar, pero he visto a muchos, muchísimos a lo largo de cuatro años y se enclavan en un 'país de nunca jamás' donde esa distancia, ese pudor y esa ironía se expanden hacia los lugares donde escasean: la política y la gestión del desempate.

Cabría añadir un matiz: el político oyente de Alsina. Uno de ellos, al que se le tiene por más brillante en la dialéctica, me confesó en el Congreso: "¿Ir a Alsina? ¿Estás chalado? Hay que madrugar y estudiar muchísimo. No tengo nada que ganar".

Y una ministra, en una fiesta de este periódico, ya en la oscuridad, alumbró algo que sospechaba: en el Gobierno son mayoría absoluta los que prefieren a Alsina por las mañanas. Igual que en Génova.

Como en las profesiones liberales, como entre todos los que quieren que la vida les sorprenda en los días de la polarización. ¿Quién sabía lo que iba a decir Alsina de la gestación subrogada, la eutanasia o la legalización de la marihuana?

He escuchado a Alsina siempre con la devoción con la que mis abuelas iban a misa. Lo hacía en el coche de mi madre, volviendo de la universidad, cuando tantos nos decían que el periodismo no servía para nada. ¿Cómo no iba a servir si ponías la radio y sonaba algo así?

Un verano, llegué de becario a Onda Cero y lo vi aparecer con sus camisas de manga corta (Umbral decía que había que encontrar un defecto como fuera para que la alabanza desmesurada tuviera credibilidad) y confirmé que Alsina era un producto único. Se sentaba a escribir como el que se sienta a escribir una novela o una sinfonía.

Lo escribía absolutamente todo. Todo lo que tiene, en un programa de radio, un componente de interpretación, opinión o crónica.

Esto no es lo habitual y lo contrario no significa un defecto. Un programa de radio es un territorio inabarcable.

El periodista Carlos Alsina. Europa Press

El otro día, un profesor de Literatura me dijo: "Pídele un relato a Alsina para una antología que estoy haciendo, por favor. Escribe de maravilla. Puede escribir lo que quiera". Por supuesto, no lo hice. Alsina siempre está escribiéndole a la radio, bien sea la informativa o la de ficción.

Pasaron, quizá, algo desapercibidos por culpa del vendaval de actualidad del que se acaba de apartar, pero sus trazos de documentalista, historiador y escritor están en Caifás, el sumo sacerdote y en 1931, dos pódcast de Onda Cero donde volcó algunas de sus genuinas pasiones: la religión siendo ateo y la II República siendo... ¡qué coño es Alsina!

Por cierto, las obsesiones aparentemente inocuas siempre sirven de algo. Recordaréis aquel día: Zapatero trató de colarle en una entrevista que la amnistía de Sánchez era como la de Azaña. Y Alsina, arqueando levísimamente las cejas, contestó sin inmutarse: "No, presidente. La de Azaña iba en el programa electoral".

Alsina es como el Aleph de Borges, un objeto fantástico donde se contienen todos los puntos del universo. Si nos preguntan a cualquiera de sus oyentes "qué es Alsina", diremos que lo sabemos perfectamente, pero que no lo podemos explicar.

Alsina, como Fraga (ya siento este paralelismo, es peor que lo de las camisas de manga corta), tiene el Estado en la cabeza. Lo que nunca he sabido es si eso es algo que está ahí desde hace años o si va alimentándolo conforme los asuntos le asaltan.

Lo segundo, a priori, sería más probable, pero me parece imposible, porque, ¿cómo vas a adquirir ese conocimiento del detalle en una, dos o tres tardes?

Alsina duerme como dormían los hombres más antiguos: tres horas por la noche y tres horas después de comer. Así durante veinticinco años. ¡Cómo no va a desayunar churros (casi) todas las mañanas!

Hay algo poético en esa imagen: la del locutor que, mientras todos dormimos, nos vela escribiendo unas cuartillas en medio del monte, bajo una luz amarilla, protegiéndonos de las bestias que nos acechan.

Cómo no vamos a sentir desasosiego ahora.

He pensado estos días en una oyente que me dijo: "Con todos estos líos, yo no quiero saber nada. Escucho el monólogo por la mañana y con eso me basta". Es como si le hubieran matado al padre. Calma, señora. Se va Roger, pero llega Rafa.

Por las mañanas, al salir de la radio, me cruzaba con mucha gente, todos con auriculares. Eran las ocho de la mañana. Había un pacto de no agresión: no nos saludábamos para no interrumpir la escucha.

El día que Alsina reveló que dejaba el tramo matinal, dijo: "Estoy gastado". No dijo "estoy cansado". No es lo mismo. Cansado se puede estar de madrugar, de hacer radio, de trabajar. Gastado, supongo, se está de que la política siempre sea lo mismo.

Esta temporada se inventó lo del "les voy a contar una historia", que imagino no era otra cosa que un reto: un ejercicio para divertirse. Alsina ya no peleaba con los argumentarios políticos, sino que peleaba con su propio argumentario. Los monólogos, destilando, destilando, se habían convertido en un viaje a la conclusión repleto de dudas; un proceso con el que era fácil mimetizarse.

Nunca se sabe en qué está pensando Alsina. Te mira igual si le gritas "¡viva el pacharán!" que si le pides el decálogo de la buena entrevista. Lo que sí es fácil saber, conociéndolo, es que esta nueva etapa (¡que no se va, qué manía!), la del magazín, no va a ser un retiro dorado.

Alsina no se va al Senado.

Aunque Alsina tiene muchas más aficiones que Del Olmo, el hombre-radio, Alsina tiene la virtud de volcar todas sus aficiones en la radio. Estoy seguro de que algo grande va a suceder.

Radio-ficciones, especiales desde Cuba, Venezuela o vete a saber dónde, la radio en la calle más que nunca, la reinvención continua de la radio sin la servidumbre del monólogo, donde tenía que dejar lo mejor de sí mismo.

Es un mes duro para el carlismo. Dentro de cien años, seguiremos cantando: "Si te preguntan 'alto, quién vive', responderemos en alta voz… ¡Los voluntarios del rey don Carlos!".

Han pasado once años de Más de Uno y cien de Brújula. La mañana que Alsina se despidió, mi hijo, como siempre que no quiere dormir, me dijo: "Papá, se me ha acabado el sueño". Pensé… "a mí también".

Pero siempre empieza otro.

Y ahora, voy cruzando el río.