Regreso de Haifa, en el norte de Israel, donde pronuncié el discurso de clausura de una conferencia sobre el antisemitismo prevista desde hacía tiempo y pospuesta en varias ocasiones debido a la guerra.
Allí se dieron cita investigadores procedentes de veinte países.
Quinientos participantes.
Doscientos veinte ponentes.
Deborah Lipstadt, quien fue, hasta la llegada de Trump, enviada especial de Estados Unidos para la lucha contra el antisemitismo.
Dina Porat, insigne historiadora de la Shoah, exdirectora científica de Yad Vashem y una de las arquitectas de la definición internacional del antisemitismo.
Cochav Elkayam-Levy, joven jurista israelí, especialista en derecho internacional que, desde el día posterior al 7 de octubre, se dedicó a documentar los crímenes sexuales cometidos por Hamás contra las mujeres israelíes.
Esta conferencia —organizada por el Comper Center for the Study of Antisemitism and Racism, en colaboración con el London Centre for the Study of Contemporary Antisemitism— ha sido el mayor acontecimiento académico anual dedicado a este tema.
Sus trabajos han abordado tanto la obsesión antisionista de las grandes organizaciones internacionales como la perversión del lenguaje resultante, los estragos de las redes sociales que amplifican el fenómeno o el impacto de la inteligencia artificial sobre las mentes.
Ha sido un gran honor para mí clausurarla.
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Bernard-Henri Lévy interviene en la cumbre europea contra el antisemitismo celebrada en 2024 en París.
Recordé, desde luego, al igual que todos mis predecesores en la tribuna, la ola de odio sin precedentes que sacude al mundo desde el 7 de octubre.
Pero también quise recalcar que la batalla dista mucho de estar perdida.
Recordé que los judíos cuentan con numerosos aliados: entre los católicos desde el Vaticano II, entre los evangélicos desde la Guerra de los Seis Días de 1967, entre los musulmanes moderados y entre los demócratas íntegros.
Y me detuve ampliamente en la gira por los campus estadounidenses que realicé hace un año, donde pude comprobar que era perfectamente posible tambalear las certezas de auditorios entregados a la idea de que Israel es un Estado colonial, sustentado en el apartheid y potencialmente genocida.
Unas veces recordaba que Israel es, históricamente, una nación descolonizada, nacida de uno de los primeros movimientos decoloniales de la posguerra y liberada del yugo de la gran potencia colonial de la época, el Imperio británico.
Otras mostraba que un Estado que otorga los mismos derechos civiles a todos sus ciudadanos, y donde uno de cada cinco habitantes es árabe y a menudo hostil a los principios mismos del sionismo, es lo opuesto a un régimen de apartheid.
Y en otras, en fin, explicaba que cubrí un genocidio a los 20 años (en Bangladés) y otro a los 60 (en Darfur).
Que he reflexionado detenidamente sobre otros tantos (el de los armenios, el de los tutsis en Ruanda y, por supuesto, la Shoah).
Y que resulta no sólo infame, sino lógicamente absurdo, hablar de genocidio en una guerra en la que se avisa antes de bombardear, se abren corredores de evacuación a diario y se negocian altos el fuego.
¡Y lo cierto es que esos argumentos racionales surtían efecto! ¡La necedad se tambaleaba! ¡Y, a veces, el auditorio entero cambiaba de postura!
En definitiva, pronuncié en Haifa un discurso de combate, pero también, creo, de esperanza.
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Dicho todo lo cual.
Allí también había, por supuesto, israelíes.
Los había de derechas y de izquierdas.
Partidarios y detractores de Benjamin Netanyahu.
Había entre ellos judíos, pero también drusos, kurdos y árabes —siendo Haifa una ciudad tan singular donde las distintas comunidades no se limitan a convivir unas al lado de otras, sino que comparten los mismos barrios, las mismas calles y los mismos edificios.
Ahora bien, lo que me impresionó fue ver que esos israelíes, mientras me escuchaban, seguían embargados por un sentimiento más fuerte que cualquier argumento.
El de ser víctimas de una inmensa injusticia.
El de verse, sin análisis ni juicio, proscritos por las naciones democráticas.
El de sufrir boicots —ya fueran investigadores, escritores, cineastas, músicos o simples estudiantes— al margen de sus opiniones individuales.
El de sentirse traicionados, o a punto de serlo, por grandes democracias a las que aceptaban de buen grado que pudieran criticar a tal o cual gobierno suyo, pero de las que jamás habrían imaginado que llegaran al extremo de suspender su apoyo, restringir el suministro de armas y dejarlos solos frente al enemigo.
La sensación, entre quienes imprudentemente habían depositado sus esperanzas en Donald Trump, de poder ser vendidos de la noche a la mañana a cambio de un plato de lentejas catarí o de un pacto con Teherán.
Y además, con nuevas alianzas o sin ellas, el vértigo ante esa América arrastrada por el doble torbellino de una izquierda radical a la que no le disgustaría "globalizar la Intifada" y de una derecha MAGA indignada por las nuevas "guerras judías" a las que se la querría arrastrar.
También estaba allí para presentar la edición en hebreo de La soledad de Israel.
Me descubrí pensando que casi habría podido rebautizar el libro como: La tristeza de Israel.
