"Planos que se demoran en los cuerpos, cámaras en contrapicado que captan perspectivas reveladoras, y repeticiones excesivas en cámara lenta".

¿Es una descripción de las técnicas habituales del cine pornográfico? No, es una denuncia de un problema tremendo que "sigue siendo una preocupación importante en muchas retransmisiones deportivas": "La sexualización de las deportistas".

Así que la Unión Europea de Radiodifusión (UER), auxiliada por la Federación Europea de Atletismo, ha tomado el toro por los cuernos y ha editado una guía para combatir esta lacra.

La guía afronta el problema de manera metódica y exhaustiva, explicando dónde deben ser colocadas las cámaras en cada disciplina deportiva (y dónde no), y qué planos y escenas son aceptables y cuáles intolerables.

Por ejemplo, enfocar a la saltadora de espaldas mientras recoge la pértiga del suelo se incluye en la segunda categoría.

Todo ello abunda en gráficos y viñetas que llevan inevitablemente a una conclusión: la UER está obsesionada con los culos femeninos.

Sin duda, sospecha que los espectadores se fijan en ellos. Sabe que esto constituye un pecado de cosificación y sexualización, y, como vela por nuestra salud moral, ha decidido suprimir la tentación.

Pero ¿es grave fijarse en los culos?

María León y Ester Expósito en 'La Casita' de Bad Bunny. EFE

En un episodio de Coupling, Steve defiende que, cuando el sapiens descubrió el fuego, no se alegró por las posibilidades técnicas y gastronómicas que se le abrían, sino porque a partir de ese momento podría seguir viendo traseros de noche.

Posiblemente tenía razón, y la cosa no ha mejorado desde entonces, porque las posibilidades técnicas para la visualización se han multiplicado.

Obviamente, en el deporte se concentran buenas posaderas. Y, de hecho, arte, deporte y nalgas han protagonizado una fructífera relación a lo largo de los siglos.

Y, ojo, si hubo sexualización, en principio era masculina. Ahí tienen, en bolas, al Apoxiómeno de Lisipo, practicando un peeling después de alguna competición. O al Doríforo de Policleto. O al Discóbolo, claro.

Obviamente la comparación no era muy halagüeña para el hombre no olímpico, desprovisto de formidabilidad (este es el término científico) y en ocasiones provisto de tripa. Pero nunca nos habíamos quejado. En esto, realmente, residen la deportividad, y el espíritu olímpico.

Pero ahora que las mujeres se han incorporado a las competiciones, y Michelle Jenneke ha reducido al Doríforo a la condición de marmolillo, han empezado los problemas.

Así que es muy probable que, tras la virtuosa cobertura del feminismo, lo que haya en realidad sea una feroz competición, no deportiva, sino intrasexual femenina: algunas consideran conveniente eliminar la competencia de tan egregios panderos.

Cuando uno ve a las tres atletas que han colaborado en la elaboración de la guía, esta sospecha no se desvanece.

En 1967 (hace casi sesenta años) Narciso Ibáñez Serrador rodó Historia de la frivolidad, una crónica de la humanidad y el erotismo, y de los esfuerzos de los censores por apagarlo.

Esto lo representaban unas señoras vestidas de negro hasta los pies que, dirigidas por Irene Gutiérrez Caba, y provistas de unas enormes tijeras, iban censurando los desnudos que encontraban a su paso en cada época.

"Somos, somos, puritanas, hermanas, hermaanas", cantaban mientras reprobaban. Y hoy, con el mismo espíritu, el director ejecutivo de deportes de la UER (que realmente tiene un poco cara de pervertido) edita esta guía.

Es decir, hace sesenta años los censores (y censoras) eran personajes ridículos. Pero ahora han vuelto y no parecen ser conscientes de que lo son.

¿Por qué? Supongo que porque sólo pueden existir, sin ser sometidos a burla, en el caldo de cultivo de una moralidad militante.

Las prescripciones de esta moral feminista no siempre son fáciles de seguir, e incluso pueden parecer contradictorias a primera vista.

En 2018 la Fórmula Uno anunció que prescindía de sus habituales azafatas (por la cosificación femenina y todo eso), y el feminismo lo aplaudió.

Sin embargo, mucho más recientemente Esther Expósito defendió que concurrir a un casting en la casita de Bad Bunny para, en caso de ser seleccionada, menear el tambembe al ritmo del reguetón, es perfectamente compatible con el feminismo.

No hay problema en perrear, dijo, el problema son las miradas misóginas. Es decir, las de los feos.

La mismísima Irene Montero salió en su defensa tras una polémica con el Xokas, y se burló del desaliñado streamer diciendo que juega en una liga claramente inferior a la de Expósito. Esto, supongo, podría considerarse cosificación negativa del Xokas.

Por otra parte, las parejas que se atribuyen a la propia Irene Montero demuestran que el valor de emparejamiento del hombre no siempre está correlacionado con la apariencia física, y esto también se comprueba al ver a la novia del Xokas.

En fin, que la censura vuelve a estar aquí. Y es previsible que dentro de unos años se rían de nosotros como nosotros nos reímos ahora de los esfuerzos que pasaban los antiguos censores por adecuar Mogambo a la decencia.

Mientras tanto, quiero dejar constancia de que a mí me da igual que haya azafatas en la Fórmula Uno, que Esther Expósito perree con la música de Bad Bunny, e incluso que la escuche. Allá cada cual con sus manías.